Una vez conocí a un niño cuyos familiares habían decidido volver loco.
Era un niño normal: bajito, silencioso, un poco flacucho -pero indiscutiblemente normal.
Mas sus familiares estaban convencidos de que era tonto. “Es por su padre, ¿sabe?” -decían; “está un poco tocado” -y se señalaban la cabeza con el índice.
El niño no dormía solo. No podía -o no se lo permitían. Ni tampoco comer, ir al baño, asearse, vestirse. Ni hablar. Tenía 9 o 10 años -y no hablaba. “Es que no puede, ¿sabe?” -decían; y él me miraba inexpresivamente.
Era un niño normal; pero sus familiares -su madre, que odiaba a su padre; sus tías, que la odiaban a ella; su abuela, que los odiaba a todos- estaban convencidos de que era tonto.
Y, por desgracia, también él.