Poe, jardines taoístas, psicogeografía y Arthur Machen

Un jardin taoista

Como tantas otras cosas, nuestra forma de ver el mundo se refleja también en el arte; o más bien, en lo que consideramos “artístico” y lo que no. Para la mayoría de occidentales, la arquitectura es sin duda un arte; pero la jardinería no pasa de una artesanía -un pasatiempo digno y un tanto aburrido.

Muy otra cosa pensaban los chinos y los japoneses. Los taoístas, con su amor a la naturaleza, veían el arte no en la capacidad de dominarla sino en la de seguir con acierto sus caprichos; el jardín taoísta se caracteriza por una suerte de estudiado y sutil descuido, por un orden no del todo evidente y por la delicada y minimalista intervención humana. Cambiar lo menos posible el orden natural para adaptarlo a sus necesidades era la meta del ermitaño taoísta.

La devoción de los pintores y artistas chinos por la naturaleza en estado puro se muestra en el frecuente uso de rocas, tallos de bambú, nubes y hojas como motivos pictóricos. Se dice que uno de sus pintores más famosos amó tanto una roca particularmente bella que se la llevó a su lecho y durmió con ella durante varios días.

Así pues, aquello que nosotros valoramos -la activa y brutal modificación del orden natural para imponer la perspectiva humana- es lo que los taoístas despreciaban como un derroche inútil de energía y talento; y lo que nos cuesta considerar “bello”, el aparente caos de una casa abandonada o un parque sin podar, lo que aquellos hubiesen admirado y luchado por lograr.

E. A. Poe

Detrás de esto se intuye una cierta carencia típicamente occidental: la imposibilidad de ceder, de entregarse a las influencias externas, de prescindir momentáneamente de nuestro control. Quizá la mayoría de nosotros nos permitamos respirar a pleno pulmón en la cima de una montaña; pero temo que, la mayor parte del tiempo, nos defendemos de nuestro entorno con una combinación de estratégica ignorancia y estudiado desdén. ¡Y no es para menos, con lo hostiles que tienden a ser las ciudades!

Pese a todo, algunos privilegiados conocían el efecto que el paisaje ejerce sobre el alma -a poco que se ceda a él; efecto al que se ha dado en llamar “psicogeografía” (o, más científicamente, “psicología ambiental“). Ante todo, Edgar Allan Poe, que lo manifiesta en dos de sus mejores ensayos, The Landscape Garden y Landor´s Cottage.

Arthur Machen

Y el formidable Arthur Machen, cuya obra de terror y fantasía sobresale por el cuidado de la atmósfera, ominosa e intensa, cargada de ruinas romanas, bosques galeses y misterios insondables. En ella podemos encontrar pequeñas joyas del miedo psicogeográfico como The Children of the Pool y The Green Book (en The White People); y sorpresas como la cita que introduce de Kurt Koffka, pionero de la Gestalt, en el primer cuento.

Con lo que se comprueba que no hay nada más terrible que sentir terror a plena luz del día.

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