Somos los mismos, tan sólo hemos cambiado

La reencarnación siempre se malinterpreta. No consiste, ni de lejos, en pasar de un cuerpo a otro a lo largo de los siglos; esta imagen –almas tibias, lívidas y desvaídas que se reciclan una y otra vez– es tan triste como ingenua.

La teoría vulgar de la reencarnación

No consiste en convertirse en animal o vegetal: ¡flaco favor que le haríamos a la Naturaleza!

No. No tiene nada que ver con la conservación de esa mísera y maravillosa porción de la consciencia a la que llamas “yo” –los recuerdos que atesoras y acaricias, la aventura que tejes a partir de ellos y con la que sueles confundirte.

No. La doctrina budista es clara e inequívoca. No eres quien reencarna, sino la vida. El Universo se reencarna contigo -y en ti. Como la llama de la vela, que puede pasar a otra justo antes de apagarse. No es la misma llama; pero sigue siendo fuego.

Mas la reencarnación existe, y es enigmática –e incontrastablemente metafísica. La pregunta no es “¿cómo renacen las almas luego de morir?” sino “¿cómo reencarno yo, momento a momento, día tras día, año tras año?”

El Teatro de la Memoria

La verdadera reencarnación, el milagro cotidiano y trascendente, te deja sin aliento y azorado ante la grandeza de lo Inefable: el flujo perenne e incesante de lo que llamamos memoria.

¿Lo dudas? Hazte una sola pregunta: ¿qué pasaría si despertases una mañana y no recordases tu nombre?

Un pequeño y delicioso milagro

Ominoso, delicado y abrumador, hermético y maleable: seguimos siendo los mismos, tan sólo hemos cambiado.

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