Sobre la necesidad del arte

Donde está la belleza

Antes de entrar en materia, quisiéramos que el lector dedicase un momento a un breve ejercicio. En primer lugar, pregúntese:

¿Qué papel cumple el arte en mi vida?

No se preocupe si la respuesta es “ninguno” o “casi ninguno”. La inmensa mayoría de personas opina igual. Y cree, por tanto, que la belleza no es parte de su existencia cotidiana; que el asistir muy poco a museos o conciertos y no frecuentar las páginas culturales de los periódicos indican que el arte o lo estético no forman parte de su dieta mental diaria.

Pero no hay que darse por satisfecho con estas suposiciones, ya que no hacen más que rozar el tema que nos ocupa. El lector puede comprobarlo por sí mismo; solamente ha de responder las siguientes preguntas:

  • ¿Cuándo fue la última vez que tarareó o silbó una melodía mientras realizaba alguna tarea?
  • ¿Tiene algún color favorito con el que prefiere vestirse o vestir a sus hijos?
  • ¿Hay alguna canción que le traiga recuerdos o le haga detenerse a pensar?
  • ¿Tiene algún perfume o fragancia favorita, alguna comida que le guste más que otras?

Casi seguro, silbó una cancioncilla al volver a la casa o al hacer el almuerzo; sin duda que si revisa su guardarropa verá un color repetirse más que los otros; y muy probablemente hay una tonada que le hace sentir joven, alegre o melancólico cada vez que la escucha.

Si fue así –y sería muy difícil dar con la excepción a esta regla–, si el color o la música le hacen sentir distinto y lo acompañan en sus actividades más repetitivas, entonces el lector es mucho más “artístico” de lo que creía. Porque, como todos los seres humanos, el arte es parte de su vida, por más que se empeñe en negarlo. Y la belleza (o, al menos, el intento de alcanzarla) le rodea todo el tiempo, a tal punto que se ha acostumbrado a ella y ya no le presta atención.

Mas la belleza, como cualquier ser vivo, languidece cuando se siente desatendida. Y de eso se trata este texto: de revivirla y colocarla de nuevo en el centro de nuestra existencia, de la manera en que vivimos, disfrutamos y aprendemos.

Así pues, le invitamos a una pequeña pero valiosa travesía: un reencuentro con el arte y la belleza.

Un mundo visual

Vivimos en un mundo visual. En cuanto salimos de casa nos vemos asaltados por innumerables reclamos. Avisos de prensa, carteles publicitarios, hojas volantes, señales de tránsito nos conminan a prestarles atención, seduciéndonos con formas y colores impactantes hasta el escándalo. Agotados, nos recluimos en una cafetería, donde nos entregan una carta de color crema con letras en cursiva. Pedimos un café; nos lo sirven en una taza blanca con una franja azul o en un vaso plástico de diseño simple y confortable. Llegamos al banco; nos recibe una secretaria de falda gris y chaqueta azul claro, que nos conduce (por un pasillo donde cuelgan tres o cuatro cuadros) a un cubículo verdoso y alfombrado de marrón.

Y al final del día, cuando queremos descansar y alejarnos del bullicio, nos sentamos en un mullido sofá blanco y encendemos un aparato que arroja, ¡cómo no!, nuevas luces y ruidos, nuevas imágenes cambiantes, a una sala oscura y unas pupilas insatisfechas.

Muy probablemente, cada uno de nosotros ve, en el curso de un día, mayor variedad de formas y colores que lo que veían nuestros antecesores en la mitad de sus vidas. Hace sólo cien años, antes de la impresión a colores y a gran escala, las hojas volantes que tiramos con descuido a la basura hubieran sido un milagro para ojos que sólo habían contemplado, en la intimidad de una iglesia, los cuadros del Infierno o los grabados de los libros de catecismo. Entre nosotros, este milagro es tan frecuente y cotidiano que ni siquiera reparamos en él. Pero, para todas y cada una de esas imágenes, la belleza y el atractivo es imprescindible; todas y cada una han recibido la atención y el cuidado de alguien –que ha sopesado los colores en función de su complementariedad, las formas en términos de su peso y movimiento, el conjunto en pos de su interés, equilibrio, fascinación.

Desde luego, entre Miguel de Santiago y el anónimo diseñador del aviso de prensa hay un abismo de talento, devoción y perseverancia. Pero este abismo se abre sobre un terreno común, la preocupación por la belleza –el ideal común al que tienden el Moisés de Miguel Ángel y el logotipo de una empresa.

La costumbre de no ver: belleza y “buen gusto”

En consecuencia, la belleza es parte insoslayable de nuestra existencia. Incluso podríamos pensar que no nos damos cuenta porque nos hemos tenido que acostumbrar a ella; que, en el afán de preservarla, le hemos entregado un territorio tan estrecho y excluyente (los museos, los libros de historia de la pintura, las muestras y exposiciones) que hemos terminado por exiliarla del día a día. Porque así como el logotipo no puede competir con el Cristo crucificado de Miguel de Santiago en un mismo plano, tampoco puede ignorarlo: ambos pugnan por llamar nuestra atención y conseguir unos segundos de nuestro valioso tiempo.

Como respuesta a este bombardeo permanente de colores y formas, a medida que crecemos desarrollamos el hábito de no ver. ¿De qué color son los carteles que ostentan los nombres de las calles? Los vemos todos los días una y otra vez; pero recordarlos nos exige un esfuerzo –y eso, si llegamos a conseguirlo. (El autor tuvo que levantarse a comprobarlo…). No, no nos quedamos con los colores, sólo con el contenido; nos fijamos en “Avenida 10 de Agosto”, no en “Letras blancas, gruesas, sobre fondo verde oliva”.

Pero aunque no la veamos, está allí, en la ropa que elegimos, la forma en que arreglamos los platos en la mesa del comedor, el modo en que dejamos un poco entreabiertos los visillos de la sala para que se curven y redondeen más o menos simétricamente. Oculta por nuestra apatía, la belleza se disfraza y regresa convertida en buen gusto, en ese inconfundible y sutil toque que hace de tres sillas y una mesa un acogedor salón o un espacio desnudo.

El “buen gusto”, el arte de combinar las formas y colores más disímiles de manera agradable, contribuye no poco a aumentar la calidad de vida –o a disminuirla. No hace falta demasiado dinero para arreglar una sala o una cocina de forma que inviten a disfrutar de ellas; y, por el otro lado, ni todo el dinero del mundo pueden compensar una combinación equivocada de colores o un desequilibrado amontonamiento de estilos. Pero la diferencia es palpable y fundamental. En el primer caso, y por sobria que sea una habitación, un toque aquí y allá la vuelven mi casa, hacen que la considere parte de mí y que me guste sentarme en ella a soñar despierto. En el segundo, evitaré por todos los medios pasar demasiado tiempo en un lugar que me resulte hostil o agobiante. Aunque no lo note, ni sea capaz de precisar la mezcla de elementos que me disgustan, me sentiré cansado, irritable, distraído o intraquilo cada vez que me siente a comer o a ver la televisión.

De esto precisamente tratan las preguntas que abren este texto: de cómo hemos llegado a ignorar algo que nos acompaña constantemente y de lo que dependemos aunque no podamos admitirlo; y de cómo podemos recuperarlo a poco que nos dejemos atraer por la mirada de un niño. Pues aunque la belleza pueda ser gratuita y ubicua, no es fácil de detectar; y ese es el papel del arte.

Mas antes de abordar este problema tenemos que dar un rodeo que nos depositará a las puertas de la respuesta a nuestra pregunta inicial, ¿qué papel juega el arte en nuestras vidas? No se preocupe: ¡prometemos ser breves! (Y sencillos, por más que hayamos de citar a algún que otro filósofo famoso).

El juego y el nacimiento de la cultura humana

Una de las teorías más interesantes y controversiales acerca del origen de la sociedad humana fue propuesta por el historiador holandés Johan Huizinga allá en 1938. Según Huizinga, los filósofos y pensadores contemporáneos habían olvidado un aspecto fundamental de la vida humana: la necesidad de jugar. Más aún: atrapado por la economía y la estadística, agobiado por los números, la eficacia, el desarrollo industrial y el consumo, el hombre de la calle había dejado en suspenso una parte importante de sí mismo –para dejarla salir, tímida y vergonzosamente, los domingos en la cancha de fútbol o ante la mesa de un casino. El ser humano no recordaba que había nacido jugando.

Pues desde la cuna a la tumba, el juego viaja con nosotros y aligera nuestra travesía. A los pocos días, el bebé extiende su mano hacia su madre, la toca y se ríe; y luego contempla sus dedos sin descanso, los mueve, los chupa, los flexiona y vuelve a reír. Años más tarde, es Batman, Spider-Man, un papá o un médico; sólo le bastan para ello un pedazo de tela, una caja y bastante imaginación. Podría pasarse días en una piscina y horas frente a un rompecabezas, sin ganar nada con ello.

¿Y qué decir de nosotros, los adultos? Cuando soñamos despiertos o fantaseamos, cuando vemos una telenovela o una película, cuando disfrutamos de una canción o un cuadro, en el fondo estamos jugando, dejándonos ir, abandonando nuestra seguridad en pos de un disfrute, de un poco de aire en nuestro tedio. Pero, curiosamente, hoy en día necesitamos una excusa para jugar; y así nos separamos de lo que nos es más cercano e íntimo con tal de mantener nuestra respetabilidad. Huizinga, al percatarse de ello, postuló valientemente que no sólo el individuo nace y crece a través del juego, sino también la humanidad en su conjunto:

…La cultura humana brota del juego –como juego– y en él se desarrolla… La cultura misma ofrece un carácter de juego (1).

Fuera de ello lo que fuese, y hay que admitir que la teoría de Huizinga sigue siendo discutida y controversial, dos cosas son ciertas e innegables: todos los niños pintan, todas las culturas conocen el arte.

Todos los niños pintan: de esto casi no hay duda. En efecto, todos los niños sienten casi desde la cuna una compulsión a emborronar de color los espacios en blanco, a cambiar las cosas de sitio, a trazar formas y borrar perfiles. Todas las culturas conocen el arte. De esto tampoco hay duda. Pues ninguna cultura conocida carece por completo de manifestaciones artísticas: pintura, escultura, orfebrería, tatuaje, tejido, danza, música. Y, como mínimo, debemos a Huizinga el descubrimiento de este paralelismo, aunque quizá no su explicación última.

Arte y juego: la belleza no sirve para nada

A estas alturas, el lector se estará preguntando: ¿qué relación tiene el juego con el arte? Muchísima. El arte es, en general, una forma de juego; y disfrutar del arte es, en esencia, jugar.

Aunque los griegos (en particular, Platón) ya se aproximaran a esta afirmación, es sin duda Kant, el filósofo de la Ilustración, el que la expresa de mejor manera. Es él quien apunta que el disfrute estético, el gozar de la belleza, no tiene propósito ni utilidad alguna: se realiza por el mero hecho de hacerse, no en aras a un bien mayor o a una finalidad ulterior. Cuando leemos un libro de texto, cuando estudiamos, nos interesa aprender para mejorar nuestras condiciones de vida y nuestros ingresos; pero cuando hojeamos una revista y llenamos un crucigrama lo hacemos por el mero hecho de pasarla bien. Vemos las noticias para estar al tanto del mundo; pero en las telenovelas nos olvidamos del mundo y de nosotros mismos y nos sumergimos en una “realidad” que sólo admitimos gracias a la fantasía. Si se tratase únicamente de guarecernos del frío, con un burdo traje de tela café bastaría; pero elegimos modelos, tallas, estilos y tonalidades cuando salimos a comprar ropa. No nos satisfacemos con usar; queremos disfrutar mientras lo hacemos. De ahí que los diseñadores de coches, camas, ropa y utensilios se esfuercen en lograr formas atractivas y hermosas sin perder su funcionalidad.

Kant sintetiza este aspecto de la experiencia de la belleza al decir que consiste en “el libre juego de las facultades de conocimiento, imaginación y entendimiento”. En otras palabras, cuando disfrutamos de un cuadro o una canción estamos dejando en libertad nuestras facultades mentales; cedemos ese férreo control del que hacemos gala en las actividades “serias” y nos abandonamos a donde quiera que nos lleven la melodía o los matices. Naturalmente, sólo podemos ceder en la medida en que la belleza es inútil; esto es, siempre y cuando no “sirva” para nada, no conduzca a nada en concreto que no sea su propio valor y gozo. Porque, de lo contrario, tendríamos que controlar nuestros pensamientos y actividades sin perder de vista la “meta”; y el “libre juego” se desvanecería para dejar paso a la imperiosa exigencia de completar una tarea.

El indiscutible valor de lo que no sirve para nada

Pero no es que “jugar con libertad” no tenga utilidad alguna. Al contrario. Al jugar libremente con lo que una obra u objeto nos sugiere no sólo nos entregamos a una experiencia, sino que investigamos activamente nuestras profundidades más recónditas. Nos volvemos exploradores de nuestras mentes; nos sorprendemos por la fauna, extraña y fascinante, que descubrimos tras cada recoveco. ¿Quién iba a decir que me iba a caer tan mal este personaje, y que me iba a agradar tanto ese otro? ¿Cómo iba a saber que el púrpura y el azul no me gustan cuando se yuxtaponen, pero me encantan cuando respetan sus mutuos lugares? ¡Nadie imaginaría que la frase “después de muertos, amarnos más” me suscitaría tantas y tan intensas emociones! En otros términos, el disfrute del arte y la belleza, aunque se limite a las telenovelas y la radio, nos ayuda a conocernos más y mejor y nos demuestra que siempre podemos ir más a fondo, desvelar otra capa de nuestra alma, avivar otra hoguera en nuestras pasiones. Lo cual sucede únicamente cuando no nos lo proponemos –cuando nos permitimos el lujo de la sorpresa.

Lo que nos lleva al otro gran beneficio del arte y el “libre juego”: la creatividad. En principio, todos somos creadores: cada día es nuevo, y la mayoría de frases que pronunciamos nunca habían sido dichas antes –no exactamente igual, ni en la misma situación. Cuando soñamos, todos somos poetas y dramaturgos; como afirmaba el psicólogo Calvin Hall, “el soñar es una empresa creativa en la que todos podemos participar”. Por eso es que al despertar nos maravillan, asustan y pasman nuestros sueños: porque tienen elementos nuevos, inéditos, nunca antes vistos –monstruos inimaginables, situaciones imposibles, personajes de fábula que, sin importar el tiempo y la energía que hubiésemos dedicado, jamás hubiésemos podido inventar en la vida de vigilia.

Todos somos creadores, sí; pero el hábito, al que ya hemos aludido, embota el filo de nuestras mentes enganchándonos a la tiranía de lo rutinario. Sólo unos cuantos adultos disfrutan del privilegio (y, tal vez, la maldición) de ser aún capaces de “jugar libremente”: los llamamos artistas. Y les otorgamos ese privilegio porque, en su libre jugar, proyectan su mirada más allá del horizonte, anticipándose a lo que vendrá o podría venir; esculpen los caminos por los que nosotros, la inmensa mayoría de personas, habremos de internarnos meses o años después. Los artistas permiten cambiar a las sociedades tomando la delantera; nos permiten sentir de maneras inusitadas porque lo hacen antes que nadie. Sin ellos, seguiríamos viviendo como hace cien, quinientos o mil años. Fueron los poetas quienes nos enseñaron que la luna es también mujer y el sol varón, o que la lluvia es el llanto del mundo; quienes nos susurraron que “partir es morir un poco”, que el amor es “la llama apasionada / dentro de tu pecho amante” y que el viento “envuelve en besos”, que “sólo se odia lo querido”. Fueron los pintores quienes nos mostraron que el rostro es el espejo del alma, que una mesa con un frutero y una botella puede ser hermosa de mil y un maneras, que hasta la muerte de Cristo se presta para la majestuosa y trascendental transformación de la naturaleza en arte –que repite, sobre un lienzo, la transfiguración del sufrimiento en salvación que dio pábulo a la Iglesia católica. Como hemos tratado de mostrar, los resultados de sus obras nos rodean sin importar a dónde miremos, incluso aunque se hayan vuelto irreconocibles.

A propósito de lo cual, quiséramos poner un sencillo ejemplo. Seguramente sabe el lector lo que es una cenefa: ese listón de madera tallada que se coloca en la juntura entre una pared y el techo o el suelo de la mayoría de habitaciones (al menos hasta hace unos años). ¿Se ha preguntado alguna vez de dónde sale esa costumbre? Tiene más de dos mil años; y se la debemos a los griegos y romanos. La cenefa, en realidad, pretende imitar la base y el capitel de una columna tal y como la concebían los arquitectos de la Grecia clásica, para quienes la juntura entre dicha columna y el suelo o el cielorraso se veía fría, desnuda y agresiva. Con el fin de solventar este problema, anónimos artistas y escultores idearon adornos, tallas que hacer a la madera y la piedra para distraer la mirada de la dureza del pliegue entre superficie y superficie; y nosotros, que nunca nos hemos parado a reflexionar sobre el tema, damos el hallazgo griego por sentado y lo aplicamos en nuestras casas y oficinas (2). Lo inútil, pese a todo, es imposible de evitar; más aún, es imprescindible para el avance y la evolución de nuestra consciencia –y nuestras sociedades.

Tal vez fueran los sabios taoístas los que mayor consciencia de esta paradoja tuvieron, como lo indica la siguiente fábula, tomada del clásico más importante de dicha escuela, el Chuang-Tzu:

Hui Tzu dijo a Chuang Tzu: “Todas tus enseñanzas están centradas en lo que no tiene utilidad”.

Chuang replicó: “Si no aprecias aquello que no tiene utilidad, no puedes ni empezar a hablar acerca de aquello que la tiene.

“La tierra, por ejemplo, es amplia y vasta, pero de toda esta extensión el hombre no utiliza más que las pocas pulgadas sobre las que en un momento dado está.

Ahora, suponte que súbitamente haces desaparecer todo aquello que no está de hecho utilizando de modo que, en torno a sus pies, se abre un abismo, y queda en medio del vacío, con nada sólido en ninguna parte, excepto justo debajo de cada pie…

¿Durante cuánto tiempo podrá usar lo que esté utilizando?”

Hui Tzu dijo: “Dejaría de servir para nada”.

Chuang Tzu concluyó: “Eso demuestra la necesidad absoluta de lo que no tiene utilidad”.(3)

Conclusión, o donde comienza el verdadero juego

Y ¿quiénes son los auténticos maestros del jugar? Evidentemente, los niños, que todavía no han aprendido a avergonzarse del deseo de mirar más de cerca una mariquita o aspirar el perfume de una flor.

Pero para aprovechar esta visita, y como ya ha podido adivinar en virtud de todo lo anterior, el lector tiene que estar dispuesto a jugar. Es un desafío y una invitación: arriesgarse a dejar su cómoda y gris existencia por un momento para zambullirse en los colores y las imágenes. Arriesgarse a un poco de vergüenza, un poco de embarazo, un mucho de descubrimiento.

Algo muy parecido a ser el primero en salir a la pista de baile.

¡Y seguro que eso sí que lo ha hecho!

1. Johan Huizinga, Homo Ludens; Alianza Editorial, madrid, España, 2001.
2. Para más información se pueden consultar Arte e Ilusión, de E. Gombrich (ed. Debate, Madrid, España, 1998) o su monumental y muy recomendable Historia del Arte (Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1999).
3. Tomado de El Camino de Chuang Tzu (versión de Thomas Merton); ed. Debate, Madrid, 1999.

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