Hay una parte de la Biblia que siempre me ha causado risa; o más bien una sonrisa, ladeada, socarrona, tristemente sabia.
Como saben, la historia empieza con la Creación. Va Dios (que existía antes de que la misma noción de “existencia” tuviese sentido) y crea el universo cosa por cosa. O así comienza: separa la tierra del agua, crea el sol y la luna, el aire y el mar.
Luego se fatiga un poquito, deja de lado los detalles y sigue creando a borbotones: “que haya peces en el mar y aves en el cielo”, dice; y ¡zas!, la interminable variedad de las Diez Mil Cosas surge majestuosa en una fracción de segundo.
Se toma casi seis días –poco tiempo para tamaña tarea; y corona sus esfuerzos con el Jardín del Edén y sus dos árboles, el de la Vida y el del Conocimiento; y con una pobre criaturita hecha de barro, el ser humano (en su variante masculina: la femenina, como un actor de reparto, se cuela a instancias de su futuro cónyuge).
Entonces, en el clímax del relato, Dios hace una pausa y contempla extasiado su obra.
Y va y exclama:
“Y vio Dios que era bueno”.

Sarcástico para ser Dios, ¿no?