“Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, tercera parte

En las anteriores entregas he sostenido que las escuelas terapéuticas deben desaparecer. O, al menos, que debemos modificar sustancialmente nuestra forma de entender la psicoterapia y el cambio humano. Ya no más “freudianos”, “sistémicos”, “cognitivos”, “humanistas”, “constructivistas”; de ahora en adelante, terapeutas, a secas.

Asimismo, he aducido dos razones potentes y profundas. Una, que (por lo que sabemos) la mayor parte de terapeutas eligen su escuela no porque sea la más eficaz, apoyada en la evidencia o útil sino porque es coherente con sus principios y su forma de ver el mundo. Dos, que a juzgar por las investigaciones los factores que mejor predicen la mejoría no tienen que ver con la “corriente” sino con el terapeuta: su capacidad de establecer alianzas y negociar contratos terapéuticos.

Continúo hoy con la tercera: que, a mi juicio, pronto no habrá nada específico que defender de cada escuela.

La convergencia hacia conceptos nucleares

En efecto: las diversas corrientes han ido convergiendo hacia una base de conocimiento cada vez más amplia, firme y fértil. Desde diversos frentes se han descubierto fenómenos semejantes, lo que los hace más verosímiles y valiosos. Después de todo, cuando un psicoanalista coincide con un neurocientífico, un científico cognitivo y un terapeuta humanista-experiencial, ¡algo importante está pasando!

Así, se está gestando una silenciosa revolución en la psicología. Por primera vez en la historia podremos comprender al ser humano íntegro, desde diversas perspectivas que en vez de anularse se complementan. Podremos relacionar su estructura cerebral con sus causas evolutivas, su comportamiento y el orden sumamente abstracto a que conduce cuando interactúa con sus semejantes. Sabremos por qué el giego arcaico sostenía una relación consigo mismo muy curiosa y distinta de la que nos es familiar, cómo se relaciona este hecho con el carácter oral de su cultura y de qué modo arroja luz sobre las culturas tradicionales ágrafas contemporáneas y su desarrollo socioeconómico.

Esto no significa que podamos controlar la conducta. De hecho, una de las implicaciones más interesantes de estos hallazgos (en particular, de la teoría de redes y sistemas complejos) es que cuando se aparta de su regularidad la conducta de un actor es impredecible -aunque pueda comprenderse a posteriori; sencillamente, se encuentra en un estado de desequilibrio en el que el resultado final es altamente sensible a mínimas variaciones en las condiciones iniciales. Como sostenía George Kelly, la auténtica esencia del ser humano se muestra no en su conducta habitual y predecible sino en los momentos excepcionales, las crisis que hacen aflorar su magnífica desesperación, su inesperada sabiduría.

Intersubjetividad radical: donde coinciden sistémicos, psicoanalistas, psicólogos sociales y neurocientíficos

Un ejemplo de esta convergencia, todavía no identificado con claridad, es la noción de “intersubjetividad radical”: umuntu ngumuntu ngabantu, “una persona sólo es una persona merced a las demás personas”. Mi identidad (mi conducta, forma de ser, “personalidad”, etc.) está en gran medida determinada por las identidades de mi círculo social más estrecho, mis “otros significativos”; las cuales, a su vez, yo contribuyo a moldear (como sostenía ya Erik Erikson a mediados del siglo pasado). Así, por ejemplo, cada vez que elijo una amistad o una pareja estoy eligiendo, indirectamente, cómo voy a ser dentro de un tiempo; y mis expectativas acerca de los otros generan situaciones que tienden a confirmarlas (lo que explica la mayor eficacia de los terapeutas “reconocedores”, que se fían de los recursos de sus pacientes). “Yo soy yo y mis circunstancias”, en palabras de Ortega y Gasset.

La evidencia para este hecho es abrumadora. Los clásicos experimentos de la prisión de Zimbardo, los manicomios de Rosenhan y la obediencia a la autoridad de Milgram sugieren que la conducta y su significado son altamente dependientes del contexto, en particular de nuestras expectativas y las de quienes nos rodean. Un estudiante universitario “normal” se puede convertir en un feroz torturador o un celador autoritario o puede recibir un diagnóstico de esquizofrenia a poco que demuestre ciertos “síntomas” en el lugar y a la persona adecuados. Al mismo punto conducen los estudios de Garfinkel y las reflexiones de Erving Goffman.

La psicología social ha identificado dos mecanismos que subyacen a esta interdependencia identidad-relaciones: el efecto de homofilia y el de influencia. El primero sostiene que las personas tendemos a vincularnos con quienes se nos parecen en ciertas características o valores fundamentales; el segundo, que la relación prolongada entre dos o más personas va modificando a ambas volviéndolas cada vez más parecidas en valores y características. El modelo de Axelrod de la diseminación cultural, un clásico de la teoría de redes sociales, puede ampliarse para incluir ambos mecanismos dando lugar a redes altamente heterogéneas donde los individuos más semejantes se concentran en un núcleo que se cierra virtualmente sobre sí mismo aumentando cada vez más la semejanza. En su versión coloquial: en la vida terminamos juntándonos con quienes piensan igual que nosotros y llamándolos “inteligentes”.

Contra la predicción basada en “rasgos”

Por otro lado, la psicología de las diferencias individuales ha descubierto que la conducta de una persona depende mucho más del contexto que de los “rasgos” que se le atribuyen en base a pruebas objetivas de personalidad. En un artículo clásico, Walter Mischel sostenía ya en 1968 que la conducta de un mismo individuo puede cambiar dramáticamente en función de las situaciones. La correlación entre las medidas de personalidad y el comportamiento concreto de la gente (evaluado por un observador) casi nunca supera el 0,3; esto es, la “personalidad” explica a duras penas el 9% de las reacciones de las personas. Así, en vez del modelo clásico que consideraba sólo dos variables, “rasgo de personalidad” y “comportamiento”, Mischel abogó por un modelo más complejo de tres: rasgo, comportamiento y situación tal y como es percibida por el individuo. La conducta de una persona no es, per se, necesariamente coherente a lo largo del tiempo; pero sí cuando tomamos en cuenta el modo en que la persona interpreta los acontecimientos. En vez de “X es agresivo, por tanto reaccionará con ira”, el modelo de Mischel parte de un razonamiento “si-entonces”: “Si X, que tiene un alto rasgo de agresividad, interpreta la situación de la forma Y, entonces reaccionará con ira”. La coherencia se da no entre los fragmentos de conducta en sí mismos sino entre las interpretaciones de la situación que la persona tiende a realizar.

Los sistémicos siempre lo supieron: los grandes pioneros (Minuchin, Satir, Haley, Bowen, Ackerman, Watzlawick) se esmeraban por reconectar la conducta “anormal” de los pacientes a su contexto familiar y social -descubriendo que, asi contemplada, no sólo no era anómala sino altamente adaptativa. El mismo Bateson afirmaba que la mente no está dentro de la cabeza de un individuo sino en la interacción entre este y su entorno; y para Whitaker, no hay individuos, sólo familias intentando reproducirse. Antes que todos ellos, George Kelly fundó su Psicología de los Constructos Personales en la convicción de que la gente elige siempre la mejor entre las alternativas que alcanza a contemplar en cada momento; y que “entender” a alguien requiere especificar dicho conjunto de opciones tal y como se le apareció en el momento de decidir. Casi lo mismo que Mischel ¡quince años antes!

Emociones recíprocas

Al mismo tiempo, Harry Stack Sulivan formulaba desde el psicoanálisis el “teorema de las emociones recíprocas”: a cada movimiento emotivo del paciente corresponde una respuesta o bien consistente o bien contraria en las emociones del terapeuta. Se forma así un sistema de interacciones recíprocas que configura una “realidad”, tal y como lo sugirieron R. D. Laing y Carl Rogers, que los sistémicos llamaron “la danza de la familia” -paralelo al “mundo de lo dado por sentado” de la sociología fenomenológica de Alfred Schutz (inspirada en Husserl y Brentano).

Hoy sabemos, gracias a las investigaciones de Vittorio Gallese y otros, que esta interacción tiene bases neurológicas: las “neuronas espejo”, que se activan cuando un animal actúa y cuando ve a otro realizar la misma acción, permitiéndole crear un “modelo interno” de la conducta del otro -y, por extensión, de su mente e intencionalidad. En los seres humanos, dichas neuronas se especializan en predecir y replicar los estados emocionales de los otros en mí mismo, lo que me capacita para mantener con ellos una comunicación fluida que se funda en “adivinar” las intenciones que se ocultan tras sus actos y afirmaciones. Esta habilidad era crucial para la supervivencia de nuestros antepasados homínidos: necesitaban coordinarse tácita y velozmente para poner en marcha empresas grupales cooperativas -emboscar a una gran presa, defenderse de los invasores, organizar el ataque a una horda enemiga.

Convergencia: todos dependemos de todos

En suma: nuestra conducta e identidad se deriva no tanto de nuestra “interioridad” cuanto de los contextos en que participamos -que elegimos, a su vez, para afianzar la “identidad” y roles que hemos aprendido a desempeñar confortablemente. Estos contextos consisten ante todo en personas, “otros significativos” cuyas respuestas emotivas moldean nuestra experiencia de nosotros mismos -y, por ende, nuestra actividad. La sociedad está compuesta por circuitos recurrentes y parcialmente superpuestos de personas cuyas identidades y estados emocionales se confirman recíprocamente, lo que genera un orden abstracto increíblemente complejo e impredecible. En el fondo, todos dependemos de todos: una conclusión que ya hubo de insinuar el Libro del Tao.

Hacia una nueva teoría de la mente

Este es sólo uno de los tantos ejemplos de la ingente masa de datos y disciplinas que apuntan en dirección de un “núcleo duro” (y todavía hipotético) de conocimiento psicológico.

Creo que dicho “núcleo duro” requiere, para hacerse explícito, de un avance global y básico: un nuevo modelo o teoría de la mente. En cada momento de la historia los pensadores han usado como modelo de la mente la tecnología de punta. Los cognitivos de los años 50 la asimilaron a una computadora que procesa la información (input) emitiendo respuestas (output); los empiristas escoceses la compararon con una máquina, la famosa “caja negra” de sus herederos conductistas. Aristóteles ilustra algunos aspectos de su funcionamiento mediante una tablilla de madera cubierta de cera que recibe y conserva las “marcas” o sellos de la experiencia…

En este sentido, y mal que les pese a sus defensores, Freud no hizo más que actualizar el modelo de Platón -quien, en La República, compara al alma humana con una polis bien ordenada. Aquella, afirma, está compuesta de tres partes: la razón, que juzga lo bueno y lo malo porque conoce el Bien ideal; los apetitos, que persiguen el placer y entran a menudo en conflicto; y la “cólera” (o “ánimo”), que se indigna cuando presencia la injusticia, la autocompasión o cualquier otra forma de vejación. Asimismo, y según cuál de las tres esté más desarrollada, hay en la polis tres clases de habitantes: los guardianes o gobernantes que buscan el bien común; los mercaderes a quienes interesa el placer; y los soldados que viven y mueren por el honor. Aunque no se pueda identificar del todo a ninguna de estas partes con el Yo, Ello y Superyó freudianos, sí que llama la atención el que ambos modelos incluyan tres elementos en pugna, uno de los cuales representa las pulsiones y el otro la razón.

De hecho, Freud usa a menudo términos derivados de esta metáfora “el alma es como un país”: habla de “la provincia del inconsciente”, de la “censura” como un vigilante que protege la entrada a la habitación de la consciencia, de la “guerra” entre los deseos inconscientes y el autoritario superyó… Sobre este antiquísimo modelo “social” de la mente Freud superpuso, imprecisa pero exitosamente, uno más acorde con su época: el modelo hidráulico. La mente es como una máquina movida por vapor, que son los deseos; si las válvulas de escape están demasiado apretadas -es decir, si la persona no satisface real o simbólicamente sus pulsiones, estallan las tuberías -o aparecen los síntomas.

En cierto modo, la historia de la psicología es la historia de las metáforas de la mente. Y es natural: pues la única manera en que podemos volver inteligible nuestra interioridad es comparándola con algo del mundo externo. Nuestra relación con nosotros mismos es siempre y forzosamente metafórica; y por ende, es siempre conjetural (como lo demuestran los estudios de Nisbett).

¿Cómo ha de ser este nuevo modelo? Mi impresión (que sigue, entre otros, a Gerald Edelman, Gregory Bateson y F. A. Hayek, y que pienso plasmar próximamente en mi tesis doctoral) es que deberá basarse en la teoría evolutiva y la teoría de redes. Pero eso está por verse…

El fin de las corrientes: todo es de todos

En resumen, no sólo no elegimos nuestra corriente porque sea objetivamente “mejor” (aunque así lo hayamos creído y lo sigamos defendiendo); no sólo no es “mejor” en ningún sentido objetivo (aunque eso queramos creer); sino que lo que tenía, alguna vez, de “mejor”, propio, específico e individual ya no será más monopolio suyo.

Si esto es cierto, si el ejemplo anterior responde a la realidad, la psicología ha seguido el camino de toda ciencia: se ha librado progresivamente de errores, hipótesis inútiles y teorías dañinas. Partiendo de muy distintos orígenes, los teóricos que se apeguen a la reflexión crítica y apoyada en la evidencia terminarán por coincidir en el mismo punto: los “conceptos nucleares” de que hemos hablado. Y los que no lo hagan irán desapareciendo con el tiempo, víctimas de su propia arrogancia y su tendencia a hablar en difícil en sus endogámicos círculos. Pronto, lo que valga la pena del saber que distingue a los sistémicos (o cognitivos, constructivistas, psicoanalistas científicos, etc.) será compartido por todos; y lo que no valga se volverá una anécdota, un pie de página pseudocientífico en la historia de la psicología. Los estudiantes serán formados en estos principios nucleares -y, espero, en teoría de la ciencia; ya no en “modelos” o “corrientes”.

Se acabarán, pues, las “corrientes”: seremos todos terapeutas, a secas.

Y ¿cómo será el panorama de la psicoterapia entonces? La respuesta, ¡en el próximo artículo!

(La solución al anterior enigma: si elegiste la opción 2, ¡enhorabuena! Tienes una visión positiva y esperanzadora de las personas. Si elegiste la 2, te invito a reflexionar acerca de tu práctica y tus supuestos básicos sobre los seres humanos y a contemplar detenidamente a tus pacientes. Tal vez descubras que son más talentosos de lo que crees -o, mejor, de lo que creen ellos mismos).

10 thoughts on ““Soy terapeuta, a secas”: el fin de las escuelas psicoterapéuticas, tercera parte

  1. Marco Pavon says:

    Muy interesante, claro porque eso para ti es casi un life motiv y es realmente apreciado por tus lectores, gracias!

  2. Arturo Goicoechea says:

    Estoy de acuerdo en la necesidad de la convergencia, no sólo de las distintas doctrinas psicoterapéuticas sino también entre estas, la Psiquiatría y la Neurología, para pasar después a la integración del corpus doctrinal neuronal en una idea actualizada de organismo evolucionado y situado en una interacción estrecha con “los otros”, con especial atención al papel de los tutores expertos.
    La asfixiante hegemonía del modelo molecular creo que impide en este momento un cambio de dirección.
    Siempre es grato leer propuestas en esa dirección.

  3. Fidaa says:

    Saludos. Espero te encuentres muy bien.

    Tengo una pregunta: ¿Cómo explicaría la psicología de las diferencias individuales, los trastornos de personalidad?

    Gracias.

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