“Gracias por venir”, o “buenos días, soy un don nadie”

Muchos terapeutas (sobre todo familiares) tienen la manía de empezar sus sesiones diciendo: “buenas, gracias por venir”. Creen que con esto se “acomodan” a la familia, haciéndola sentir mejor y más “aceptada”, reduciendo su “ansiedad” ante una situación desconocida, siendo afables y humanos…

Convirtiéndose, también, en perfectos inútiles. Porque al decir “gracias por venir”, el terapeuta está diciendo “buenos días, soy un don nadie”.

“Yo los necesito más a ustedes que ustedes a mí”

portada del libro

El clásico La táctica del cambio, del equipo de Palo Alto, comienza con una máxima indiscutible:

“La capacidad de maniobra del terapeuta depende de la correspondiente ausencia de capacidad de maniobra del paciente”.

O, en términos menos descalificadores, los procesos de asistencia al cambio humano se fundan en una insoslayable asimetría: en cada caso particular, las personas han de necesitar más al gestor del cambio que este a aquellos.

Naturalmente, el gestor del cambio requiere de personas que deseen cambiar; sin ellas, se quedaría sin trabajo. Pero -y esto es crucial- no necesita a esta persona en concreto, a esta familia en concreto; podría ofrecer sus servicios a muchas otras.

Por contra, cada uno de ellos, o algún miembro de su red social, debe necesitarlo, y cuanto más, mejor.

Justamente lo contrario de lo que transmite el “gracias por venir”: “yo los necesito más a ustedes que ustedes a mí. Venir aquí es un favor que me hacen o le hacen a la institución para la que trabajo. Bien podrían no haberlo hecho, y pueden dejar de hacerlo cuando quieran”.

De ahí en adelante, todo lo que la familia haga quedará enmarcado como un “favor” al terapeuta, no como una tarea en su propio beneficio. Cuando no asistan se sentirán mal por “hacerle un feo” al terapeuta, no por perderse una oportunidad de mejorar. Sus opiniones serán vistas, en el mejor de los casos, como sugerencias bienintencionadas pero ilusas; y en el peor, como intentos de manipulación.

(A menos, claro, que el “gracias” forme parte de una estrategia cuidadosamente diseñada para modificar los términos de una relación en aras del cambio; pero eso es otra historia, muy poco frecuente).

Construyendo la incompetencia

Como sabemos desde hace décadas, las relaciones son una perenne construcción interactiva. Un saludo establece un marco que define, a su vez, el conjunto de respuestas pertinentes. Desde el primer instante preparamos el terreno para el cambio; o, en muchas ocasiones, para la incompetencia.

Imaginemos que a la psicóloga de un colegio le piden abordar el problema de un chico; o, como tienden a verse estas cosas, “un chico problema”. Si goza de una perspectiva más amplia, sistémica o constructivista, empezará por conversar con la profesora del chico, que es quien le ha pedido intervenir en primer lugar. Si no, se lanzará de cabeza a citar al chico; o, lo que es peor, a sus padres.

A nuestros efectos, no importa. Cite a quien cite, abre la conversación diciendo “gracias por venir”.

Si ha citado a la profesora, ella es quien tiene una dificultad con el chico; de hecho, ha sido el primer miembro del sistema en ponerlo de manifiesto. No le está haciendo un favor a la psicóloga al asistir a su invitación; antes bien, necesita de su asistencia para afrontar la situación.

Si al chico, éste sí que tiene un problema (pero no el que la profesora cree): le “cae mal a la profe”. Nuevamente, no le hace un favor a la psicóloga al asistir. Sería muy peligroso que el chico se llevara esa impresión, que supone una sutil descalificación hacia la profesora: “tú y yo sabemos que ella es un poco especial, así que me vas a ayudar tratándola de otro modo…” El chico obtendría, así, una poderosísima arma contra la psicóloga: denunciar el complot abiertamente ¡a la profesora! Y manejar a su antojo el triángulo resultante.

Si a la familia, también tienen un problema: el colegio los ha llamado para quejarse de la conducta de su hijo. Dado que la psicóloga representa al colegio, están predispuestos en su contra; seguramente esperan que la reunión consista en culparlos y pedirles que “lo eduquen mejor en casa”. (Desgraciadamente, en nuestro medio, casi siempre es así). Están prestos a aprovechar cualquier oportunidad para defenderse de esta potencial acusación; ¡qué mejor que descalificar a la institución a través de la psicóloga! Y esta se los pone en bandeja al decirles “gracias por venir”. Acto seguido, los padres harán gala de su incomodidad replicando: “sí, no entendemos por qué nos han llamado; son ustedes quienes deberían controlar mejor a nuestro hijo”. Se deslindan de la responsabilidad y la devuelven a la psicóloga, todo en una sola jugada.

Lo mismo sucede cuando el psicólogo trabaja para la asistencia pública. El hombre que llega a terapia enviado por el juez bajo amenaza de prisión no le hace un favor al psicólogo, mucho menos al juez; ¡aunque le gustaría poder verlo así! Cuando le decimos “gracias por venir” le demostramos que, en efecto, la conversación no es en su beneficio sino el nuestro; le permitimos descalificar nuestro trabajo a través de su negativa a actuar de otra manera.

A través de comunicaciones como esta, sutiles pero penetrantes, los gestores del cambio nos inutilizamos a nosotros mismos sin darnos cuenta, desencadenando círculos viciosos de frustración, lucha “contra” el problema o la familia, “resistencia” y nueva frustración. Producimos “pacientes resistentes”, “familias que no cooperan”, “colegas malintencionados”…

No un favor sino un servicio

Creo que esto se debe, en buena medida, al modo en que la mayoría de psicólogos experimentamos nuestro trabajo: como una variante de la “bondad” o la “buena intención”, como un intento de “ayudar” a las personas, de “hacerlas sentir mejor”, “entenderse a sí mismas”, “aceptar su deseo”…

No. Nosotros, como muchos otros, hemos estudiado una profesión que nos capacita (cuando lo hace) para ofrecer un servicio: favorecer, gestar, gestionar y destacar los procesos de cambio. Somos especialistas en el cambio humano. Eso es lo que hacemos.

Como cualquier profesional, lo hacemos dentro de un contrato que regula las relaciones, los objetivos y los medios para obtenerlos, así como la contraprestación que recibimos por nuestro trabajo.

Asistir al cambio requiere que alguien haya pensado en la necesidad de cambiar; por tanto, nuestros servicios son solicitados cuando algo no anda como debería. Cuando todo va bien ¡nadie va al psicólogo! Y ¡menos mal!

Desde la perspectiva de las personas que nos consultan, somos uno más de los recursos a que apelan en su incansable búsqueda de la mejoría. Consultarán al sacerdote, al primo o tío, a los amigos, llenarán los tests de las revistas del corazón y comprarán un par de libros o películas de autoayuda. Y también acudirán al psicólogo. No los “ayudamos”: se ayudan a sí mismos a través de nosotros.

El psicólogo, un don nadie

No es extraño que los psicólogos hayamos jugado un papel marginal en el discurso público acerca del cambio de las sociedades -¡cuando tenemos infinidad de cosas que decir! Cosas que ninguna otra disciplina puede señalar; cosas cuya trascendental importancia empieza a manifestarse desde hace muy poco. (Un ejemplo es la confianza y su relación con el desarrollo, la corrupción y la inequidad). ¡Claro, si vamos por ahí agradeciendo a la gente que nos consulta..! (Imagínense que un médico les soltara: “sí, según sus exámenes tiene cáncer… ¡Gracias por venir a consultarme!” ¿Volverían a verlo?)

Y transmitiendo una imagen de “bienintencionados con título” que las personas detectan a la primera. ¡Otra razón para el consabido “no creo en los psicólogos”! Si tampoco nosotros creemos…

Lo bueno es que esto abre un territorio infinito y casi virgen para los agentes de cambio hábiles y audaces. Todo está en sustituir el “gracias por venir” por un genuino, cálido y firme “me alegro de que hayan venido”.

Y en experimentarnos, a nosotros y nuestro trabajo, como indispensables, valiosos y fascinantes.

Es decir, en volver a nuestro centro, dejando atrás la técnica.

Pues, como decía Gaudí, original es quien ha vuelto al origen.

Actualización:

Releyendo “La Táctica del Cambio” me he topado con el clásico caso del equipo del MRI, “el violinista ansioso”, que parece contradecir este análisis.

En efecto, el terapeuta de este caso, John Weakland, abre la sesión diciendo: “Le agradezco que haya venido aquí, de modo que estas personas que nos acompañan tengan ocasión de ver cómo trabajamos de acuerdo con nuestro estilo peculiar, pero no creo que vaya usted a ganar mucho con ello”.

Es decir, empieza con el consabido “gracias por venir”. Y sin embargo, se trata de un caso exitoso. ¿Cómo es posible?

En primer término, hay que reparar en el contexto en que se da la intervención. Weakland se encontraba enseñando el modelo del MRI en un centro terapéutico y se le ofreció hacer una sesión de demostración, cosa que aceptó. Hacía falta una persona dispuesta a asistir a esta sesión, que sería observada por el resto del equipo desde detrás del espejo unidireccional; por consiguiente, el terapeuta necesitaba de esta persona para fines pedagógicos que se apartaban del encuadre estrictamente terapéutico -lo que contradice el axioma fundamental arriba citado. Por ende, era imprescindible aclarar este contexto “mixto” a la persona y el resto del equipo.

En segundo, y demostrando su gran destreza, Weakland aprovecha esta aclaración para iniciar la intervención con buen pie, reduciendo las posibles expectativas de la persona y enfatizando la casi segura inutilidad de la entrevista: “A nosotros nos sirve mucho para aprender, pero no creo que a usted le ayude”. De este modo se anticipa a la “ansiedad de desempeño” suya y del entrevistado y se coloca a sí mismo en una posición pseudocomplementaria de extrema flexibilidad. Si alguna de sus propuestas da en el clavo, se debe a la habilidad y talento del entrevistado; y si no, no pasa nada, ¡lo sospechábamos desde un principio!

Sin embargo, repárese en que aunque ambos mensajes se entregan juntos, se diferencian claramente: “le agradezco por haber venido y así brindarnos la posibilidad de aprender; pero creo que usted no se va a beneficiar demasiado de esto”. No se agradece a la persona por haber asistido a la terapia sino por colaborar con la formación de futuros terapeutas.

El análisis del “gracias por venir” queda, así, incólume.

5 thoughts on ““Gracias por venir”, o “buenos días, soy un don nadie”

  1. Buen día Dr, cuando trabajaba con los niños y niñas que trabajan en la calle y los callejeros, me sabian preguntar cual es la técnica para el cambio, yo les repetía que no hay técnica educativa sino actitud educativa y que hay que saber mirar y sentir que las familias son un recurso no un problema. Me imagino que debe ser complicado para las personas que hacen terapia generar un ambiente pedagógico terapéutico, donde la familia guie el camino haciendose responsable de su problema y el terapeuta con un saber un hacer, su ser y la etica apoyar,acompañar ese cambio.un abrazo Marco

  2. edgar says:

    jaja, es asi, admiro tu fuerza para resaltar lo obvio, que se olvida tan rapido cuando el burnt-out nos rodea. gracias.

  3. Hola!
    Gracias por el comentario. Completamente de acuerdo: no hay técnicas sino actitudes, formas de afrontar las situaciones y a las personas. Probablemente, la actitud más útil parta de la confianza en las posibilidades de las personas y la certeza de que van a cambiar de un modo u otro. Desde luego, no se puede “usar” estratégicamente: sólo “funciona” si es genuina. Eso supone que el agente de cambio aprenda también a confiar en sí mismo y desarrolle la “compasión” budista (“karuna”). Y esto requiere atención y perseverancia.
    saludos!

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