No hacía más que empezar

(En el estilo del Stalky & Co. de Kipling, éste se basa en la sencilla premisa de que “la realidad es como puedes verla”. Así, pese a estar escrito de un modo totalmente distinto a los otros, No hacía más que empezar persigue, en el fondo, la misma pregunta: “¿qué es la realidad?”
La escena de “cacería” es la única parte “basada en hechos reales” de toda esta estrambótica historia.
La cita de The Moody Blues encierra una ironía: “to travel” es “encontrarse bajo el efecto de una droga”, el castellano “volarse”. Y para cuando compusieron la canción homónima, ¡seguro que “viajaban” con harta frecuencia!
Se encuentra, por otra parte, en
In Search of the Lost Chord, el segundo de sus discos, que contiene también Legend of a Mind, dedicada a Timothy Leary. El álbum es, en sí mismo, una exploración de la relación entre realidad y consciencia. Exploración de la que este cuento participa).

Thinking is the best way to travel.
The Moody Blues

-Telo, ¿cómo terminarías esto?

Mientras escuchaba la tonada entreabrí el ojo derecho. Fumoso rasgaba despiadadamente su guitarra. Abrí el otro, me incorporé y respondí:

-Pues así, Fumoso… –y tarareé lo primero que me vino a la cabeza.

Fumoso me escuchó atentamente –o eso creí hasta que pasé frente a él sin que me mirase. Sonriendo, abrí el armario y me puse una vieja camisa. Abotonaba el sexto botón cuando decidí dar vuelta y mirar fijamente a Fumoso. Su expresión cambió instantáneamente: salió corriendo de la habitación y se marchó sin despedirse.

No importaba. Conocía esa mirada –la había visto miles de veces. Había terminado su canción –desde luego, sin emplear en lo absoluto mi estúpido estribillo. Soy malo como reactivo pero excelente como catalizador. Lo que Fumoso necesita en esos trances es un empujoncito, una sugerencia a la que oponerse. Y, cuando eso pasaba, entraba en mi cuarto y se plantaba en mi sofá, tocando su melodía inconclusa hasta cansarse y esperando que me despierte. Después de todo, era de la Sociedad…

…A la que debía asistir ahora. Salí mordisqueando un pedazo de pan seco y me dirigí al café de siempre. Era el primero; nadie me esperaba. Me senté en la mesa que habíamos hecho nuestra a la fuerza y ordené una bebida intrascendente.

No terminaba de tomarla cuando vi a Inmenso filtrarse por el pasillo. A punto de saludarlo, me detuve:

-Ah… ¿qué pasa, In?

Inmenso levantó la cabeza y reparó en mí por primera vez. Tenía un horrible par de ojeras y una expresión de oveja poco habitual. Dudó un segundo y respondió:

-Eh… Nada, supongo… Bueno: sí, algo, en fin…

Lo atravesé con la mirada y paladeé mi soda. Como solía hacerlo, Inmenso cedió:

-Lo que pasa es que… ¡no tengo dinero!

-Ajá… ¿Y? –repliqué, inconmovible. Inmenso abrió la boca y susurró:

-Que… necesito invitar a alguien…

-¿A quién?

-A –pero no necesitaba decirlo. Lo sabía. Su alma gemela acababa de entrar: una chica alta, rubia, delgada y –por desgracia– totalmente hueca. Dinero era lo que la atraía. Inmenso la vio de reojo y se encogió.

Sabía que tenía que actuar. Nadie más había llegado, conque puse la mano en su hombro y dije:

-¿Sabes, In? Yo también necesito dinero.

Me agradeció con una débil sonrisa. Tenía un par de minutos para pensar frenéticamente. Entonces llegaron todos –el resto de la Sociedad; esperé a que se saludaran, se sentaran y ordenaran, y tintineé mi vaso (plástico, pero ruidoso):

-¿Cuál es el monto de las arcas de la Sociedad, Compacto?

El aludido sacó su minúscula libreta, se concentró en ella por veinticuatro segundos completos y respondió:

-Cero absoluto, Telo. Nada.

-Pues –continué acallándolos con la mano– tengo un plan para llenarlas. ¿Qué dirían… espera un poco, In… qué dirían de un concierto?

En el segundo siguiente pude oír mi propo pulso. Compacto hizo un gesto de desaliento y soltó:

-¿Un concierto? ¿Sabes cuántas fiestas hay esta noche? Para empezar, está la de Luz María -¡seguro que todos van allá! Luego…

-Bueno, bueno. Pero nadie tendrá lo que nosotros tendremos, ¿eh?

-¿Y qué tendremos que supere las piernas de Luz María?

-La guitarra de Fumoso y la actuación de Esqueleto –repuse señalándolos a ambos. Fumoso me miró y comenzó a negar con la cabeza; Esqueleto estuvo a punto de echarme encima su café.

-¡Sabes que nunca actúo/toco en público! –gritaron al unísono.

Era cierto. Lo había olvidado por completo; o, más bien, había abrigado cierta esperanza. Aunque sencillamente geniales, ambos eran harto tímidos. Esqueleto sólo bailaba frente a su espejo –Fumoso sólo tocaba para nosotros. Sus dotes les habían ganado un nombre en la universidad –¿sabes cómo se pelean las chicas por un actor o un guitarrista? Sobre todo si son tan guapos como lo eran este par de idiotas. Y donde hay chicas, hay fiesta; y donde hay fiesta, hay dinero. Pero ninguno se atrevería a salir a escena.

-Mira, Fu, es hora de que te lances a la farándula. Y tú, Es, lo mismo digo. ¿Por qué no hoy? Llamamos a un par de amigas, ellas llevan a sus amigas, hermanas o madrastras, y la fiesta está asegurada. Un par de galanes como ustedes…

-Suficiente, Telo –exclamó Fumoso fríamente–. No lo haremos, y se acabó.

La oportunidad se desvanecía –al tiempo que sardónicas sonrisas se pintaban en los miembros de la Sociedad. Debía hacer algo–

-Vale, vale, no lo harán. Fue una idea estúpida. A fin de cuentas, ustedes aún no han alcanzado los límites de la genialidad. Exponerlos sería un desperdicio. El público…

-Aplaudiría y entraría en delirio, Telo. Tampoco me convencerás así –intervino Esqueleto. Fumoso asintió en silencio.

Los demás comenzaron a hablar –armando una limitada batalla. Fumoso jugaba con su guitarra sin mucho afán: se veía deprimido, con la tristeza típica del vacío creativo. Terminar de componer le era difícil –muy difícil. Yo era sólo su catalizador: aceleraba el proceso una vez iniciado; pero nada podía echarlo a andar. Nada­

Me levanté y llevé mi silla hasta la suya. Luego de observarlo sin interés, comenté:

-¿Sabes lo que le pasó a Eric Clapton cuando tocó en Woodstock?

-Clapton jamás tocó en Woodstock.

Agité una mano y sonreí:

-Bueno, fue Santana, entonces. (En realidad fue Jimmi Hendrix, pero qué más da). Resulta que a Santana lo invitan para cerrar la noche, de modo que iba a tocar alrededor de las once. A eso de las cuatro, llega al escenario, prepara su guitarra y, algo aburrido, decide darse un vuelo, uno corto, de su provisión de ácido. Así que agarra su estuche, abre su sobrecito y se acicala. Dos horas más tarde, Santana está tirado en el piso, el encargado entra y lo despierta –o algo así. “¡Levántate, maldita sea! ¡Debes salir ahora! ¡Levántate!” Santana, en pleno viaje, no entiende nada, pero coge su guitarra y sigue la luz. Su grupo le espera temblando. Sin sentir sus manos, el tipo conecta su Gibson (¿o sería una Fender?), la afina horriblemente, suelta un par de escalas y comienza a tocar como un lunático.

“Fue el número de la noche. Al final, tras dos horas completas, el público sigue gritando y pidiendo más; el bajista se le acerca y lo ayuda a salir de escena. Santana casi no puede caminar: ha sudado varios litros y perdido algunas libras en la experiencia. Y no recuerda nada. Al alejarse, el encargado lo alcanza a la carrera: “Oye, amigo, ¡tocaste como nunca antes! ¡Diste el show de tu vida! Nunca había oído esos acordes… Los tenías en reserva, ¿verdad?”.

“Y no era así. Los había improvisado, uno a uno, mientras la gente gritaba y se convertía en los elefantes y las arañas de su vuelo. Quienes lo presenciaron dicen que jamás pudo tocar así de nuevo”.

Por una vez, Fumoso me miraba pasmado, con la boca abierta y la guitarra suavemente posada en su regazo. Sonreí para mi interior y apuré mi vaso haciéndome el desentendido. Fumoso cobró valor y susurró:

-Oye, Telo, ¿crees que yo podría conseguir…?

-¿Algo de ácido? Ni loco, Fu. Es muy caro, y además peligroso. ¡Santana tuvo suerte de sobrevivirlo! (No es para tanto, pero tenía que cargar algo las tintas, ¿no?) Pero no pongas esa cara, Fu –me le acerqué confidencialmente–: hay cosas mejores…

-¿Qué? –preguntó ansiosamente. Alcé una ceja y repliqué:

Hongos. Usualmente el Psilocybe cubensis, relativamente fácil de hallar, cuyo principio activo es la psilocibina. Aunque también puede ser el Psilocybe subcubensis, casi idéntico al anterior…

-Ahórrame la clase de biología, Telo. ¿Dónde consigo esos hongos?

Hice un gesto de inteligencia y repliqué:

-No es tan sencillo, Fu. No los venden, al menos no aquí. Has de cazarlos por ti mismo. Y –proseguí– tampoco cazarlos es sencillo. Algunos son inocuos y otros son venenosos (esto era verdad). Tiene que hacerlo un experto…

-¿Conoces alguno?

-Desde luego. Yo.

Fu me miró de hito en hito y entrecerró los ojos.

-Ya entiendo. Y a cambio de eso…

-Tendrás que tocar hoy… aguarda, no es todo… y convencer a Esqueleto de que se presente.

Había lanzado el anzuelo. Fumoso reflexionó unos segundos y espetó:

-Bueno. Pero los quiero ahora mismo.

Y se levantó para conferenciar con Esqueleto. A mi vez, eché a andar hacia los otros. Puede que no parezca justo lo que acababa de hacer –aprovecharme de las debilidades de alguien (¿de dónde creen que Fumoso sacó su apodo?) Pero era una buena causa (sí, ya sé que suena maquiavélico, pero las causas propias son siempre buenas, ¿verdad?) Y tenía algo más en mente. Los conocía: había oído a Fumoso y visto a Esqueleto, y sabía que eran buenos –no, realmente buenos.

Lastimosamente, ellos lo ignoraban –todavía.

La Sociedad se comportó de maravilla: cuando salí pude notar los primeros carteles pegados en los ascensores y los pasillos –y los murmullos de mis amigos en clase.

De la cual escapé a la mitad. Bajé al aparcamiento, tomé mi auto y me arrojé a las calles. Tomé una carretera y luego un camino vecinal, giré aquí y allá y me hallé finalmente en un terreno baldío. Era casi mediodía, de forma que dejé el auto en un recodo y corrí hacia la hierba.

Este era el verdadero trabajo. Caminando con lentitud, bajé la cabeza y eché los ojos a izquierda y derecha –como Sherlock Holmes solía hacer cuando rastreaba un criminal sin la ayuda de Toby (su sabueso, si no lo recuerdan). Tardé casi una hora en encontrarlo.

Ahí, medio oculto por la sombra de un limonero, estaba mi objetivo. Tres sombreritos, entre marrón y crema, erguiéndose orgullosos sobre la bosta seca. Me aproximé con cuidado y toqué suavemente el pálido tronco del primero: húmedo, pegajoso y suave. Aún indeciso, lo arranqué de raíz, aplasté la base del cono y esperé sin perderlo de vista. Comencé a notar un cambio: una nueva tonalidad–

No, no les diré de qué color –aunque sé que resulta vox populi continúa siendo un delito. Además, me había engañado: seguía tan blanco como antes. Lo devolví al suelo –no podía plantarlo otra vez– y busqué una nueva pista. Había andado un par de metros cuando me detuve, volví sobre mis pasos y tomé otro de los mismos. Este sí servía.

Repetí el proceso ocho veces; el sol se despedía de la montaña al marcharme. Corrí hacia la ciudad con mi precioso pero sucio cargamento bien oculto tras mis pies.

Las luces y el ruido me guiaron. Allí estaban, en el sitio de siempre –ahora lleno de automóviles y gente. La fama de Fumoso y Esqueleto había sobrepasado mis expectativas. Entreví a Luz María y su hatajo de insulsas amiguitas, de seguro comiéndose a algún prójimo por encima de la música. Me filtré entre bastidores y me dirigí hacia el camerino, una bodega improvisada con un biombo y un espejo. Compacto franqueaba el paso.

-¿Cómo van las cosas? –alcancé a preguntar. Me miró de la cabeza a los pies y replicó:

-Bien y mal. Vendimos todas las entradas; tuve que imprimir más. Pero no quieren salir.

Eché un vistazo al cuarto. Fumoso, en posición fetal, temblaba tirado en el piso agarrado a su guitarra, mientras Esqueleto caminaba frenéticamente esquivándolo con pequeños saltos. Ambos se veían bien: se habían pulido con esmero. Pero serían incapaces de soltar sus nervios. Sostuve con más fuerza mi paquete y susurré a Compacto:

-Sigue con la música, aumenta el alcohol y dame media hora más. Los sacaré a rastras si es necesario. Ah –dije antes de que se fuera–: ¿conseguiste al resto del grupo?

Compacto abrió la boca –ningún sonido salió de ella. Tragué aire y lo empujé:

-Vete y haz lo que te dije. –Pero sabía que no había caso. ¿Qué haríamos sin un bajo y una batería? ¿Un Unplugged?

Compacto trastabilló su huida. Puse mi mejor cara de póker, me aproximé a la mesa y eché en ella el contenido del paquete. De todos los tamaños, todos entre marrón y crema. Formaron un montículo: había más de veinte. Esqueleto se sentó y clavó sus ojos en ellos. Levanté a Fumoso, le quité el pulgar de la boca y espeté:

-¿Recuerdas esa historia de Santana? ¡Pues es verdad! Santana no era nadie, ¡míralo ahora! Es tu turno, amigo. Ahí están: tres para cada uno, no más. ¡Tú y Es se los comerán, saldrán a escena y acabarán con el mundo!

Fumoso me miró a través de las lágrimas; Esqueleto se alzó de hombros. Era ahora o nunca: tomé un puñado y lo puse en las manos de Fu:

-Adelante, ¡come! ¡Come, maldita sea!

Fu bajó la vista, se detuvo por dos segundos –y se lanzó uno de ellos a la boca. Instantáneamente puso cara de asco, pero se comió dos más casi antes de que pudiera contarlos. Es se abalanzó sobre la mesa y engulló su ración sin masticarla.

-Bien –concluí–, ahora esperen. No salgan de aquí. En media hora, cuando hayan despegado, volveré y los sacaré. Entretanto, relájense. No –di una palmada a la mano de Fu–: dije que bastaba con tres. Ni uno más. No queremos que vuelen como Santana, ¿eh?

Justo en la puerta tropecé con In. Bajó la cabeza y sollozó:

-Telo, ¿sabes? Vengo de abajo y…

Ella está ahí, ya lo sé. Y tú –continué al ver su parpadeo– quieres invitarla. No tienes dinero –al menos no todavía. ¿Qué harás?

-Es que… como tú estás dándoles ánimo –y señaló hacia los artistas–, pensé que también a mí…

Alcé la cabeza y suspiré:

-Ya, ya, entiendo… Entra ahí y cómete tres. Tres, ¿me oíste? En media hora serás Dios.

In franqueó la puerta. Bajé al piso y caminé a mi auto por las zonas oscuras. Una vez en él, me senté y comencé a prepararme algunos sánduches de queso y jamón. ¡Estaba hambriento!

Veintisiete minutos después, salté hacia afuera y me dirigí al camerino. La multitud gritaba: pronto lanzarían vasos y romperían mesas. Entré tropezando –la luz estaba apagada. La encendí y descubrí al instante que la mesa estaba vacía. ¡Se habían comido los veinticinco!:

-Bien, mucha… –¡nadie! Ni un alma­–

Escuché un ruido a mi espalda y me di vuelta. Fu, Es e In salían sigilosamente.

-¡Muchachos! ¿Cómo están? Vamos, el público espera. Fu, mírame a los ojos.

Lo hizo. Sus pupilas estaban dilatadas –pero el cuarto era oscuro. ¿Me había equivocado…? Tragué saliva y pregunté:

-¿Estás listo?

Fu me miró dulcemente –y sus ojos volaron más allá de mi espalda. Apreté su mano y le grité:

¡Fuera!

Lo empujé hacia la escena e hice lo propio con Es. El público enmudeció. Ambos se quedaron ahí, de pie, sin mover un músculo –sentí mi estómago retorcerse­– ¡y de repente Inmenso se arrojó al escenario sin que pudiera detenerlo! Aterrizó en la batería –no la destrozó, a Dios gracias–, tomó las baquetas y golpeó el redoblante a una velocidad increíble.

Como activados por un resorte, Fu y Es comenzaron su número. Las aisladas pifias se transformaron en aullidos mientras Fu pulsaba las cuerdas sin verlas, arrancando notas que jamás había obtenido allá en mi casa, apoyado por la batería de In –¿conocen ustedes a The Who? ¡Justo como Keith Moon! Nada de virtuosismo: puro vigor azotando incansable los tambores. ¡Por una vez, guitarra y batería fueron suficientes! Y Es se retorcía en medio de ambos –como David Bowie en Blue Jean, igual de flaco y delirante. Ahora todos bailaban la misma loca danza; y me encontré arrojado en medio de un sabbath, saltando y gritando como todos –pero extrañamente relajado.

Cuando todo terminó, dos horas después –cuando todos se hubieron ido y las luces se apagaron, me acerqué al terceto, que descansaba exhausto en las tablas.

-¡Increíble, Fu, increíble! ¡Tocaste como nunca antes! –Fu convino con un gesto.­– Y tú, Es, ¡Dios mío! ¡Qué espectáculo! ¡Qué impresionante! Pero ¿dónde está In?

Es levanto débilmente su índice. Allá, en una mesa, estaba In. Y no todos se habían ido: contoneándose deliciosa, Luz María se puso a su lado, le pasó algo y se agachó para darle el beso más envidiable que te puedas imaginar. Ella era su alma gemela, por cierto.

Tras despedirla, In vino hacia nosotros con la cabeza enhiesta y el pecho hinchado.

-Hola, Telo –soltó con una nueva y estentórea voz.

-Hola, In. ¡Felicitaciones! ¿Pero cómo conseguiste…?

-Creo que la fama es más atractiva que el dinero –repuso. Le abrí espacio y mascullé mientras comía otro sánduche:

-Oyem… hmpf… Inm… no sabía que tocaras tan bien la batería.

-Tampoco yo, Telo. Esos hongos que me diste…

-¡Ah, los honguitos! Fu, esa no era la canción de esta mañana… Ahora que lo pienso, no era ninguna que yo haya escuchado…

-No, no lo fue –respondió Fu meditabundo–. Creo que las improvisé sobre los ritmos de In. La segunda, sobre todo, me recuerda… ¡Aguarda! ¿Cómo es que las puedo recordar? Tú dijiste que…

Sonreí a medio bocado.

-Que Santana lo había olvidado todo; sí, lo sé. Y tú también lo olvidarías, te lo aseguro. Sólo que contaba con eso… –le extendí uno de mis sánduches– digo, tus nervios y lo demás… y temía que hicieses alguna locura… como tragarte más de ocho de una vez… ¿mencioné que algunos son inofensivos? Aguarden, aguarden: no salten sobre mí todavía. Todo estuvo en sus mentes, todo el tiempo. Esas canciones salieron de tu cabeza, Fu, al igual que ese ritmo y esa coreografía de las de In y Es. Y no necesitaron ayuda para ser sublimes.

“Pero no se sientan frustrados, muchachos. Eh, tomen, un sánduche para cada uno. Son de jamón, queso y champiñones. ¡Sí, hice una buena cosecha!”

Comimos sin decir palabra y nos sentamos a esperar. La noche sólo había empezado.

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