A veces pienso que la vida es una tormenta, un monzón, un huracán violento e impasible.
Y que nuestro único refugio es la razón. De razón son nuestras ropas, nuestras sombrillas, nuestros chubasqueros; nos metemos en sótanos racionales y cerramos las racionales portezuelas -en la esperanza de que basten para repeler la cruel tormenta.
Nunca bastan. El viento arrecia y destroza sótanos, portezuelas, sombrillas; nos rasga las vestiduras y nos arranca los cabellos.
Y quedamos ateridos, desnudos, indefensos, en un mundo que no nos pertenece.

Dicen que “después de la tormenta, viene la calma”.

Life’s but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing.