Tétrico, tierno y triste

Había una vez dos psicólogos inmensamente eruditos, respetados, influyentes y activos, a los que les atraían las cosas extrañas.

William James

Uno era William James, hermano del genial Henry James y autor del más importante manual de psicología en la historia de la disciplina.

James, cuya vida fue ajetreada y compleja, incursionó valientemente en terrenos desgraciadamente olvidados o maltratados; entre otras cosas, la influencia de las drogas psicoactivas en el pensamiento, el significado y morfología de la experiencia religiosa y los fenómenos paranormales. Hoy se le recuerda ante todo por su versión del pragmatismo, por la idea del torrente de consciencia y por su visión individualista de la religión.

F. W. H. Myers

El otro era Frederick W. H. Myers, presidente y cofundador de la Society for Psychical Research, la primera organización dedicada exclusivamente al estudio de los fenómenos paranormales. (De paso, fue Myers quien introdujo a Freud a los lectores de habla inglesa. No sé si agradecérselo o reprochárselo…)

Pero volviendo al tema, la época de James y Myers presenció una súbita y fabulosa explosión de fenómenos paranormales -categoría que, entonces, incluía cosas como la hipnosis, el sonambulismo, el espiritismo, la “doble personalidad” y la levitación -todo lo que no encajase en el positivismo decimonónico. Katie Fox se comunicaba con los espíritus, que le respondían mediante chasquidos (provenientes, en realidad, de las articulaciones de sus rodillas). Daniel Douglas Home salía de casa por una ventana y volvía a entrar por la otra -¡sin tocar el suelo!

En fin: un poco como ahora, sin ovnis, new age, “regresión” ni “aromaterapia”.

Pues bien: como no podía ser de otro modo, Myers y James se hicieron buenos amigos. Y, movidos por sus comunes intereses macabros, firmaron un pacto ominoso e impresionante para probar irrevocablemente la supervivencia del alma después de la muerte.

El relato se encuentra en la autobiografía de un perfecto desconocido, el doctor Axel Munthe. Y es a la vez tétrico, tierno y triste.

tétrico, tierno, triste

Juzgad mi sorpresa cuando en el paciente [Myers] reconocí a un hombre al que había amado y admirado durante años, como todos los que lo conocieron… Su respiración era superficial y muy dificultosa, su cara estaba cianótica y agotada, sólo sus maravillosos ojos se veían igual que siempre. Me ofreció su mano y dijo que se alegraba de que por fin hubiera ido, que había anhelado mi retorno. Me recordó nuestro último encuentro en Londres, donde cené con él en la Sociedad para Investigaciones Psíquicas; había pasado la noche entera despierto hablando sobre la muerte y lo que habría después… Nosotros, los médicos, nada podíamos hacer, salvo ayudarle para que no sufriera demasiado.

Mientras hablábamos, el profesor William James, famoso filósofo y uno de sus mejores amigos, entró en la habitación… y me habló del solemne pacto que había hecho con su amigo, según el cual el que muriera primero debía enviar un mensaje al otro mientras pasaba hacia lo desconocido, ya que ambos creían en la posibilidad de semejante comunicación. Estaba tan agobiado por el pesar que no pudo entrar en la habitación; se dejó caer en una silla junto a la puerta abierta, con el cuaderno sobre las rodillas y el lápiz en la mano, preparado para apuntar el mensaje con su proverbial exactitud metodológica.

Por la tarde se presentó la respiración Cheyne-Stokes, esa desgarradora señal de una muerte inminente. El moribundo quiso hablar conmigo. Su mirada era serena y apacible.

– Sé que voy a morir -dijo-. Sé que usted va a ayudarme. ¿Será hoy o mañana?
– Hoy.
– Me alegro, estoy preparado. No tengo nada que temer. Por fin lo sabré. Dígale a William James, dígale…

Su pecho jadeante permaneció inmóvil en un terrible minuto de suspensión de la vida.

– ¿Me oye? -pregunté inclinándome sobre el moribundo-. ¿Está sufriendo?
– No, estoy muy cansado y feliz -murmuró.

Esas fueron sus últimas palabras.

Cuando salí William James seguía sentado, recostado en la silla, cubriéndose la cara con las manos y el cuaderno aún abierto apoyado en las rodillas.

La página seguía en blanco

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