Va por ti, Leo

He estado pensado qué decirle a un amigo que está atravesando un momento harto difícil; y decidí hacer una excepción y dejar de lado los translúcidos velos que uso para ocultarme (por más que mis amigos son perfectamente capaces de interpretar mis devaneos); ser, como se dice en inglés, straightforward.

He estado pensado, digo, y temo no haber llegado a ninguna conclusión. No sé qué decirle; más aún, creo que nada se puede decir. O tal vez se pueda decir demasiado; pero si lo que pretendemos es paliar el dolor, las palabras se quedan cortas.
Pese a lo cual tienen utilidad; pues, todo y así, sirven de consuelo.

Una amiga (que espero esté leyendo esto) me contó hace mucho tiempo una historia que ilustra este contradictorio principio. Provenía de una película -no recuerdo el título (ni ella tampoco). Se trata de dos curas de pueblo, uno viejo y experimentado y otro joven y bisoño. Un hombre ha muerto, dejando desamparadas a su mujer e hija. El cura ducho le dice al otro: “Bueno, es hora de que empieces a cumplir tus obligaciones. Hemos de ir a consolar a la familia”. El novato asiente -mientras se pregunta por lo bajo si estará a la altura de las circunstancias.
He aquí que llegan a la casa de la viuda. “Muy bien” -dice el viejo; “yo iré con la madre y tú con la hija”. Y se separan. El joven se siente indefenso: allí está la hija, llorando sin descanso, deteniéndose sólo para preguntar “¿por qué tuvo Dios que llevárselo?” y exclamar “¡pero si era tan bueno!” Nuestro novato no sabe qué responder. Por si fuera poco, al desviar la mirada se topa con la madre y el viejo, que está hablando por los codos, con gestos enérgicos y a la vez tranquilizadores. Desorientado, el joven se limita a escuchar a la hija y a poner cara de circunstancias.
Finalmente, la visita termina y los dos sacerdotes echan a andar rumbo a la parroquia. “Bueno, ¿cómo te ha ido?” -pregunta el mayor. “Terriblemente mal” -replica el joven, y le describe la dantesca escena. “Pero en tanto que yo no sabía decir nada, tú te explayabas; debe ser que no sirvo para esto, que no sé qué decir para ofrecer consuelo”. El viejo sonríe profundamente y responde: “No, hijo mío, no me has entendido. Claro que sirves, y, a juzgar por lo de hoy, llegarás a ser muy bueno. Nosotros no estamos aquí para dar consuelo a nadie; nuestra tarea es demostrar palpablemente que no hay consuelo posible“.

Efectivamente, no hay consuelo -y ser consciente de esto es un inmenso alivio.

Y ¿por qué no lo hay? Porque el sufrimiento, el verdadero sufrimiento, es eterno -como la auténtica alegría. Y lo es no porque sea una experiencia sui generis, aparte de las demás; sino porque impide toda anticipación, toda expectativa -nos obliga a vivir el instante fugaz (cosa que evitamos a toda costa).

Tengo otro ejemplo, una historia que compartí con otra amiga (que también me gustaría que leyese esto). Psilocybe subcubensis, supongo; una pelea absurda, un mal viaje. “Estoy muerta”, repetía; “estoy muerta, muerta, muerta…” “¡No!” -gritaba yo tomándola de la mano: “si estuvieses muerta, ¿estaría yo contigo? Estoy aquí, a tu lado, ¡estoy aquí!” No sabía entonces que el uso tradicional de los alucinógenos (o “enteógenos”) era enfrentar al usuario con su propia muerte; mucho menos que la muerte y el renacimiento rituales son parte de múltiples tradiciones, no sólo la cristiana. Sólo sabía que la quería, y que, hiciese lo que hiciese, dijese lo que dijese, ella seguiría pensando que estaba muerta.

Porque lo estaba -como afirmaría Philip K. Dick y, tal vez, A. K. Coomaraswamy. Porque lo que importa es la experiencia -no disponemos de otra cosa; y sentirse muerto es estar muerto.

Hay otro detalle a destacar. No tenía miedo de morir -no decía “voy a morir”; estaba muerta, y debía, por ende, estar en el infierno. Lo peor había sucedido; era el suyo un dolor infinito, agotador, viscoso -pero no anticipatorio. Me parece que el dolor anticipatorio tiende a alimentar la autocompasión -pero esto es otra historia… Como he dicho, no había anticipación: sólo el ahora, el inexorable ahora.

Aquí concluye nuestro paseo: en el Tiempo y la Eternidad. ¡Una nadería! No sé si ha servido de consuelo -no creo que exista tal cosa. Mas de algo estoy seguro: que los niños que hacían corro en torno a la hoguera para oír al anciano de la tribu sentían más o menos lo mismo: la sed de arroparse en sus palabras -de limar las asperezas de un mundo de diamante.

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