¿Y qué?

Decía Whitehead (en Aventuras de las Ideas, creo) que la única pregunta realmente filosófica es la que inquiere por la Importancia; y la mejor forma de plantearla es también la más sencilla:
“¿Y qué?”

(No, no era en Aventuras de las Ideas… era en Modos de Pensamiento… Acaba de venir a mí…)

Decía Nietzsche que la historia es circular y se cierra sobre sí misma; que estamos condenados –y a la vez premiados– al eterno retorno. Todo, sin excepción, ocurre no una sino innumerables ocasiones.

(Lo dijo muchas veces, en varias partes, de diversas maneras; notablemente, en el Zaratustra. También él tendía a repetirse…).

Si así fuera, algún día, en un instante infinitamente distante de éste, tendría

Otro minuto contigo.
 

Pero habría de esperar años, siglos, milenios, evos; eternidades de silencio y nada, polvo y niebla. Habría de morir mil muertes, nacer mil partos; entrar y salir sin descanso del escenario del cosmos; transar un segundo de amor por una perpetuidad de soledad y vacío.

Y conmigo, el universo entero, las diez mil cosas, rebobinándose tumultuosas y vehementes, volviéndose sobre sí mismas como un guante por regalarme un minuto de gracia.

 

 Ah… Y, ¿qué?

Que

Habría valido la pena.

Una gota en el aire, una palabra en un libro

Yo he tenido muchas formas
Antes de lograr una forma congenial.
He sido una estrecha hoja de espada.
He sido una gota en el aire.
He sido una estrella brillante.
He sido una palabra en un libro,
He sido un libro originalmente.
He sido una luz en una linterna.
Un año y un semestre.
He sido un puente para pasar
Tres veintenas de ríos.
He viajado como un águila.
He sido un barco en el mar.
He sido un caudillo en la batalla.
He sido el cordón del pañal de un niño.
He sido una espada en la mano.
He sido un escudo en una pelea.
He sido la cuerda de un arpa,
encantado durante un año
en la espuma del agua.
He sido un atizador en el fuego.
He sido un árbol en un refugio.
No hay nada en que yo no haya estado.
He combatido, aunque pequeño…

La Batalla de los Árboles, citada por Robert Graves en La Diosa Blanca

Más que esto

Así, de repente, he podido entrever una vida que hubiera podido ser mía, y no lo fue.

Gwyneth Paltrow, en Sliding Doors

Y… ¡ah! He comprendido
Que me hubiera gustado vivirla.

Avalon, de Roxy Music

I could feel at the time
There was no way of knowing
Fallen leaves in the night
Who can say where they’re blowing
As free as the wind
And hopefully learning
Why the sea on the tide
Has no way of turning

More than this – there is nothing
More than this – tell me one thing
More than this – there is nothing

It was fun for a while
There was no way of knowing
Like dream in the night
Who can say where we’re going
No care in the world
Maybe I’m learning
Why the sea on the tide
Has no way of turning

More than this – there is nothing
More than this – tell me one thing
More than this – there is nothing

Brian Ferry y Roxy Music, More Than This

Bob Harris y Charlotte, en Lost in Translation, de Sofia Coppola

El amor para mí

Hace 10 años, una chica dulce y desordenada me ayudó a definir lo que iba a ser el amor para mí.

Faye Wong, en Ckungking Express, de Wong Kar-Wai

Nunca la conocí, ni llegaré a hacerlo.

Vive en Hong Kong, imagino… O vivía, en otro mundo, otros ojos…

Faye Wong; Faye, en Chungking Express

Faye Wong

Ahora, que estoy redefiniendo lo que es el amor para mí… Ahora, que no sé lo que siento e intento sentir de forma distinta, he vuelto a verla.

Y, de nuevo, ha definido lo que ha de ser el amor, para mí.

La vida, en quince líneas

Imagina que entras en un salón. Has llegado con retraso; otros, los que te han precedido, llevan ya un buen rato inmersos en una discusión agitada y fascinante -demasiado como para interrumpirla y resumírtela.
Más aún: la discusión ya había empezado mucho antes de que cualquiera de ellos llegase, conque ninguno es capaz de retroceder al inicio y relatarla paso por paso.

Te sientas y escuchas durante un rato, hasta que crees haber captado la médula del argumento; entonces, te pones en pie, te entrometes, dices algo. Alguien responde; tú replicas; otro sale en tu defensa; otro más se alinea en tu contra, para deleite o vergüenza de tu oponente (y en función de la habilidad de tu inesperado aliado).

Pero la discusión es interminable, infinita, eterna. Se hace tarde; has de marchar. Y te marchas.

Y la discusión prosigue, con la misma intensidad y vigor.

He dado con esto en un viejo libro de Kenneth Burke que hace siglos que nadie abría. Lo he traducido lo mejor que he podido; pero el original es mucho más poderoso, insinuante, dulce, asombroso.

La vida, en un solo párrafo.

Tétrico, tierno y triste

Había una vez dos psicólogos inmensamente eruditos, respetados, influyentes y activos, a los que les atraían las cosas extrañas.

William James

Uno era William James, hermano del genial Henry James y autor del más importante manual de psicología en la historia de la disciplina.

James, cuya vida fue ajetreada y compleja, incursionó valientemente en terrenos desgraciadamente olvidados o maltratados; entre otras cosas, la influencia de las drogas psicoactivas en el pensamiento, el significado y morfología de la experiencia religiosa y los fenómenos paranormales. Hoy se le recuerda ante todo por su versión del pragmatismo, por la idea del torrente de consciencia y por su visión individualista de la religión.

F. W. H. Myers

El otro era Frederick W. H. Myers, presidente y cofundador de la Society for Psychical Research, la primera organización dedicada exclusivamente al estudio de los fenómenos paranormales. (De paso, fue Myers quien introdujo a Freud a los lectores de habla inglesa. No sé si agradecérselo o reprochárselo…)

Pero volviendo al tema, la época de James y Myers presenció una súbita y fabulosa explosión de fenómenos paranormales -categoría que, entonces, incluía cosas como la hipnosis, el sonambulismo, el espiritismo, la “doble personalidad” y la levitación -todo lo que no encajase en el positivismo decimonónico. Katie Fox se comunicaba con los espíritus, que le respondían mediante chasquidos (provenientes, en realidad, de las articulaciones de sus rodillas). Daniel Douglas Home salía de casa por una ventana y volvía a entrar por la otra -¡sin tocar el suelo!

En fin: un poco como ahora, sin ovnis, new age, “regresión” ni “aromaterapia”.

Pues bien: como no podía ser de otro modo, Myers y James se hicieron buenos amigos. Y, movidos por sus comunes intereses macabros, firmaron un pacto ominoso e impresionante para probar irrevocablemente la supervivencia del alma después de la muerte.

El relato se encuentra en la autobiografía de un perfecto desconocido, el doctor Axel Munthe. Y es a la vez tétrico, tierno y triste.

tétrico, tierno, triste

Juzgad mi sorpresa cuando en el paciente [Myers] reconocí a un hombre al que había amado y admirado durante años, como todos los que lo conocieron… Su respiración era superficial y muy dificultosa, su cara estaba cianótica y agotada, sólo sus maravillosos ojos se veían igual que siempre. Me ofreció su mano y dijo que se alegraba de que por fin hubiera ido, que había anhelado mi retorno. Me recordó nuestro último encuentro en Londres, donde cené con él en la Sociedad para Investigaciones Psíquicas; había pasado la noche entera despierto hablando sobre la muerte y lo que habría después… Nosotros, los médicos, nada podíamos hacer, salvo ayudarle para que no sufriera demasiado.

Mientras hablábamos, el profesor William James, famoso filósofo y uno de sus mejores amigos, entró en la habitación… y me habló del solemne pacto que había hecho con su amigo, según el cual el que muriera primero debía enviar un mensaje al otro mientras pasaba hacia lo desconocido, ya que ambos creían en la posibilidad de semejante comunicación. Estaba tan agobiado por el pesar que no pudo entrar en la habitación; se dejó caer en una silla junto a la puerta abierta, con el cuaderno sobre las rodillas y el lápiz en la mano, preparado para apuntar el mensaje con su proverbial exactitud metodológica.

Por la tarde se presentó la respiración Cheyne-Stokes, esa desgarradora señal de una muerte inminente. El moribundo quiso hablar conmigo. Su mirada era serena y apacible.

– Sé que voy a morir -dijo-. Sé que usted va a ayudarme. ¿Será hoy o mañana?
– Hoy.
– Me alegro, estoy preparado. No tengo nada que temer. Por fin lo sabré. Dígale a William James, dígale…

Su pecho jadeante permaneció inmóvil en un terrible minuto de suspensión de la vida.

– ¿Me oye? -pregunté inclinándome sobre el moribundo-. ¿Está sufriendo?
– No, estoy muy cansado y feliz -murmuró.

Esas fueron sus últimas palabras.

Cuando salí William James seguía sentado, recostado en la silla, cubriéndose la cara con las manos y el cuaderno aún abierto apoyado en las rodillas.

La página seguía en blanco