Parusía y venganza

V for Vendetta

The Second Coming

Turning and turning in the widening gyre
The falcon cannot hear the falconer;
Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world,
The blood-dimmed tide is loosed, and everywhere
The ceremony of innocence is drowned;
The best lack all convictions, while the worst
Are full of passionate intensity.

Surely some revelation is at hand;
Surely the Second Coming is at hand.
The Second Coming! Hardly are those words out
When a vast image out of
Spiritus Mundi
Troubles my sight: somewhere in sands of the desert
A shape with lion body and the head of a man,
A gaze blank and pitiless as the sun,
Is moving its slow thighs, while all around it
Reel shadows of the indignant desert birds.
The darkness drops again; but now I know
That twenty centuries of stony sleep
Were vexed to nightmare by a rocking cradle,
And what rough beast, its hour come round at last,
Slouches towards Bethlehem to be born?

W. B. Yeats

Somos los mismos, tan sólo hemos cambiado

La reencarnación siempre se malinterpreta. No consiste, ni de lejos, en pasar de un cuerpo a otro a lo largo de los siglos; esta imagen –almas tibias, lívidas y desvaídas que se reciclan una y otra vez– es tan triste como ingenua.

La teoría vulgar de la reencarnación

No consiste en convertirse en animal o vegetal: ¡flaco favor que le haríamos a la Naturaleza!

No. No tiene nada que ver con la conservación de esa mísera y maravillosa porción de la consciencia a la que llamas “yo” –los recuerdos que atesoras y acaricias, la aventura que tejes a partir de ellos y con la que sueles confundirte.

No. La doctrina budista es clara e inequívoca. No eres quien reencarna, sino la vida. El Universo se reencarna contigo -y en ti. Como la llama de la vela, que puede pasar a otra justo antes de apagarse. No es la misma llama; pero sigue siendo fuego.

Mas la reencarnación existe, y es enigmática –e incontrastablemente metafísica. La pregunta no es “¿cómo renacen las almas luego de morir?” sino “¿cómo reencarno yo, momento a momento, día tras día, año tras año?”

El Teatro de la Memoria

La verdadera reencarnación, el milagro cotidiano y trascendente, te deja sin aliento y azorado ante la grandeza de lo Inefable: el flujo perenne e incesante de lo que llamamos memoria.

¿Lo dudas? Hazte una sola pregunta: ¿qué pasaría si despertases una mañana y no recordases tu nombre?

Un pequeño y delicioso milagro

Ominoso, delicado y abrumador, hermético y maleable: seguimos siendo los mismos, tan sólo hemos cambiado.

Shakespeare, siempre Shakespeare

Tony Leung, el asesino

Una biblioteca, ventanas amplias y luz difusa. Un matón de traje y corbata se abre paso –corte a su mano, que sostiene un pañuelo con el que empuja el torno de la entrada. Camina por el pasillo, sin prisas –corte al rótulo de una larga estantería: “400 – Literature”. Primer plano de su dedo deslizándose por los lomos de los libros; se detiene en el segundo de tres volúmenes, marrón oscuro. Lo toma y se dirige a una mesa cuyo ocupante lo mira desconcertado –detalle del libro que cae con un estruendo. Se sienta y lo abre, página a página, sin leerlo –plano del asustado rostro del otro. “¿Por qué nos traicionaste?” –“le debo una explicación…” Primer plano del alegre asesino: “sí, sin duda” –corte a su mano que pasa una página del libro dejando al descubierto la pistola que se oculta en su interior. La toma y dispara a bocajarro en medio de los ojos –plano de la cara que se desploma y de la sangre que fluye incontenible. Regresa la pistola a su escondite, recoge el libro y se marcha.

Aún no sabes nada –quién es, a quién ha matado y por qué, para quién trabaja. A la larga, lo comprendes.
Pero eso es lo de menos: hay un detalle crucial y abrasador.

Se trata –luego lo averiguamos– del segundo tomo de las obras completas de Shakespeare.

Tony, Chow Yun-Fat y John Woo, en Hard Boiled

A quien –dicho sea de paso– me muero de ganas de volver a leer.