Memories of Green

[1:19]

Rachael: You think I’m a replicant, don’t you? [pause] Look, it’s me with my mother.
Deckard: Yeah. [pause] Remember when you were six? You and your brother snuck into an empty building through a basement window… you were gonna play doctor. He showed you his, but when it got to be your turn you chickened and ran. Remember that? You ever tell anybody that? Your mother, Tyrell, anybody, huh? You remember the spider that lived in a bush outside your window… orange body, green legs. Watched her build a web all summer. Then one day there was a big egg in it. The egg hatched…

[2:19 – Soundtrack: Memories of Green, Vangelis]

Rachael: The egg hatched…
Deckard: Yeah…
Rachael: … and a hundred baby spiders came out. And they ate her.
Deckard: Implants! Those aren’t your memories. They’re somebody else’s. They’re Tyrell’s niece’s. [pause] Okay, bad joke. I made a bad joke. You’re not a replicant. Go home, okay? No really, I’m sorry. Go home. [pause] Want a drink? I’ll get you a drink. I’ll get a glass. [Rachael runs away when Deckard turns to get a glass. Then, Deckard looks at Rachael’s photo.]

Bladerunner, de Ridley Scott

[audio:mog.mp3]

Sólo podrás verlo cuando lo hayas olvidado

Señor Dios, soy Anna

Uno de los mejores libros de teología que existen se titula Señor Dios, soy Anna, y fue escrito por un tal Fynn. Plantea una visión de Dios y su relación con el ser humano sumamente revolucionaria en los tiempos que corren -aunque heredera de la teología negativa o apofática, la suposición (que comparto) de que nada de lo que podamos decir de Dios tiene sentido alguno -ya que Él, o Ello, trasciende todo concepto y posibilidad.

Los paralelismos entre la teología apofática de Nicolás de Cusa o Dionisio el Areopagita, el taoísmo y el budismo saltan a la vista. Lo maravilloso es la manera en que Anna transmite conceptos en apariencia tan difíciles:

Cuando uno es pequeño, “entiende” al Señor Dios, que está allá arriba sentado en su trono, de oro naturalmente; usa barba y corona, y todo el mundo se enloquece cantándole himnos. Dios es útil, y uno le utiliza. Se le pueden pedir cosas, puede dejar a los enemigos de uno más muertos que una piedra, y es excelente para hacer el mal de ojo al matón del barrio, para que le salgan verrugas y cosas así. El Señor Dios es tan “entendible”, tan útil y tan práctico que resulta como un objeto; tal vez sea el más importante de todos los objetos, pero de cualquier modo es un objeto y se le entiende de punta a cabo. Más adelante, uno “entiende” que él es un poco diferente, aunque todavía puede captar de qué se trata. ¡Pero por más que uno le entienda a él, parece que él ya no le entiende a uno! Como no parece entender que uno simplemente necesita una bicicleta nueva, el “entendimiento” que uno tiene de él va cambiando un poquito más. De cualquier manera o condición que uno entienda al Señor Dios, le disminuye de tamaño; lo convierte en una más de tantas y tantas entidades que se pueden entender. De manera que a lo largo de la vida de cada uno, el Señor Dios sigue continuamente desprendiéndose de aspectos y pedacitos, hasta que llega el momento en que uno admite, libre y sinceramente, que no comprende en absoluto al Señor Dios. En ese momento es cuando uno deja que el Señor Dios tenga su verdadero tamaño, y ¡cataplún!, helo ahí riéndose de uno.

Cuyo centro está en todas partes…

Dios es un círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna.

He leído esta fantástica frase en varios lugares, atribuida a veces a San Buenaventura, a veces a Pascal, a veces a un genio anónimo. Borges traza su evolución en “La Esfera de Pascal” con la erudición y velado cinismo que le son tan propios. Durante años estuvo en el fondo de mi mente: se insinuaba cada cierto tiempo y volvía a derrotar mis esfuerzos por entender su sentido último.

Una noche tuve un sueño que resolvió plásticamente el enigma de años:

Yo era un mero punto de vista navegando al azar por un espacio infinito y simétrico, sin división o solución de continuidad, que se extendía en todas direcciones. Hacia abajo, a lo lejos, una miríada de puntos de colores, regularmente espaciados en una cuadrícula que bañaba un plano también infinito. Sin proponérmelo, empezaba a descender hacia ellos; y a medida que me acercaba descubría que se trataba de cabezas de alfileres clavados sobre la nada sin fondo de este Universo. (Alfileres como los que había usado, cuando niño en la escuela, para señalar en un mapa de tres dimensiones diversas montañas y ríos de mi país. Recordaba con intensidad la sensación de ver el mapa desde arriba mientras los iba colocando).

De repente, una voz -en parte mía y en parte no- susurraba sin palabras: “cada uno de esos es un ser” -yo aceleraba, desapasionadamente, hacia un alfiler en particular- “-y ese eres tú”. “¡Ajá!” -me decía, yo mismo esta vez: “¡así que por eso es Dios el círculo cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna!”

[Si intentara expresar esta comprensión debería decir: “Incluso la persona más despreciable y abyecta, la que más odio o rechazo te produce -sí, incluso esa persona es, para ella misma, el centro del Universo -que tiene tantos centros como seres hay en él y ningún fin determinado. Y eres uno de esos centros: ni más, ni menos. Eres, sin duda, el Centro del Universo -como lo es todo lo demás, sin excepción”.]

A la mañana siguiente, ni bien despertar, identifiqué la fuente de mi sueño: la Red de Diamantes de Indra del Budismo Mahayana (que había conocido en mi adolescencia gracias a “Gödel, Escher, Bach“).

A partir de ese día, de formas que aún no alcanzo a entender, mi vida dio un vuelco. Sentí, por unos segundos, lo que sintió Yeats una tarde cualquiera en un café londinense:

My fiftieth year had come and gone,
I sat, a solitary man,
In a crowded London shop,
An open book and empty cup
On the marble table-top.
While on the shop and street I gazed
My body of a sudden blazed;
And twenty minutes more or less
It seemed, so great my happiness,
That I was blessed and could bless.

Robert Graves, psicólogo

Desde hace algunos años imparto en la Universidad San Francisco de Quito una asignatura de Interpretación de los Sueños; un taller práctico en el que más que revisar teorías nos dedicamos a explorar y descifrar los sueños de cada uno clase a clase.

Pese a reconocer la importancia de las ideas de Freud y Jung, el método que empleo para interpretar se basa únicamente en dos grandes maestros: Calvin S. Hall y Eugene Gendlin.

Curiosamente, ninguno de ellos enfatizaba la interpretación en sí, sino el trabajo con el soñante; como dice Hall, entender un sueño es comprender al soñante -la forma en que experimenta al mundo, a los demás y a sí mismo.

El Sentido de los Sueños, de Robert Graves

Hoy he dado, por pura casualidad, con una pequeña joya: El Sentido de los Sueños, de Robert Graves -de quien he hablado repetidas veces y a quien admiro con frenesí.

Sabía que era un poeta incomparable, un novelista excelente y un mitógrafo aventurado y extravagante; ignoraba que, además, hubiese sido un psicólogo nato y perspicaz; que ya en 1924, con sólo 29 años, hubiese publicado un opúsculo corrigiendo a Freud y Jung y anticipándose a Hall, a Suzanne Langer y al mismo Gendlin.

Pero no me extraña, visto lo visto; no me extraña, dada la dolorosa sabiduría de sus poemas.

When a dream is born in you
With a sudden clamorous pain,
When you know the dream is true
And lovely, with no flaw nor stain,
O then, be careful, or with sudden clutch
You’ll hurt the delicate thing you prize so much.

Dreams are like a bird that mocks,
Flirting the feathers of his tail.
When you seize at the salt-box,
Over the hedge you’ll see him sail.
Old birds are neither caught with salt nor chaff:
They watch you from the apple bough and laugh.

Poet, never chase the dream.
Laugh yourself, and turn away.
Mask your hunger; let it seem
Small matter if he come or stay;
But when he nestles in your hand at last,
Close up your fingers tight and hold him fast.