Todos somos árboles

Hoy me he sentido vacío. No sólo eso: he sentido como si mi estómago se consumiera a sí mismo, como si hubiese de alimentarme de mí hasta implosionar.

Vacío. Es curioso: habitualmente abundo en descripciones más o menos acertadas de mis propios estados; descripciones y teorías.

Hoy, no hubo teorías, ni descripciones: sólo una palabra, vacío.

Y una imagen: yo era un árbol, quizá un sauce, no lo sé. Todos somos árboles; y estamos compuestos de capas que se amontonan en torno a un núcleo hueco. La vida va carcomiendo esas capas -lenta, inexorable, maligna- hasta desvelar el hueco –que se funde así con el universo.

El caso es que nos carcome desde dentro.

And no birds sing.

El portal era antiguo, rodeado de una tupida hiedra. Alta, esbelta, rubia, lloraba con desesperación. Corrí a su encuentro –lloraba por culpa mía; sólo pude abrazarla y musitar “no pasará nada, no pasará nada”.
Pero no pude detenerla. Siguió llorando, sin descanso; un llanto suave, penetrante, torvo –una canción y un cuento. No era bella, no; facciones demasiado cinceladas, ojeras desvaídas, cabello revuelto, ondulante traje blanco. Me atraía, no obstante, con pasión irreflexiva; y su llanto in crescendo terminó por despertarme.

Hace muchos años tuve este sueño; y desde entonces regresa, cada cierto tiempo, dejándome tan dolorido e indefenso como la primera vez. Nunca he sabido por qué llora, quién es, por qué la quiero tanto –sólo que la necesito como la espada a la sangre.
Tiempo después me descubrí en esta turbadora descripción:

La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia… El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.

“Los ojos se humedezcan…” Como me sucedía cuando leía Annabel Lee, de Poe, o La belle dame Sans Merci, de Keats, o la Morte d’Arthur, de Tennyson.
“Los ojos se humedezcan…” Todavía me ocurre; por eso languidecen mis colecciones de poesía romántica inglesa mientras me sumerjo en la psicología o la filosofía; por eso no leo La Dama que llevó el Alma, de Cordwainer Smith, cuando estoy solo; por eso no puedo mirar fijamente a Ofelia:

Ophelia, J. E. Millais.

Descubrí, además, el floreciente culto de la Diosa: la Wicca, a Margaret Murray y Gerald Gardner; y me sentí completo y engañado al mismo tiempo.

Alguien, alguna vez, fue ella, durante un fugaz instante; huelga decir que corrí en su busca hasta inmolarme.

A la larga, el dolor y la esperanza me aconsejaron que la abandonase. Y cerré tras de mí una puerta, y eché a andar.

Mas mi chica rubia, esbelta y desesperada aparece de cuando en cuando y me evoca con su lamento inconfundible. Y respiro hondo, y la ignoro –la puerta cruje –y todo termina; se marcha, y regreso al sereno tedio.

Al que he terminado por habituarme. Sólo temo una cosa: ¿y si, esta vez, se ha marchado para siempre?

And no birds sing.

Hiperestesia

E. A. Poe
Poe poseía el maravilloso don de atraparte en el primer párrafo: de seducirte, instilando una extraña combinación de pavor y deleite, con las primeras treinta palabras.
Por ejemplo:

True! –nervous –very, very dreadfully nervous I had been and am; but why will you say that I am mad? The disease had sharpened my senses –not destroyed –not dulled them. Above all was the sense of hearing acute. I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell. How, then, am I mad? Hearken! and observe how healthily –how calmly I can tell you the whole story.

No es sólo la curiosidad morbosa que te obliga a seguir leyendo para escuchar el resto de esta historia contada por un cuerdo; esto es de lo más sencillo -y puede reducirse a una técnica: la “oración ficcional”. Es la belleza, la salvaje belleza del ritmo, la melodía y el contrapunto: “I heard all things in the heaven and in the earth. I heard many things in hell.”

La hiperestesia, la agudización mórbida de las facultades sensoriales, era uno de sus temas preferidos. Aparece en El Corazón Delator, El Entierro Prematuro y La Caída de la Casa Usher; se insinúa en Berenice; y linda con la alucinación en La Esfinge de Calavera.

Y no es de extrañar, puesto que es uno de los síntomas característicos de la crisis de ansiedad -que Poe parece haber padecido; en todo caso, se sabía al dedillo su fenomenología.

Hay, sin embargo, otro estado capaz de desencadenar la hiperestesia; un estado menos intenso y violento -pero no menos doloroso; más ubicuo, crepuscular y constante -pero no más manejable. Un estado que Poe también conocía -y que nunca supo sobrellevar.

No era la excepción; nadie sabe sobrellevarlo.

Lost Love

HIS eyes are quickened so with grief,
He can watch a grass or leaf
Every instant grow; he can
Clearly through a flint wall see,
Or watch the startled spirit flee
From the throat of a dead man.

ACROSS two counties he can hear
And catch your words before you speak.
The woodlouse or the maggot’s weak
Clamour rings in his sad ear,
And noise so slight it would surpass
Credence–drinking sound of grass,
Worm talk, clashing jaws of moth
Chumbling holes in cloth;
The groan of ants who undertake
Gigantic loads for honour’s sake
(Their sinews creak, their breath comes thin);
Whir of spiders when they spin,
And minute whispering, mumbling, sighs
Of idle grubs and flies.

THIS man is quickened so with grief,
He wanders god-like or like thief
Inside and out, below, above,
Without relief seeking lost love.

Robert Graves