Amarrarse

Decía Wittgenstein (creo que en Sobre la certeza) que “imaginar un lenguaje es imaginar una forma de vida”.

Quería decir que el significado no se encuentra en las profundidades de la mente, como suponía Descartes, sino en las minúsculas, recurrentes y continuas interacciones cotidianas. No está “dentro” ni “fuera”, sino “entre”: en cada exclamación, conversación, gesto entre dos o más personas. Y el resultado de miles de millones de interacciones termina por sistematizar el significado de cada término.

Cada cultura tiene un conjunto limitado y repetitivo de escenas arquetípicas, de sucesos básicos y canónicos, cuyos cambios y evoluciones se registran en la historia del lenguaje, la etimología.

Del mismo modo, las metáforas de la jerga cotidiana traicionan el sentido que reciben estas escenas arquetípicas, los círculos semánticos sobre los que se proyectan.

Veamos, por ejemplo, la escena arquetípica relativa a la gestión de las relaciones de pareja. Existe un estadio en el que una pareja que ya ha salido varias veces decide entablar una relación de exclusividad afectiva y sexual, duración indefinida y futuro venturoso. A ese estadio, en esta cultura, los jóvenes le dan un nombre tan inusual como sugestivo: “amarrarse”.

Sugestivo… Pasando de todas las metáforas posibles, la sabiduría popular, brutalmente honesta, ha preferido aventurarse en pos de un vocablo que no surge en ningún otro contexto salvo el de la marina: “amarrar” un bote al puerto o “soltar amarras”.

Un vocablo que acentúa un solo aspecto de la situación: la pérdida o restricción de la libertad, entendida de la manera más simplona -aunque posmoderna: como la posibilidad de elegir entre infinidad de potenciales parejas.

Es la libertad del consumidor: escoger una de las mil botellas que se agolpan en el escaparate, a cuál más llamativa. Es una libertad rígida y mecánica, que se agota en el momento en que se hace la compra; de ahí en más estás obligado a cargar con tu artículo -o con tu esposa o marido. Y ¡pobre de ti, si resulta que no era la persona “adecuada”!

“Amarrarse” es, pues, un acto implícitamente negativo, una pérdida; y un acontecimiento de todo o nada, cuya única cura es “soltar amarras” -o, más expresivo aún, cortarlas.

Visto lo cual, ¿quién iba a preferir “amarrarse” a estar solo? Y ¿dónde quedan las emociones, la ternura, el amor y la comprensión? Más aún: ¿dónde se queda el otro, aquel con quien “te amarras”?

En ninguna parte; en un apéndice, una ínfima nota al pie de página de tu libérrima -y solitaria- biografía.

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