¿Cómo describirías un orgasmo?
¡Espero respuestas!
¿Cómo describirías un orgasmo?
¡Espero respuestas!
¿A que no adivinas?
¡No! Está bien, es esférica… ¡pero no sólida! La Tierra está hueca por dentro, y allí vive la gente.
Bueno, da igual… Lo importante es que ya podemos vivir para siempre.
Bien, tal vez no… Pero sí que podemos comunicarnos con los muertos.
Bah, no responden… Pero he aquí la cura para todos los males.
Uf, es sumamente cara… Pero hay otra cura, más barata -¡y del tipo “hágalo-usted-mismo”!
Ah, ¿te ha entrado el miedo?… Consuélate: como, en realidad, nada existe, no hay ningún problema…
En fin, parece que sí que existe algo… Pero no es lo que parece…
Este… Sí que lo es… Sólo que no estamos solos…
Quién sabe… ¡Eh! Tal vez ellos…
Uf, qué agotamiento… Y sigues igual que al principio: no adivinas.
No creas cualquier cosa.
Es malo para la salud.
Imagina que entras en un salón. Has llegado con retraso; otros, los que te han precedido, llevan ya un buen rato inmersos en una discusión agitada y fascinante -demasiado como para interrumpirla y resumírtela.
Más aún: la discusión ya había empezado mucho antes de que cualquiera de ellos llegase, conque ninguno es capaz de retroceder al inicio y relatarla paso por paso.
Te sientas y escuchas durante un rato, hasta que crees haber captado la médula del argumento; entonces, te pones en pie, te entrometes, dices algo. Alguien responde; tú replicas; otro sale en tu defensa; otro más se alinea en tu contra, para deleite o vergüenza de tu oponente (y en función de la habilidad de tu inesperado aliado).
Pero la discusión es interminable, infinita, eterna. Se hace tarde; has de marchar. Y te marchas.
Y la discusión prosigue, con la misma intensidad y vigor.
He dado con esto en un viejo libro de Kenneth Burke que hace siglos que nadie abría. Lo he traducido lo mejor que he podido; pero el original es mucho más poderoso, insinuante, dulce, asombroso.
La vida, en un solo párrafo.

Enigma irresoluble:
¿Qué hacer cuando descubres que tu vida ha sido un sueño?
¿Qué hacer cuando descubres que no puedes fiarte de tus sentimientos?
No: no puedes hacer nada. Nada.
Ah… Tal vez, nada. Puede que sea ésa la respuesta.
La respuesta es -que no hay respuesta.
Pero ya es una respuesta, a fin de cuentas.
Como dijo Tom Petty hace ya casi treinta años:
Well it was kinda cold that night
She stood alone on her balcony
Yeah, she could hear the cars roll by
Out on 441 like waves crashin’ on the beach
And for one desperate moment
There he crept back in her memory
God it’s so painful when something that’s so close
Is still so far out of reach
No hay duda: la música puede embellecer el dolor.
Tal vez no lo cure, pero lo adorna.

¿Has visto lo que hacen los niños cuando salen a un espacio abierto?
Puede ser la calle que bordea su casa, el solar en el que viven, la playa en la que se encuentran de repente y sin saber por qué oculto arbitrio de sus padres. Puede ser su habitación -vista desde la limitada y privilegiada perspectiva de una caja de cartón a la que han cobrado un cariño incomprensible, o desde la oscuridad cómoda y acogedora que vive bajo su cama. Puede ser el cielo que contemplan desde una minúscula terrazuela, acostados y ansiosos, con esa combinación de alerta y serenidad tan propia de ellos -y de ti, cuando te encuentras con tu alma; las estrellas que miran y miran hasta sentirlas dentro, hasta sentir que vuelan sobre y entre ellas.
Los niños, sin excepción, se sueltan de las manos de sus madres y echan a correr, incapaces de contenerse, con el anhelo de llegar hasta donde alcanza la vista y más allá. Corren, saltan, gritan -mientras sus madres, formales y nerviosas, los reconvienen sin alzar la voz.
¿Has notado que toda la gente tiene idéntica reacción al subir una montaña y contemplar un panorama inagotable, un horizonte que los llama y los fascina?
Todos, todos, respiran hondo, desde el fondo de sus corazones, ensanchando el pecho, tragándose todo el aire que los abraza -y toda la Vida que murmura en cada rincón, en cada hoja, en cada nube.
Lo mismo, imagino, siente el pintor que descubre a Delacroix o a Turner, el lector que se embelesa con Twain o Poe, el músico que escucha a Wagner o a Beethoven.
Lo mismo sientes, si tienes suerte, cuando encuentras a tu amor, un rostro familiar y doloroso que resplandece sin luz alguna -un rostro que no miras con los ojos, sino con el alma.
Supongo que nadie puede, entonces, evitar un suspiro.
Lo supongo, y lo agradezco de verdad.
La vida es sin duda hermosa.