De vez en cuando, detente

Y mira hacia atrás.

Respira hondo, unas cuantas veces. No te obligues: ocurrirá por sí mismo –como ocurre la magia, para siempre, desde que el mundo es mundo.

Mira hacia atrás, y recuerda:

Las palabras que has dicho,
Las que has escuchado,
Las que debiste haber dicho y debiste atender.

La gente que has conocido,
La que has amado,
La que te ha amado
–cuando la tierra era joven
y el rocío en una telaraña comprendía el universo.

Mira hacia atrás; respira; recuerda;
Y deja que el tiempo limpie tus heridas
Mientras mana, sin destino, puro, inquieto, inaprehensible.

De vez en cuando, detente

Y luego, echa a andar, otra vez.

Las Tres Leyes Inmutables de la Magia

El Maestro de Magia, Michael Ende

El que quiera practicar la Magia tiene que ser capaz de controlar toda su fuerza de desear y saber utilizarla. Pero para ello primero tiene que llegar a conocer sus verdaderos deseos y aprender a manejarlos.

En realidad, de lo que se trata en el fondo es de conocerlos de verdad, clara y sinceramente, y todo lo demás se dará por añadidura, como suele decirse. Lo que ocurre es que averiguar cuáles son nuestros auténticos deseos no es tan sencillo como parece… Y éstos sólo puede encontrarlos quien vive su propia historia.

La mayor parte de la gente cree que sabe lo que desea. Hay quien cree, por ejemplo, que le gustaría ser médico famoso, o catedrático, o ministro, y en cambio su verdadero deseo, que él mismo ni siquiera conoce, es ser simplemente un buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico, o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo…

Y ahora, os voy a enseñar las primeras y más importantes reglas de la Fuerza del Deseo.

1. Sólo puedes desear de verdad lo que crees posible.
2. Sólo puedes creer posible lo que pertenece a tu propia historia.
3. Sólo pertenece a tu propia historia lo que deseas de verdad.

Estas reglas tenéis que metéroslas bien en la cabeza y meditarlas. Y aunque es posible que ahora mismo no las entendáis del todo, poco a poco os irán resultando más claras.

Y con esto ha terminado la clase de hoy. Adiós y hasta mañana.

Michael Ende, La Escuela de Magia

Esculpir el tiempo

En “El concepto de naturaleza”, Whitehead criticaba despiadada y acertadamente la visión einsteniana del tiempo. Fue para eso que acuñó la célebre frase “misplaced concreteness” -antecesor no muy reconocido de la tan posmoderna “reificación”.

Su argumento era tan simple como devastador. La columna vertebral del estudio einsteniano del tiempo como relativo es la noción de “simultaneidad” -fundada, a su vez, en la de “instante”, equivalente al “punto” en geometría. Mas, así como Leibniz se dio cuenta -contra Newton- de que el “punto” era una mera abstracción, Whitehead comprendió que el “instante” de Einstein era un concepto de altísimo nivel. Así pues, no servía como ladrillo del sistema; era, por contra, su colofón. Tomarlo como punto de partida es atribuir existencia concreta a algo puramente ideal; en los patosos términos de Whitehead, “localizar erróneamente la existencia en tanto cosa”.

No conocemos el espacio a partir del punto; destilamos la idea de “punto” al analizar -esto es, dividir- el espacio, en sí indivisible. No vivimos el tiempo como una sucesión de “instantes” discretos y autocontenidos; seleccionamos hitos de la viscosa marea de la consciencia y los separamos con el fin de ordenarla. La experiencia no es fragmentaria, sino unitaria; no es un montón de gotas, sino un río; no un conjunto de notas, sino una melodía.

Una melodía… Tal vez por eso sea la música la mejor forma de aproximarse al tiempo en toda su pureza; tal vez por eso nos afecte violenta, intempestiva, inexorablemente.

Hacer música es esculpir el tiempo.

El mejor Escultor del Tiempo

Hubo un tiempo en que un solo pensamiento me obsesionaba: “Esta época no es la mía”. Leía a Byron, a Tennyson y a Poe; miraba a Chaplin, a Murnau y a Keaton; escuchaba The Moody Blues y A Whiter Shade of Pale de Procol Harum. Era una hoja verde en pleno otoño, un acorde en medio del silencio.

Y hoy descubro que mis poetas, músicos y directores preferidos lo eran también de mi madre. Eran parte de mí, desde siempre, incluso sin que yo lo supiera.
Mientras los demás se hartaban del ritmo de los tiempos, yo buceaba en el pasado en pos de algún tesoro ignoto.

Todos hacemos lo mismo

Todos hacemos lo mismo. Nos buscamos en la historia. Encontrarnos equivale a tender un puente entre el ayer y el mañana. Y cuanto más te esmeras en hallarlo, más te conviertes en él, mayor intensidad adquieres, más vivaces son los colores, más dolorosos los sonidos.

Paradójicamente, cuanta más Historia acoges, más en ti mismo te transformas.

Todos, a nuestra manera, esculpimos el tiempo.

Tiempo y eternidad

Por un lado

Ruinas, de Jan Both

El pasado está fijado; el futuro es impreciso. Navegas del uno al otro merced a tu propia y casi siempre desviada brújula; eres tú y, sin embargo, ya eres otro.
El pasado está fijado; el futuro es impreciso. Y yaces entre ambos, y sueñas.

Por otro

La Nada

No existen pasado ni futuro. El pasado se ha marchado, el futuro es una ilusión. El eterno y etéreo presente se despliega sin cesar a tu fascinada vista.
Mas no eres el espectador ingenuo e inocente: tu mano se desliza sobre el lienzo. Pincelada a pincelada, emborronas tu propia muerte.

En medio

Célula

Hasta el más insignificante de los seres vivos ha heredado el hálito divino: hasta el más insignificante puede aprender. Y aprender es modificarse a sí mismo, comprometiéndose con una regularidad que atribuye al Universo. Y el sentido de este compromiso es, por definición, inédito –porque es creativo.
Hasta el más insignificante de los seres vivos es capaz de crear.

En suma

Imprevisible

Sí: quizá su pasado esté fijo; pero su futuro, su futuro es imprevisible.

Siempre se está solo

Hace ya muchos años (mala cosa: en la Academia contemporánea toda idea tiene fecha de caducidad), Christopher Lasch escribió un volumen titulado The Culture of Narcissism. Lasch era un crítico de raíces humanistas y filiación incierta; a cada tanto dejaba entrever su gusto por el marxismo, la Escuela de Frankfurt, el psicoanálisis y la censura moral (que no moralista).

Reeditado a principios de los 90, The Culture of Narcissism incluía un postfacio, The Culture Of Narcissism Revisited, que es a mi juicio la parte más sustanciosa e interesante del texto. En él, Lasch se resiste a dejarse categorizar y a admitir con sus comentaristas que el narcisismo del que hablaba el original, aunque ciertamente predominante en la década de los 80, hizo mutis con la entrada de “la condición posmoderna”. No: nuestra cultura es, si cabe, más narcisista aún –más absorta y embebida en sí misma, más centrada que nunca en el cambio, el oropel y la moda, más corta de vista y autosuficiente.

Una de las consecuencias que Lasch atribuía a la desaparición del sentido histórico y de trascendencia a manos del monzón posmoderno es algo que se ha vuelto palpable y dolorosamente popular: la incapacidad de la gente de entablar vínculos sólidos, profundos y a largo plazo. Envueltos en la imperiosa necesidad de la adaptación y el cambio constantes, nos recluimos progresivamente en nuestras corazas, perfeccionamos nuestras defensas y nos esmeramos en hacer de los demás otros tantos peldaños que escalar o recursos que utilizar; cerramos las puertas y trabamos las ventanas, temiendo que lo que nos es más propio y valioso caiga en manos equivocadas -cualesquiera, salvo las nuestras.

Hoy en día, todo vínculo se siente como una prisión, una fuente de demandas y exigencias, una inmensa tijera dispuesta a cortarte las incipientes alas. La gente ya no teme que dejen de amarla; teme dejar de amar, perder el deseo abrumados por el tedio: “pero ¿qué pasará si dejo de quererlo?” No conciben otra respuesta que no sea romper con el otro; ni se les pasa por la mente la posibilidad de resistir, de esperar un poco, de ser pacientes. Ni se les ocurre que el placer, como toda emoción, es por definición tornadizo: a la primera dificultad se resignan y renuncian.

Concomitantemente, la realidad es invariablemente solitaria. El descubrimiento supremo del narcisista contemporáneo se hace eco del Sartre más radical: siempre se está solo. A veces de manera autosuficiente y omnipotente, otras dolorosa e incapacitante; pero siempre se está solo. Y las relaciones se viven casi enteramente como “soledades a dúo”: dos soledades que se encuentran y se consuelan mutua y momentáneamente.

Así, sin saberlo, asesinamos a la trascendencia y la arrojamos por la borda. Y encima lo celebramos: nos miramos al espejo y nos llamamos “posmodernos”, “intelectuales”, “realistas”, “pragmáticos”.

Yo no me lo creo; y dudo que otros lo hagan. Poca es la gente que, atrapada por la vorágine, no me ha resultado vacua, confusa, contrita –un náufrago que se aferra con frenesí a un trozo de madera, sin saber que con eso sólo acelera su caída en el remolino.

Sola

O será que a mí no me funciona. Pese a todas estas consignas, sigo tan triste, tan esperanzado, como siempre; sigo oyendo las mismas viejas canciones, leyendo los mismos, viejos libros, llorando ante atardeceres de más de mil años.

Porque, aunque así me lo parezca de vez en cuando, no estoy solo.

Sin ningún significado

A veces pienso que la vida es una tormenta, un monzón, un huracán violento e impasible.

Y que nuestro único refugio es la razón. De razón son nuestras ropas, nuestras sombrillas, nuestros chubasqueros; nos metemos en sótanos racionales y cerramos las racionales portezuelas -en la esperanza de que basten para repeler la cruel tormenta.

Nunca bastan. El viento arrecia y destroza sótanos, portezuelas, sombrillas; nos rasga las vestiduras y nos arranca los cabellos.

Y quedamos ateridos, desnudos, indefensos, en un mundo que no nos pertenece.

Tormenta de Nieve, de Turner

Dicen que “después de la tormenta, viene la calma”.

Mienten.

Macbeth, de John Martin

Macbeth, Act 5, Scene 5

Life’s but a walking shadow, a poor player
That struts and frets his hour upon the stage
And then is heard no more: it is a tale
Told by an idiot, full of sound and fury,
Signifying nothing
.

William Shakespeare