Artes marciales y terapia familiar sistémica, 2

Podríamos clasificar a las escuelas de pensamiento de la terapia familiar sistémica a partir de la misma distinción entre yin y yang. Tendríamos, por una parte, a la vertiente yang, las escuelas más representativas de América del Norte (la estratégica, la comunicacional, la estructural), más las propuestas del primer Grupo de Milán. Y, por otra, las escuelas yin, mucho menos conocidas: ante todo, la belga, donde destacan Mony Elkäim y Guy Ausloos.

Las escuelas yang acentúan la actividad del terapeuta (por ejemplo, Jay Haley), el dominio de la técnica (quizá uno de los títulos más manidos en la psicoterapia sea “Técnicas de/para/en…”), el poder (a la manera, por ejemplo, de Giorgio Nardone). Así, el por lo demás magistral La táctica del Cambio (de Fisch, Weakland y Segal) parte del siguiente axioma fundamental: “la capacidad de maniobra del terapeuta depende de la correspondiente ausencia de capacidad de maniobra en el paciente”. Es decir, a mayor poder del terapeuta, menor del paciente, y viceversa. Para ellas, la eficacia es el patrón de medida de toda terapia. Se decantan abiertamente por las terapias ultrabreves, y no dudan en manejar o incluso manipular al paciente con el fin de facilitarle el cambio. Después de todo, dirán, “siempre estamos manipulando a los demás, lo queramos o no”; después de todo, “el paciente viene a librarse de sus problemas, no a comprenderlos”.

En el lado yang se encontraría también a Salvador Minuchin, menos dispuesto a la intervención subrepticia que a la confrontación directa -la célebre “provocación”; y a la Mara Selvini de Paradoja y Contraparadoja, tan afín a las “tramas macabras”, las mistificaciones y los enredos.

Propio de la visión yang es el empleo frecuente de la metáfora de la guerra. La terapia, se sostiene, es un combate, a veces entre la familia y los terapeutas (Selvini), a veces entre todos ellos y las partes “disfuncionales” de la familia (Minuchin, Watzlawick). Algunos combates (como los que caracterizan a Minuchin) son evidentes e intensos; otros, sutiles y subrepticios. Siguiendo a Milton Erickson, Watzlawick y Haley usan “la fuerza de la debilidad”: se hacen los tontos sin dejar de ser listos, emplean alusiones y dobles discursos, confiesan su incapacidad y piden ayuda a las familias. El objetivo es imponerse al paciente para conminarlo a cambiar; la táctica, adaptarse a él siguiendo sus normas. En suma, desde esta perspectiva, la vulnerabilidad es casi siempre una jugada de poder. Así se ve el yin desde el yang, lo interno desde lo externo. Prima el combate y la confrontación por sobre la comprensión y la debilidad.

El camino yang se funda en el aprendizaje de técnicas, que se ensayan incansablemente en dramatizaciones y en terapias supervisadas. Hay técnicas para casi todo: para favorecer la “diferenciación”, para neutralizar el “doble vínculo”, para “expresar las emociones”; hay técnicas para las familias “resistentes” y las “aquiescentes” -¡y para descubrir cuál es cuál! El dominio de dichas técnicas marca el umbral entre el estudiante y el terapeuta.

Podría pensarse que este énfasis en la técnica, el poder y la eficacia colocan al terapeuta en el centro del proceso. Como han afirmado Michael White y David Epston, en estas escuelas el protagonista de la terapia es el terapeuta, no la familia. Y de aquí al culto a la personalidad hay sólo un paso -que se facilita por la estructura del “mercado” de la psicoterapia, basado en la figura del “seminario”, casi siempre cortado por la misma tijera: el terapeuta famoso expone sus últimas reflexiones en una conferencia magistral y luego las muestra en acción en una película o una terapia en vivo. O, más bien, no muestra sólo las técnicas, sino a sí mismo. Desde ciertos puntos de vista, esta acción es inherentemente antiética.

Y desde la perspectiva yin, es ilusoria; supone creer que el terapeuta puede “controlar” un proceso en esencia impredecible.

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