
¿Has visto lo que hacen los niños cuando salen a un espacio abierto?
Puede ser la calle que bordea su casa, el solar en el que viven, la playa en la que se encuentran de repente y sin saber por qué oculto arbitrio de sus padres. Puede ser su habitación -vista desde la limitada y privilegiada perspectiva de una caja de cartón a la que han cobrado un cariño incomprensible, o desde la oscuridad cómoda y acogedora que vive bajo su cama. Puede ser el cielo que contemplan desde una minúscula terrazuela, acostados y ansiosos, con esa combinación de alerta y serenidad tan propia de ellos -y de ti, cuando te encuentras con tu alma; las estrellas que miran y miran hasta sentirlas dentro, hasta sentir que vuelan sobre y entre ellas.
Los niños, sin excepción, se sueltan de las manos de sus madres y echan a correr, incapaces de contenerse, con el anhelo de llegar hasta donde alcanza la vista y más allá. Corren, saltan, gritan -mientras sus madres, formales y nerviosas, los reconvienen sin alzar la voz.
¿Has notado que toda la gente tiene idéntica reacción al subir una montaña y contemplar un panorama inagotable, un horizonte que los llama y los fascina?
Todos, todos, respiran hondo, desde el fondo de sus corazones, ensanchando el pecho, tragándose todo el aire que los abraza -y toda la Vida que murmura en cada rincón, en cada hoja, en cada nube.
Lo mismo, imagino, siente el pintor que descubre a Delacroix o a Turner, el lector que se embelesa con Twain o Poe, el músico que escucha a Wagner o a Beethoven.
Lo mismo sientes, si tienes suerte, cuando encuentras a tu amor, un rostro familiar y doloroso que resplandece sin luz alguna -un rostro que no miras con los ojos, sino con el alma.
Supongo que nadie puede, entonces, evitar un suspiro.
Lo supongo, y lo agradezco de verdad.
La vida es sin duda hermosa.