De un tiempo a esta parte me ha intrigado el enigma de la redención. ¿Cómo consigues librarte del pecado y la culpa y empezar una nueva vida? ¿Cómo trascender el dolor, la ambición, la estupidez, la terquedad, el menosprecio?
No lo sé. Tal vez –como sugiere el muy manoseado mito cristiano– se requiera de un sacrificio: de alguien que arrostre el sufrimiento contigo, alguien cuyo amor y comprensión te permitan mirarte bajo otra luz, alguien que te regale un simbólico perdón.
Porque en esto estriba la redención; y el enigma fundamental que el irredento debe resolver es:
Un enigma que ha sido estudiado a fondo en la literatura: las historias de San Pedro y San Pablo, o la de Tomás, el incrédulo; el padecimiento del protagonista de Melmoth, el Errabundo, el de Raskólnikov en Crimen y Castigo y de Dimmesdale en La letra escarlata; el perdón del “antiguo marinero” de Coleridge; el sino de Jen Yu en esta indiscutible obra maestra.
Como tantas otras veces, la pregunta, así planteada, es engañosa –puesto que se engulle a sí misma. No puedes merecer la gracia, o alcanzarla por tu propio esfuerzo: es un don, gratuito y milagroso.

Siempre me ha gustado Kristy McNichol. Probablemente hoy en día nadie sepa quién es; hizo una serie de películas curiosas y un poco cursis encarnando a la adolescente desgarbada, saltarina y sensible que efectivamente era.
Una de ellas (Only when I Laugh) fue escrita por Neil Simon, un escritor de comedias exitoso pero tenido por “superficial”; y coprotagonizada por su esposa Marsha Mason.

Mason hace de una actriz famosa y alcohólica que acaba de salir de una cura de desintoxicación y a quien le toca, por primera vez, convivir con su terriblemente madura hija adolescente, McNichol. Mason fracasa miserablemente: pierde su trabajo, se pelea con sus amigos, vuelve a beber y se hunde todavía más que antes. McNichol se esfuerza con denuedo en ayudarla -lo cual hace que su madre se sienta cada vez peor: “soy yo quien debería cuidar de ti, y no al revés” -le espeta.
Al final, Mason ha demolido todas las esperanzas de su hija; esta se marcha para vivir de nuevo con su padre, no sin antes darle un beso de despedida -que Mason acepta con incomodidad. Acto seguido, en pleno clímax, suelta una pregunta retórica:
“Porque eres especial” -replica su mejor amigo, lanzando una perorata más o menos meliflua.
¡Preciosa respuesta! Lástima que sea falsa. Pues la más plausible es:
Porque ha decidido quererte; ha encontrado en ti algo de sí misma, algo que adora y atesora y de lo que no puede prescindir. Su amor es independiente de ti –y en extremo dependiente de ella; no puedes conseguirlo, hagas lo que hagas –aunque sí podrías asfixiarlo. Te quiere, sin más; te quiere, inexplicable, insoslayablemente. Te quiere.
¡Es imposible vivir con esta respuesta!

O quizá sea la única respuesta con la que se puede de verdad vivir.