Tiende un puente a tu infancia

Es curiosa, la memoria. Recuerdo con atroz claridad la portada del libro donde, hace tanto tiempo, leí ciertas estremecedoras palabras. Era azul, casi celeste, áspera y rígida; todavía hoy la conjunción de estas características suscita algo en mí –algún oculto significado que se aleja de lo decible.

Estas eran las palabras que me aterrorizaban:

LXXII
El año mil novecientos noventa y nueve siete meses
Del cielo vendrá un gran Rey del Terror
A resucitar al gran Rey d’Angoumois
Antes y después, reinará Marte, por ventura.

Michel de Nostredame

Sí: es una cuarteta de las Centurias de Nostradamus, hoy en desuso pero antaño muy famosas.
(Y sí: leí mucha basura cuando niño. Qué le vamos a hacer…)

Siempre pensé que la mejor parte eran las dos primeras cuartetas:

I
De noche, sentado y en secreto estudio.
Tranquilo y solo, en la silla de bronce:
Exigua llama saliendo de la soledad,
Hace prosperar lo que no debe creerse en vano.

II
La vara en la mano entre los sacerdotes de Apolo
Por la onda bañada la orla y el pie:
Un miedo y una voz vibran por las mangas:
Esplendor divino. El divino se sienta a mi lado

La imagen del mago, en solitaria reflexión, ataviado con una túnica azul oscuro, de mangas anchas y flotantes; su estudio, atiborrado de enigmáticos instrumentos -el trípode, la vela, una vara dorada; afuera, medianoche, el viento azotando sin tregua y la luna medio envuelta en nubes… Recargado, quizá, pero poderoso -¿no es en esta actitud que Poe retrata al protagonista de The Raven? ¿Y no empieza de este modo el Fausto de Goethe?

Mas dejémoslo, ¡no importa! Hoy sé que estas palabras, en el fondo, destilaban agua de otras fuentes: mi temor al mañana, una vaga inquietud, el desconocimiento del mundo exterior y la falta de confianza.

De todas formas, ayer, al encontrarlas por casualidad, me estremecí.
Y tendí un pequeño puente hacia mi propia infancia.

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