Continuando con el anterior post, lo que está sucediendo es un efecto natural de las leyes económicas. Los periódicos (y la televisión, y la radio) ejercían un monopolio sobre los canales de distribución de la información, lo cual (como en cualquier monopolio) les otorgó un inmenso poder.
En consecuencia, asumieron ciertas ineludibles responsabilidades; ante todo, filtrar lo que habían de transmitir, distinguir lo importante de lo accesorio, lo creíble de lo tendencioso. Los pasquines, sus antecesores, depositaban esta responsabilidad en el lector -del mismo modo que lo hace un sistema auténticamente liberal, donde el consumidor puede elegir.
Así, cada lector era su propio editor.
La descentralización informativa derivada del Internet ha erosionado este monopolio -y amenaza con destruirlo por completo, del mismo modo que la imprenta destruyó el monopolio que la Iglesia Católica mantenía sobre la educación. La responsabilidad regresa a los lectores: la tarea de separar el trigo de la paja, de distinguir entre el mensaje y el medio, entre la información y las intenciones.
Como siempre, los monopolios se resisten a abdicar de su condición de privilegio.
Sin embargo, alea jacta est. La suerte está echada -mal que nos pese.
Y nos ha pillado en el umbral de una nueva civilización.
Actualización: Bill Wyman hace un análisis en la misma línea, aquí: The value the companies added to the print ads was their de facto hegemony over home delivery.