¿Qué tan racional es creer en la teoría de la acción racional?

William James afirmaba que, antes incluso de llegar a una conclusión mediante el análisis, la hemos alcanzado con nuestras emociones; y que, por ende, lo mejor es admitirlo honestamente y aceptar nuestras inclinaciones naturales. Cosa que ha puesto fehacientemente en claro Antonio Damasio a lo largo de su obra: a menudo, la razón no hace más que justificar las decisiones de la emoción.

Poco más o menos dijo Nietzsche; y también Hume, cuya preciosa frase merece citarse:

La razón es y debe ser esclava de las pasiones.

Con lo que no quería decir que la razón no sirviera para nada; al contrario, sirve y mucho -siempre y cuando se ponga al servicio de la emoción.

Y finalmente, una frase del clásico psicólogo social Eliot Aronson:

El ser humano no es racional, sino racionalizador.

Lo cual, por si fuera poco, fue empíricamente demostrado por los espléndidos trabajos de Tversky y Kahneman (quien ganó el Nobel en Economía del 2002 por ello).

Sabiendo, como sabemos, todo esto -y ya no podemos ponerlo en duda: la evidencia es palpable y aplastante- ¿cómo es que seguimos creyendo en la teoría de la acción racional?

Hacerlo es irracional, sin duda, ya que implica ignorar los hechos -contrastados por décadas de investigación en psicología social y en neuropsicología.

Pero ¿a quién le importa?

Con lo cual, es justamente el que dicha teoría permanezca en pie lo que pone en duda sus cimientos.

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