Cambiar.

¿Cómo cambia la gente? ¿Cómo consigues cambiar?

No lo sé. Me encantaría saberlo -y sé que es imposible. Descubrirlo es una tarea infinita. Como en cualquier tarea verdadera, se te va la vida en ello.

Pero gracias a muchas personas, a las que quiero y que me quieren, he comenzado a entrever parte de la respuesta.
Y, como siempre ocurre, descubrí que ya la sabía. O, mejor dicho, la “sabía”.

Se necesita un fino y complejo equilibrio entre la certeza y la amenaza, la seguridad y la aventura. Debes tener, por un lado, suficiente tranquilidad para experimentar; y, por otro, suficiente dolor para decidirte a lanzar el experimento y arrostrar sus consecuencias.

No es nada fácil. Y allí es donde entran los demás; los célebres “otros significativos”.

No sólo te dan confianza, cariño, apoyo. Son tu compás, tu mapa, a menudo tu nave, invariablemente tu océano. Son quienes te enseñan, sin saberlo, siendo lo que son; quienes se sacrifican, sin pretenderlo, por ti.

Y sin motivos ulteriores. Lo hacen porque te quieren.

Te quieren. Y tú a ellos. Y nada más puedes decir.

Mejor así.

¿No es esto un milagro? ¿No te deja sin aliento?

A mí me ha ocurrido, ahora mismo.
Y nunca me he sentido mejor.

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