Amor, dolor, poder

Ma Yuan, En Un Camino de la Montaña, en Primavera

El dolor del corazón puede ser suave y gentil; como una picazón, puede limitarse a señalarte el lugar de tu incomodidad.

Puede también ser insoportable, terrible, abrasador.

Y cuando lo es, ¡cuidado!

Porque puedes caer en la tentación y lanzarte contra él -o contra los reflejos que arroja sobre lo que te rodea. Puedes responder al dolor con el poder.

Lo cual, invariablemente, trae sólo más dolor.

O puedes detenerte, pararte y ver; y pedirle, con cariño y dulzura, que se aleje de tu alma uno o dos centímetros para que le eches una mirada, lo conozcas, le pongas nombre. Puedes aprender a comprenderlo, a sentir compasión por él, a amarlo.

Lo cual, invariablemente, desvanece tu dolor.

No es que el poder sea “malo” -ningún pecado lo es; es sólo que es ilusorio.

La vida, sin escenas aburridas

The 39 Steps

La primera gran obra de Alfred Hitchcock se titula The 39 Steps. Fue producida y estrenada en 1935.

Verla, aún hoy, produce estremecimiento, risa, pasión y euforia. Es una obra maestra, de esas que resisten el paso del tiempo. Nadie como Hitchcock para mezclar el suspense con la comedia sin solución de continuidad ni sensación de ruptura; nadie como él para tocar temas como el homicidio, la traición, la sexualidad y el miedo de forma que pulsen nuestras más íntimas fibras -sin despertar asco, censura o indignación.

Robert Donat

The 39 Steps, como tantas de sus películas, es protagonizada por un perfecto cualquiera: Richard Hannay, un canadiense de visita en Londres, que se ve acusado de asesinato, envuelto en una trama macabra de espionaje y engaño y obligado a huir y limpiar su buen nombre -por pura casualidad. Hannay, interpretado por Robert Donat (un actor guapo y talentoso), ha de fiarse de una mujer (Madeleine Carroll) y de su suerte y habilidad; y nosotros lo seguimos pasmados y tensos mientras va de Londres a Escocia y de nuevo a Londres, sufriendo a cada momento y gozando con su naturalidad y dulzura.

Robert Donat en la escena que desencadena la huida

The 39 Steps es una película casi perfecta -como un poema de Edgar Allan Poe: cada escena, cada parlamento, cada plano se encuentran en el lugar y momento correctos. La trama en sí es impecable, calculada matemáticamente: la película empieza en un music hall -y termina en otro, noventa minutos después. Allí, Hannay conoce a una guapa espía (trigueña, desde luego) que se hace invitar a su departamento -y que desencadena toda la historia; aquí, Hannay se encuentra en compañía de la rubia que se ha convertido en su compañera -y que conduce al abrupto desenlace. Un milagro de precisión y desarrollo especular -como este poema y esta canción.

Aunque filmada casi al principio de su carrera, ya tiene todas las obsesiones de Hitchcock: el héroe inocente y vulnerable que afronta el peligro con suprema nonchalance; la dama cuya suspicacia inicial es el primer síntoma de su enamoramiento; el villano de buenos modales y frialdad a toda prueba; las identidades falsas, equívocas o múltiples; la hipnosis y el poder de la memoria y los “estados alterados de consciencia”; el detalle ínfimo que sostiene toda la trama -y que sólo descubrimos al final; el desenlace lleno de acción y sorpresa y que se da a plena luz o bajo la atenta mirada de un sinnúmero de espectadores casuales; el romance que nace bajo los auspicios del peligro y la aventura.

Obsesiones que sus alumnos han sabido recrear a su manera: entre ellos, Dario Argento y Brian de Palma.

The 39 Steps me resuena por otra razón todavía: Robert Donat es idéntico a mi abuelo, hace ya sesenta años.

Robert Powell

Años después, otro director, este desconocido y de la tradición de las películas de bajo presupuesto, dirigiría una nueva versión, sin duda menos magistral, cuyo único punto destacable era el protagonista: el actor Robert Powell, otro de mis favoritos (desde que vi Tommy, Asylum, Survivor, The Four Feathers y Harlequin, y desde que compartió escenario con Michael Caine en The Italian Job, la original, la que vale la pena).

Alfred Hitchcock

Como Alfred Hitchock dijo, alguna vez: “¿Qué es el drama sino la vida misma una vez editadas las escenas aburridas?”

Sólo un mundo de rocío

Si la vida es sólo un sueño, ¿a qué equivale el despertar?

Never seen a blue sky
Yeah I can feel it reaching out
And moving closer
There’s something about blue
Asked myself what it’s all for
You know the funny thing about it
I couldn’t answer
No I couldn’t answer

Things have turned a deeper shade of blue
And images that might be real
May be illusion
Keep flashing off and on

Free
Wanna be free
Gonna be free
And move among the stars
You know they really aren’t so far
Feels so free
Gotta know free
Please
Don’t wake me from the dream
It’s really everything it seemed
I’m so free
No black and white in the blue

Everything is clearer now
Life is just a dream you know
That’s never ending
I’m ascending

Yoko Kanno, Blue

Pero el hombre siempre mata lo que ama

Una de las historias más conmovedoras es la tragedia de Odiseo, vagando sin descanso entre los dedos de los dioses hasta llegar, viejo y cansado, al lecho de Penélope.

Una mujer que valía la pena buscar.

Valía la pena matar por ella, o arriesgar la vida; porque ¿qué era la vida, sin ella?

Valía la pena, como Nausícaa.

Nausicaä
…una joven igual a las diosas en su porte y figura, Nausícaa, hija del magnánimo Alcínoo… Y Nausícaa, de blancos brazos, dio comienzo a la danza. Como Artemis va por los montes, la Flechadora, ya sea por el Taigeto muy espacioso o por el Erimanto, mientras disfruta con los jabalíes y ligeros ciervos, y con ella las ninfas agrestes, hijas de Zeus portador de la égida, participan en los juegos y disfruta en su pecho Leto… (de todas ellas tiene por encima la cabeza y el rostro, así que es fácilmente reconocible, aunque todas son bellas), así se distinguía entre todas sus sirvientas la joven doncella.Homero, la Odisea




Por estar solo

Kabir lee para el Dios Vishnu mientras éste teje en su lugar

Sentimos que hay alguna suerte de espíritu que ama
A las aves, los animales, las hormigas;
Quizás el mismo que te hizo resplandecer
En el vientre de tu madre.
¿Cómo es que andas por ahí, sin rumbo, huérfano?
Lo cierto es que eres tú quien se ha apartado,
Por caminar en la oscuridad,
Por estar solo.

Kabir