Estaba ya en tercer año, creo –no, era en cuarto; en una clase aburrida e inevitable. Decía uno de nuestros profesores más admirados (y más snob):
Yo no lo admiraba. Es más: lo ignoraba, activa y ostentosamente. (No era tan difícil: de todas formas, ¡nadie lograba entenderlo! Y para colmo de males, era lacaniano -o “postlacaniano”, ¡puaj!)
Hoy no lo ignoraría; al menos, no ostentosamente. Pero sigo pensando que ésta, su frase lapidaria, es una estupidez.
Porque no hace falta ser oscuro para ser profundo, ni ser enigmático para alcanzar la trascendencia.
En efecto: muchas veces, la oscuridad es resultado de la incapacidad para discernir la médula de lo que se intenta transmitir (o, lo que es peor, del deseo de ocultar su miseria bajo el manto de lo impenetrable).
Las ideas que revolucionan el mundo son, sin excepción, simples –pero extremadamente fértiles. Es su misma simplicidad lo que dificulta su comprensión -y lo que les permite desplegar un mágico sinfín de facetas.
Todo esto no obsta para que el camino de su formulación pase por un valle de oscuridad preñado de obstáculos donde la gramática y la sintaxis sufren y desesperan. Uno no sabe cómo decir algo que de alguna manera pugna por ser dicho; hace repetidas pruebas, ora en una dirección, ora en otra, sin resultado aparente –hasta que se obra el milagro y da con la forma adecuada.
Forma invariablemente simple: este señor es la demostración palpable.

En sólo cinco películas, Kevin Smith ha creado un universo complejo y autosuficiente de escenas absurdas, chistes bizarros e ideas profundas y conmovedoras.
Mi preferida es Clerks; pero Dogma no le va a la zaga -y tampoco Chasing Amy.
El amor, la lealtad, los dilemas morales, el miedo, la vergüenza, los estereotipos de género, la religión católica, Dios y el destino… todo esto y más, salpimentado con tramas transparentes, ágiles y divertidas. Nada de esnobismo ni de oscuridad voluntaria; solamente ideas, poderosas y humildes.
Gracias, Kevin Smith, por explicar la naturaleza de la vida de forma tan apetecible, amena y diáfana.
Addendum
Luego de leer esto y esto, de comenzar con esto y de recordar -y releer- lo que afirma Popper en su autobiografía intelectual acerca de la precisión como valor per se y de la teoría emotivista del arte, estoy en condiciones de perfeccionar el dictum anterior.
No es la oscuridad lo que deploro, sino la oscuridad voluntaria: el hermetismo típico de los alquimistas, los lacanianos y derridianos y la creciente masa de malestudiosos de la sociedad, endogámicos y altivos, que mezclan retazos de Heidegger, Lacan, Derrida y Foucault con postulados revolucionarios, provocadores -y vacuos.
Paralelamente, no aprecio la claridad como tal, sino el esfuerzo por clarificar la expresión de un pensamiento -que acarrea, casi siempre, una mejor comprensión del mismo.
(Porque tal comprensión estriba ante todo en aquilatar sus consecuencias. “Nunca sabemos de lo que estamos hablando”: una frase no de Derrida, sino de Popper -pero también, o casi, de Peirce, de Chuang-Tsé y Lao-Tsé y del Buddha).
Conque no es sólo que “las ideas que revolucionan el mundo son, sin excepción, simples”; es que reducirlas a la sencillez es una tarea hercúlea.
Que nunca se ejecuta por sí misma, sino en función del valor intrínseco de la idea.
La obsesión por la forma en detrimento del fondo: he aquí lo que más aborrezco.
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