
Tal vez el acontecimiento decisivo de la historia humana ocurriese en una tranquila tarde del año 2405 A. C., al despertar de su siesta un sacerdote egipcio y comprender súbitamente la respuesta al enigma de la existencia -para fallecer minutos después sin habérsela contado a nadie.
Tal vez todo lo sucedido desde entonces no sea otra cosa que un banal epílogo.
Nadie podría saberlo, excepto, quizá, los dioses; y sus mensajes suelen ser lastimosamente ambiguos.