Tenían razón, maldita sea.
Caminas sobre un risco -mejor, sobre las nubes. El viento te carcome, te asfixia, te atraviesa, como si cientos de pequeños agujeros se te abrieran en la carne, como si tu alma pudiera ondear y perderse en la brisa.
Dejas de llorar y la extiendes, como una vela; se abre a tus espaldas, magnífica, vaporosa, deshilachada; ora azul, ora púrpura. Es tu sangre y tu savia, tu aliento y tu latido.
Y te lleva consigo, sin esfuerzo, mientras los huesos se te salen del cuerpo y la gravedad te abraza con su cruel cariño.
Tenían razón, maldita sea.
Con el tiempo viene la sabiduría: la capacidad de separar el trigo de la maleza.
El mismo viento se encarga de hacerlo.
El mismo viento -y tu alma.
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