Hiperestesia

E. A. Poe
Poe poseía el maravilloso don de atraparte en el primer párrafo: de seducirte, instilando una extraña combinación de pavor y deleite, con las primeras treinta palabras.
Por ejemplo:

True! –nervous –very, very dreadfully nervous I had been and am; but why will you say that I am mad? The disease had sharpened my senses –not destroyed –not dulled them. Above all was the sense of hearing acute. I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell. How, then, am I mad? Hearken! and observe how healthily –how calmly I can tell you the whole story.

No es sólo la curiosidad morbosa que te obliga a seguir leyendo para escuchar el resto de esta historia contada por un cuerdo; esto es de lo más sencillo -y puede reducirse a una técnica: la “oración ficcional”. Es la belleza, la salvaje belleza del ritmo, la melodía y el contrapunto: “I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell.”

La hiperestesia, la agudización mórbida de las facultades sensoriales, era uno de sus temas preferidos. Aparece en El Corazón Delator, El Entierro Prematuro y La Caída de la Casa Usher; se insinúa en Berenice; y linda con la alucinación en La Esfinge de Calavera.

Y no es de extrañar, puesto que es uno de los síntomas característicos de la crisis de ansiedad -que Poe parece haber padecido; en todo caso, se sabía al dedillo su fenomenología.

Hay, sin embargo, otro estado capaz de desencadenar la hiperestesia; un estado menos intenso y violento -pero no menos doloroso; más ubicuo, crepuscular y constante -pero no más manejable. Un estado que Poe también conocía -y que nunca supo sobrellevar.

No era la excepción; nadie sabe sobrellevarlo.

Lost Love

HIS eyes are quickened so with grief,
He can watch a grass or leaf
Every instant grow; he can
Clearly through a flint wall see,
Or watch the startled spirit flee
From the throat of a dead man.

ACROSS two counties he can hear
And catch your words before you speak.
The woodlouse or the maggot’s weak
Clamour rings in his sad ear,
And noise so slight it would surpass
Credence–drinking sound of grass,
Worm talk, clashing jaws of moth
Chumbling holes in cloth;
The groan of ants who undertake
Gigantic loads for honour’s sake
(Their sinews creak, their breath comes thin);
Whir of spiders when they spin,
And minute whispering, mumbling, sighs
Of idle grubs and flies.

THIS man is quickened so with grief,
He wanders god-like or like thief
Inside and out, below, above,
Without relief seeking lost love.

Robert Graves

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