
Cuando era niño, de vez en cuando, íbamos al Centro, a oír misa en la Compañía.
(Eh… Un momento. A misa íbamos cada domingo -éramos muy católicos, entonces… Al Centro, de vez en cuando).
En fin… Al salir, pasábamos por San Francisco… Allí, bajo el atrio, solían colocarse unas ancianas que vendían velas, figuras de santos, rosarios bendecidos por el párroco, incienso, romero y palosanto.
A esta mezcla la llamaban “sahumerio”.
Y, casi siempre, nos deteníamos para comprar una bolsita.
Que dormía luego el sueño de los justos…
Hasta hoy, que las he encontrado y he perfumado media casa.

Cuando era niño, de vez en cuando, mi tía iba al Centro y compraba una botella de vino de misa: un vino dulzón, suave, blanco y con algo de hollejo, finamente pulverizado, aún en el fondo.
Era un vino casero; lo hacían las monjas del Convento de Santa Catalina.
El vino no dormía, no; ella me daba un vasito luego de almorzar.
Y me lo bebía, con deleite, poco a poco.

No, no, definitivamente:
Ningún lugar como este.