Cuando el Universo quiso contemplarse, creó la vida.
Cuando quiso verse al espejo, creó al ser humano.
Cuando el Universo quiso contemplarse, creó la vida.
Cuando quiso verse al espejo, creó al ser humano.
Hace como 40 años, Louis Pauwels y Jacques Bergier publicaron un libro que se convertiría rápidamente en best seller: El Retorno de los Brujos.

Todo esto, y más, se enmarca dentro de lo que Pauwels y Bergier llamaron “realismo fantástico”: “una corriente de pensamiento orientada a descubrir la naturaleza surrealista y mágica que yace oculta tras la percepción racional y cartesiana que se tiene del mundo”.
Y de este modo, sin imaginarlo siquiera, inauguraron (junto con algunos otros) la plétora de movimientos new age tan de moda hoy en día; el new age, temido y adorado a la vez.
(De paso: debo agradecer a Pauwels y Bergier el descubrimiento de Arthur Machen, mi escritor fantástico preferido -¡y con mucho! En El Retorno… transcriben un fragmento más o menos largo de El Gran Dios Pan, posiblemente su mejor obra. De hecho, se trata de este fragmento, que discute la naturaleza del mal de manera sutil, profunda y terriblemente inquietante. Excelente lectura… Como lo es sólo la primera parte de esto, antes de que aparezcan Lacan y su gelatinosa parafernalia…)

Quiso la providencia que, a los 16, pusiera mis manos sobre un ejemplar (traducido en Argentina en 1965), que me remitió, a su vez, al “visionario Escher”.
Y quiere, ahora, que la portada de éste (que aún conservo) sea la misma que aquí se muestra. Casualidad, casualidad…
Y quiso, hace un par de años, que diese con un corto ensayo donde Mircea Eliade critica con sabiduría y ecuanimidad estos tempranos brotes de sincretismo entre magia, ciencia, mitología y filosofía barata. (El ensayo, llamado “Las modas culturales y la historia de las religiones”, se encuentra en Ocultismo, brujería y modas culturales).
Eso quiso la providencia; o debería decir “la Providencia“, dada la frecuencia con que interviene en mis asuntos. (Algún día aclararé este punto con ella, esquiva como es…)

Podría. Pero ¿a quién contárselo?
Estoy solo.
Hace unos meses, dentro de un procedimiento burocrático tan inútil como ofensivo, me hicieron la siguiente pregunta:

Algo de esto hubiese replicado, si me sobraran agudeza y buenos reflejos. Mas no es el caso.
El caso es que horas después di con la respuesta adecuada, un ejemplo de concisión ligeramente exótico; el tipo de cosas que han popularizado los personajes chinos de las series televisivas, sabios, pacíficos y expertos en artes marciales. Proviene del clásico taoísta más importante, el Chuang Tsé:
Chuang replicó:
“Si no aprecias aquello que no tiene utilidad,
no puedes ni empezar a hablar acerca de aquello que la tiene.
La tierra, por ejemplo, es amplia y vasta, pero
De toda esta extensión el hombre no utiliza más que las pocas pulgadas
Sobre las que en un momento está.
Ahora, suponte que súbitamente haces desaparecer
Todo aquello que no está de hecho utilizando
De modo que, en torno a sus pies, se abre
Un abismo, y queda en medio del vacío,
Con nada sólido en ninguna parte, excepto justo debajo
De cada pie…
¿Durante cuánto tiempo podrá usar lo que esté utilizando?”
Hui Tzu dijo: “Dejaría de servir para nada”.
Chuang Tzu concluyó:
“Esto demuestra
La necesidad absoluta
De lo que «no tiene utilidad»”.

Por ejemplo, que la consciencia es siempre estrecha: que su obstinación por separar lo “útil” de lo “inútil” restringe su alcance inescapablemente; que su principal fortaleza, su intencionalidad, es su mayor debilidad; y que la fascinación contemporánea por el propósito consciente traiciona la pobreza de nuestra metafísica cotidiana, su incapacidad para elevarse sobre el manto de los siglos. No pecamos por falta de “visión de futuro”: pecamos por obligarnos a abrigar visiones allí donde se vuelven peligrosas -donde lo mejor es dejarse llevar. Prescindir de las tradiciones porque no les encontramos “utilidad” es cavar nuestra propia tumba -debajo de nuestros pies.
De ahí que la verdad fundamental del taoísmo sea: la Mente no puede gobernarse a sí misma. Pues, si lo intenta, sólo consigue limitar su desarrollo a lo que le es inmediatamente presente. Obligarse a cambiar es la forma más segura de no hacerlo.
