Adicciones, cuarta parte

Daniela pregunta:

Cómo se explica el fenómeno social de que en el Ecuador, un país con claros problemas de alcoholismo, sean únicamente los evangelistas los que han podido sacar a comunidades indígenas y campesinas del alcohol. Es que lo reemplazan con la necesidad de complacer a un Dios que los ha hecho ver la luz?

Tanto los indígenas andinos como los norteamericanos conocían las bebidas alcohólicas; pero sus tasas de alcoholismo se dispararon luego de la Conquista (y del genocidio y destrucción de sus comunidades). Para entenderlo, pongámonos un segundo en la piel de un súbdito del Imperio Inca luego de su caída. De repente, todo tu mundo se ha hecho pedazos. Tu Señor, a quien habías aprendido a venerar como hijo todopoderoso de Dios, ha sido capturado y asesinado por unos extraños pálidos y barbudos con armas que matan a distancia. El sistema social se trastorna. Cambian tus hábitos, tu lugar y forma de vida, tu red social… ¡todo! Y lo peor es que no puedes comprender por qué, cómo o a dónde conducirá. La Historia te arrastra consigo sin que sepas hacia dónde: “anocheció en mitad del día”…

Es un lugar común de la antropología que los grupos sometidos al “choque cultural” masivo sufren graves trastornos y tienden a apelar a las drogas, el alcohol o algún tipo de adicción. El cambio abrupto de una cultura somete a sus miembros a la confusión, la incertidumbre y la sensación de falta de control e incompetencia. Muchos no consiguen adaptarse a las normas actuales; otros, los menos, lo logran tras esforzarse durante un período más o menos largo. “Renacen” al ocupar un puesto definido y concreto en la nueva cultura: se hacen esclavos, caporales, soldados… Cualquier rol que les otorgue una dosis de predictibilidad y control sobre su futuro, un mínimo de reconocimiento social; en suma, que los saque de su condición de parias.

También sabemos que la tasa de alcoholismo es más alta entre los inmigrantes y sus familias, por el mismo motivo: tienen que adaptarse a un entorno nuevo, incomprensible, impredecible, descifrar sus códigos y lograr un espacio en que los demás puedan reconocerlos. Esto se aplica igualmente a quienes abandonan su pueblo para buscar suerte en “la gran ciudad”.

Con todo esto, podemos entender por qué el alcoholismo es tan frecuente entre ciertos grupos indígenas y los más desfavorecidos habitantes de las ciudades: carecen de identidades “viables” en el contexto moderno (o post-moderno) de las sociedades actuales -en la que, para bien o para mal, uno no existe si no cuenta con un documento válido que lo demuestre. O, en otras palabras, las identidades forjadas en una comunidad pequeña se chocan contra las costumbres de una gran ciudad -donde no conoces a tus vecinos- y, por ende, entran en crisis. Antes, cuando te preguntaban “¿quién eres?”, podías dar una respuesta plena de significado; ahora, no te reconoces en el espejo o en las cosas que haces a diario. (A propósito, las formas de pensamiento de las culturas pre-literarias son muy diferentes de las occidentales, como sugieren varios psicólogos sociales, entre ellos Nisbett. De ahí la dificultad de “introducir” a los miembros de esas culturas en nuestras democracias, herederas de los griegos, los romanos y los católicos, sin modificarlas al menos un poco).

Ahora bien: a lo largo de la historia, los momentos de crisis y cambio social han coincidido con grandes innovaciones religiosas o con la expansión de los credos. El catolicismo se extiende junto con el imperio romano; el protestantismo surge tras sus cenizas, cuando los países de Europa del Norte se distancian económica y culturalmente del Vaticano y su influencia; el new age nace de la crisis de los valores tradicionales en los años 60… También en el plano individual las personas acuden a la religión en busca de consuelo para sus males. Las grandes conversiones acaecen a propósito de situaciones traumáticas: Saulo se queda ciego y recupera la vista al renacer como (san) Pablo, Ignacio de Loyola se vuelca al servicio de Dios tras escapar de la tumba, Siddharta Gautama decide emprender la búsqueda de la liberación al constatar la existencia de la enfermedad, el sufrimiento y la muerte…

Porque la religión sirve para organizar la vida; otorga una lógica a la sociedad, una forma de entenderla que le da orden y sentido -y te asigna una posición clara y reconocible en su seno. No en vano, los rituales religiosos señalan las grandes transiciones de la vida: al nacer, el bautismo (cuando te ponen un nombre que te vincula con tus padres y familiares y te da existencia ante el mundo); al casarte, el matrimonio; al morir, el velorio… Toda religión responde las grandes preguntas: “¿quién soy?”, “¿de dónde vengo?”, “¿a dónde voy?”

En el caso que apuntas, los evangelistas se esmeran en introducirse en la vida de las comunidades. Asignan un papel a cada uno de sus miembros, una actividad con ciertas responsabilidades, un conjunto de expectativas y normas… Es decir, ofrecen una isla de significado en un mundo complejo, cambiante e impredecible; una respuesta comodín al lacerante “¿quién soy?”: “soy hijo de Dios y testimonio de Su poder”. Lo mismo que hicieron, en su momento, los cultos mistéricos mediterráneos y la religión católica; lo mismo que hacían los predicadores errantes en el caos del Oeste americano (al que me he referido antes); lo mismo que hacen los grupos de AA y 12 pasos. En suma, reducen la confusión y otorgan a sus miembros identidades viables que el resto de miembros sanciona y apoya. Les enseñan estrategias un poco más eficaces para gestionar sus emociones y les ofrecen un sentido de pertenencia; con lo cual, la necesidad de la sustancia se reduce paulatinamente (siempre y cuando continúen apegados al grupo religioso en cuestión). Como sostenía antes, la auténtica maduración siempre va de la mano con el hacerse un nicho confortable y sólido en la vida social.

Así se explica el éxito de ciertos grupos religiosos al reducir el consumo de sustancias; pero es un éxito que supone la adherencia estricta a un conjunto de normas nada flexibles y, muchas veces, el limitar las relaciones sociales a los miembros del grupo; por ejemplo, no casándose con un “infiel”, etc. Puede que, para una persona desesperada, sea una estrategia mejor que el consumo desmedido; pero no favorece la plena “aceleración ontológica”, en muchos casos.

Como decía Kelly, la verdad que hoy te libera será mañana tu casa y pasado las rejas de tu cárcel. O como dijo un gran hombre: “la verdad os hará libres” -a lo que se olvidó de añadir, “mientras a ella estéis atados”.

9 thoughts on “Adicciones, cuarta parte

  1. Johanna says:

    Hay un fenomeno interesante en relacion al consumo de alcohol en los indigenas , este es usado en los rituales de purificacion como las “limpias”, de algun modo el alcohol adquiere una connotacion de “purificador” elemento que contribuye a la eliminacion de de la mala energia… actualmente los interesados en la recuperacion de la sabiduria ancentral andina cuestionan esto y el echo de que muchos shamanes o yachacks terminan bebiendo en exeso, lo cual ahora ya no es bien visto por la comunidad por que “ellos son sus maestros y hombres ejemplares”…

    ¿Tiene relacion esto de que el alcohol haya entrado en el ritual como agente purificador con lo que expones en cuanto a que en un momento de la historia ayudo en la adaptacion de los pueblos indigenas luego de la conquista ?

  2. Hola

    Los rituales de “limpieza” o “purificación”, lejos de propios o únicos de las culturas andinas o amazónicas, son tan antiguos como la civilización. Terence McKenna y Antonio Escohotado postulan que dichos ritos purificatorios iban casi siempre acompañados del consumo de alguna droga: el vino en el caso de Noé, el “soma” de los Vedas, el humo del laurel en los templos griegos, la amanita muscaria…

    Aunque es muy difícil hacer generalizaciones, podríamos decir que las enfermedades solían entenderse entre los pueblos preliterarios bajo las metáforas de la “impureza” y el “castigo”. La impureza, “miasmas” en griego, requiere de un acto de purificación, “khatarsis”, en el que el agente contaminante se “expulsa” del organismo por la fuerza, casi siempre de forma líquida (sudor, lágrimas, vómito, excremento…) Todavía en el S. XIX se empleaban las “purgas” como tratamiento de varias enfermedades. El uso de sanguijuelas medicinales partía de un supuesto idéntico: la sanguijuela absorbería la impureza junto con la sangre, librando así al paciente del mal.

    Las diversas prácticas y sustancias servirían, así, para inducir la “catarsis” en el paciente y favorecer la expulsión del veneno.

    El “castigo”, en cambio, concebía la enfermedad o el mal como un designio divino causado por la arrogancia o inobservancia de las leyes por parte del individuo o la comunidad. Para tratarlo se necesitaba “compensar” a la divinidad por medio de un sacrificio, real o virtual. Así, la persona afectada debía “expiar” su culpa (literalmente, “volverla sagrada”, “hacerla pía”) a través del sacrificio.

    En la práctica, las dos metáforas se entrelazan indisolublemente. El iwishín shuar, por ejemplo, utiliza alguna sustancia para “salir de sí mismo” y “ver” las flechas del mal en el cuerpo del enfermo; luego las neutraliza “chupándolas” y “arrojándolas” hacia un árbol que las “absorbe”. El árbol equivaldría al chivo expiatorio sacrificial; la flechas al veneno y la sustancia favorece la “catarsis”, a veces vicaria (a través del iwhishin), a veces directa (cuando la persona la consume).

    Sin embargo, estos usos del alcohol y otras sustancias (así como su empleo en festividades sagradas) preceden a la Conquista. Difícilmente podemos tacharlos de “adicción”, ya que no se daban más que en el contexto de una celebración o ritual purificatorio y no formaban parte de la cotidianidad. Los excesos del Carnaval y las orgías de las festividades dionosíacas ocurren sólo dentro de un tiempo y lugar determinados por el ritual y las costumbres. Asimismo, el uso del alcohol como purificador es totalmente distinto de su uso como recurso para gestionar estados mentales dolorosos en la vida diaria. En el primer caso tiene un sentido claro, una meta definida; es un intento de lograr algo positivo. En el segundo es una huida, un intento de evitar el dolor y la realidad.

    Es posible conjeturar que varios pueblos sometidos al choque cultural apelaron al uso más frecuente de las sustancias sagradas, lo que terminó por despojarlas de todo carácter ritual, banalizándolas e introduciéndolas en la vida cotidiana. Pero no deja de ser una conjetura que habria que contrastar con los hechos.

  3. Anónimo says:

    Saludos de nuevo. En este tiempo me han surgido otras inquietudes, que expongo a continuación:
    ¿Qué se puede hacer evitar caer de un consumo ocasional a la adición?
    ¿Estás de acuerdo en que se puede cambiar una adicción a una sustancia, por una adicción a un comportamiento, como en los casos de “adicción a sectas” (religiosas)?
    ¿Se puede afirmar que la adicción se cura, tolerando el malestar y resolviendo el conflicto, si se toma en cuenta la importante comorbilidad entre adicciones y trastornos de personalidad?
    Se me hace fuerte, tal vez por las imágenes, pensar como objetivo terapéutico, hacer que una adicta al opio, reduzca su consumo, y se inyecte sólo de vez en cuando heroína. Como conclusión de la idea contraria a la incurabilidad de la adicción, “estar limpio o sobrio toda la vida”.
    ¿En qué casos de adicción o conducta compulsiva, no se aplica el modelo, que detallas?
    Si alguien comienza a consumir, por tristeza, ira, ansiedad o aburrimiento, no es importante conocer el origen, (historia de la enfermedad) ya que una vez que se es adicto o adicta, la compulsión y el craving, complican el análisis de las circunstancias mantenedoras, ya que la persona consume por consumir.
    ¿Cómo explicar el consumo cada vez más precoz de drogas en adolescentes?
    ¿No es importante la internación, por lo menos por 3 razones, tales cómo, realizar una desintoxicación, un diagnóstico diferencial y reducir en el adicto la ideas catastróficas acerca de los síntomas de abstinencia, sin dejar de coincidir contigo, en que la verdadera psicoterapia, no empieza ahí.
    ¿Cómo distinguir un adicto grave de un moderado? Adicto no es esencialmente aquella persona, que hace que la droga se convierta en el centro de su vida. ¿Podría equiparse con la diferencia, no siempre clara, entre dependencia y abuso a las drogas, o no?

  4. Hola!

    Veamos…

    1. “¿Qué se puede hacer evitar caer de un consumo ocasional a la adición?” Entiendo que quieres decir, ¿cómo evitar que un consumo ocasional se vuelva adictivo? La respuesta es fácil de entender pero difícil de hacer en muchos casos: llenando tu vida de experiencias, personas, actividades, etc. que valgan la pena y te den sentido y valor. Cuantos más espacios positivos tengas menos probable será que emplees la adicción como recurso y más fácil salir de ella si te toca.

    2. “¿Estás de acuerdo en que se puede cambiar una adicción a una sustancia, por una adicción a un comportamiento, como en los casos de “adicción a sectas” (religiosas)?” Estoy de acuerdo en que ingresar en una “secta” o comunidad religiosa puede contribuir a reducir la adicción; pero no creo que se pueda decir que “cambias una adicción por otra”. Yo no describiría la relación de la persona con la “secta” como “adictiva”: en general, y salvo que sea muy patológica, la “secta” tiene aspectos mucho más positivos que la adicción (ampliar la red social, ofrecer actividades reconfortantes y valoradas, dar sentido al sufrimiento, etc.) La relación de las personas con las “sectas” también cambia a lo largo del tiempo: según se van encontrando mejor, muchas se van distanciando de ellas.

    3. “¿Se puede afirmar que la adicción se cura, tolerando el malestar y resolviendo el conflicto, si se toma en cuenta la importante comorbilidad entre adicciones y trastornos de personalidad?” Depende de lo que tomes como criterio de curación. Si el cese absoluto y total del consumo, casi nadie “se cura”; de ahí que los modelos AA propongan que “adicto un día, adicto toda la vida”. Si el pasar de un uso destructivo de la sustancia a uno recreativo, o de un uso continuo e insoslayable a uno ocasional y contingente, mucha gente “se cura” a lo largo de los años. Si pasar de una vida horrenda, llena de dolor y destrucción, a una más digna de ser vivida y compartida con los otros significativos, también mucha gente “se cura” con los años.
    Sobre los trastornos de personalidad, generalmente se moderan pasada la treintena, con lo que la persona puede mejorar sustancialmente su calidad de vida. Quizá nunca “se curen”, pero ¿qué diferencia hay?

    4. “Se me hace fuerte, tal vez por las imágenes, pensar como objetivo terapéutico, hacer que una adicta al opio, reduzca su consumo, y se inyecte sólo de vez en cuando heroína.” Entiendo. Uno preferiría que dejara de consumir por completo, ¿verdad? Pero al obligar a la persona a ello le estás quitando su principal recurso para gestionar un malestar profundo y virulento. La estás arrojando a los lobos sin más arma que un cortauñas.
    Notarás que las personas que consumen a ese nivel tan extremo han tenido vidas sumamente duras, violentas y carentes de afecto: es este el verdadero problema, no la adicción per se. En vez de llevarla a no consumir nada desde ya, lo cual induce tremenda ansiedad aumentando paradójicamente la probabilidad del consumo y haciéndola sufrir brutalmente, puedes motivarla a reducir su consumo: “un día, en vez de consumir, haga alguna actividad; salga al parque, llame a una amiga, etc.” No es fácil ni rápido pero sí más duradero y sobre todo más respetuoso y humano.

    5. “¿En qué casos de adicción o conducta compulsiva, no se aplica el modelo, que detallas?” A nivel más fino, la adicción y las conductas compulsivas operan de manera diferente: en el caso del TOC, paradigma de la compulsión, no hay sólo una estrategia de gestión del malestar sino una peculiar relación de la persona consigo misma, una mente que se experimenta como dividida en su operación (no en su identidad como en la esquizofrenia). Pero dejando de lado estas diferencias, el modelo encaja muy bien con las adicciones en general.

    6. “Si alguien comienza a consumir, por tristeza, ira, ansiedad o aburrimiento, no es importante conocer el origen, (historia de la enfermedad) ya que una vez que se es adicto o adicta, la compulsión y el craving, complican el análisis de las circunstancias mantenedoras, ya que la persona consume por consumir.” Puede ser útil comprender la etiología del consumo; pero no esperes que la persona tenga claro qué le llevó a consumir. Si pudiera explicarlo en palabras no habría consumido en su momento. Esta es justamente la tarea: ayudarla a modificar su relación consigo mismo y a comprender mejor sus estados momento a momento.

    7. “¿Cómo explicar el consumo cada vez más precoz de drogas en adolescentes?” Sencillo: sus vidas son cada vez peores en muchos sentidos. Padres ausentes o distantes, un mundo que gira en torno a la imagen y el éxito económico y social, la ingente presión de sus pares, la falta de adultos con quienes poder hablar para comprender lo que les pasa, un futuro que se presenta poco esperanzador (calentamiento global, crisis económica, etc). ¿Qué otra cosa se puede esperar?

    8. “¿No es importante la internación, por lo menos por 3 razones, tales cómo, realizar una desintoxicación, un diagnóstico diferencial y reducir en el adicto la ideas catastróficas acerca de los síntomas de abstinencia, sin dejar de coincidir contigo, en que la verdadera psicoterapia, no empieza ahí.” Toda decisión terapéutica implica comparar los beneficios con los riesgos. Cuanto peor sea el estado actual de la persona, mayor riesgo habrá para su vida y bienestar y más sensato será internarla por algún tiempo. No se trata de negarse en redondo a la internación (sería muy poco razonable): se trata de usarla únicamente cuando no hay más remedio -y no, como se hace actualmente, a la primera advertencia. Es igual que hacer una cirugía para algo que se podía tratar medicamentosamente: generas más dolor del necesario y el remedio es peor que la enfermedad.

    9. “¿Cómo distinguir un adicto grave de un moderado? Adicto no es esencialmente aquella persona, que hace que la droga se convierta en el centro de su vida. ¿Podría equiparse con la diferencia, no siempre clara, entre dependencia y abuso a las drogas, o no?” El adicto “moderado” tiene una mejor gestión y comprensión de sus estados mentales; su consumo es menos frenético; puede permanecer ciertos períodos sin consumir (aunque quizá irritable o cansado, etc.); suele tener una vida más o menos digna, relaciones afectivas sostenibles, etc. El adicto “grave” carece de esta red social, su calidad de vida es pésima y por tanto su consumo es un intento frenético y constante de reducir un malestar corrosivo e inmanejable de otra forma. El punto no es la frecuencia o cantidad del consumo sino la actitud de la persona ante la sustancia, el modo en que la consume cuando lo hace, y la valoración de su estado global de funcionamiento.

    Saludos,

  5. Anónimo says:

    Hola, gracias por tus respuestas, algunas las intuía y otras son simplemente clarificantes; también bueno el artículo de la página web, sobre AA y perfeccionismo.
    Por cierto, encuentro un gran contradicción en grupos de AA y NA, que dicen estar en “recuperación”, mientras fuman cigarrillos, pero, y sobre todo (y lo criticable) es que otros son adictos a la nicotina.

  6. Ahora que lo mencionas, la obra de Pepe Rodríguez es más divulgativa que rigurosa, con lo que no cabe fiarse de todo lo que dice. Por ejemplo, es harto discutible que exista tal cosa como la “personalidad presectaria”. Y tampoco queda nada claro que uno pueda ser “adicto” a una secta como lo es a una sustancia o al juego; en todo caso tendríamos que hablar de dos sentidos distintos de “adicción”.

    LO que la investigación más rigurosa sugiere es que las personas ingresan en las “sectas” en momentos de fragilidad y que también son capaces de dejarlas cuando se sienten más fuertes. Los que se quedan por períodos prolongados son la excepción, no la regla: ¿por qué si no presionar a cada miembro para que traiga tres o cuatro más? Porque la tasa de abandono es muy alta.

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