El doble

Uno de los cuentos más hermosos que existen fue escrito por este señor:

Un verdadero romántico

Se titula La Princesa Brambilla; al menos, en la traducción donde lo encontré, por puro y fantástico azar (Cuentos Fantásticos, E. T. A. Hoffmann; 833/H675cf en esta biblioteca. Dicho sea de paso, no he vuelto a hallar este cuento en ninguna otra traducción; y mi búsqueda ha sido exhaustiva. ¡Qué lástima!)

No es hermoso solamente; se las arregla para conducirte con sublime maestría saltando entre dos planos, dos dimensiones distintas pero interrelacionadas, de un modo que no logras comprender sino hasta la última página. Constantemente te preguntas “¿a quién le ocurre esto?” y “¿quién es el responsable de ello?”; te atemorizas, sorprendes y confundes con el protagonista y esperas con ansiedad la escena de reconocimiento final –la anagnórisis. Hoffmann es, en este sentido, profundamente aristotélico –mas ¿no lo es la vida misma?

Otra consideración marginal: la anagnórisis, pieza fundamental de la estructura narrativa aristotélica, se ha vuelto a poner de moda: véase esta película, esta otra, esta -que no me gustó tanto- y esta:

Nada es lo que parece
Hoffmann sabía de lo que hablaba: forma parte de esa nutrida aunque soterrada tradición de escritores que vivían una permanente duplicidad, la sensación de no ser de este mundo. Este es uno de sus temas recurrentes –como lo es de Poe, de Lovecraft, de P. K. Dick, de Robert Graves y del magnífico Machen (del cual recomiendo fervientemente dos contrapuestas novelas: Un fragmento de vida y La colina de los sueños).

Hoy, por fin, ya no están solos. Más aún: sus rostros se pierden en una infame multitud.

¿Debo celebrarlo? ¿O llorar?

Silogismo búdico

En búsqueda del toro...

Una forma extremadamente simplista de resumir la doctrina del Buda (el budismo primitivo o Theravada) sería el siguiente aforismo: “El sufrimiento es universal; pero siempre es un yo el que sufre; por consiguiente, acabando con el yo cesa el sufrimiento”.

Con esta convicción se inició un experimento que continúa hasta hoy, uno de los más fructíferos, audaces y portentosos de la historia humana: el de “matar al yo”.

Ahora bien: el del Buda es casi un silogismo, y como tal, inatacable. El problema verdadero surge en cuanto se intenta poner en práctica su consejo, porque ¿quién ha de “matar al yo”?

Diversas soluciones han surgido a lo largo del tiempo; el mismo Buda parece haber propuesto una suerte de recurso, los “tres Refugios”: la Doctrina, la Comunidad de monjes y la figura del propio Buda (no necesariamente sagrada: sobre esto no hay acuerdo…)
Por desgracia, en muchas ocasiones estos Refugios han devenido un reducto de sucesión apostólica –cosa que el Tathagata, El-que-así-ha-venido (como se hacía llamar), seguramente hubiera desaprobado.

Muchos otros aventureros han hecho el mismo descubrimiento de manera independiente. El mismo, o casi el mismo –y en el “casi” está el quid. Por ejemplo, podríamos ver en el “noble salvaje” de Rousseau al monje mendicante budista, que se retira del mundo para encontrar su verdadera esencia salvífica; o dejarnos engañar por Schopenhauer y esmerarnos en reprimir nuestros deseos y coartar nuestra voluntad –cayendo así bajo el imperio de otros deseos y otras voluntades, no menos egoístas.

Podríamos también seguir el razonamiento de Hume y escudriñar nuestro interior en pos del “yo”, del “observador invisible” que somos o creemos ser –del supuesto autor de nuestros pensamientos…

En el Dhammapada o “declaración de principios”, una colección de dichos atribuida al Buda, se encuentra esta magnífica metáfora:

Te han visto, constructor de la casa: no reconstruirás.

El “constructor” es el deseo o ansia de seguir viviendo; alternativamente, el “yo” que construye una ilusoria trama renaciendo día tras día. Estos son los versos que pronunció el Buda en el momento de la iluminación: habiendo descubierto la trampa del constructor de su “casa”, se deshizo de él –y de la cadena de nacimientos y muertes, del inexorable sufrimiento.

Mas ¿quién había visto al constructor?

Mas el toro no existía...

Viscosidad

Mirada penetrante...

“Viscosidad de la libido”. Así explicaba Freud el hecho de que nos resulte tan difícil abandonar un amor, dejar atrás lo que hemos querido. Bueno, no lo explicaba realmente: sólo le daba otro nombre. Y una colorida metáfora: la libido, como una golosa ameba, extendiendo sus tentáculos para engullir su objeto de deseo.

Cuando perdemos a alguien, la ameba libidinosa se contrae -y eso le disgusta; por eso sufrimos y nos entristecemos. Con cada recuerdo doloroso, el bicho retira uno de sus pegajosos miembros; de ahí que tengamos que pasar por ese largo y tortuoso camino del duelo, ese constante tiroteo de memorias, olores, imágenes y sensaciones que nos apabulla sin que podamos detenerlo ni ponernos a cubierto.

Un niño muy malo

Por su parte, el caballero de la foto tenía una frase deliciosa en uno de los mejores cuentos de este mágico libro:

Mi libro preferido de la infancia

Venía a decir más o menos que no releemos un libro viejo buscando su empolvado contenido sino a nosotros mismos -a lo que fuimos al leerlo por vez primera.

Podríamos partir de aquí para ensayar una explicación distinta: el complicado olvido tarda tanto y hace tanto daño porque en realidad consiste en olvidarnos a nosotros mismos. Dejamos de lado lo que éramos con alguien -lo que fuimos y ya jamás seremos; nos libramos de cantidad de futuros que, paradójicamente, relegamos al pasado -de sueños y deseos por siempre insatisfechos. No perdemos a alguien: nos perdemos a nosotros mismos.

Para volvernos a encontrar, sí, con algo de suerte; para descubrir por enésima vez que el sol brilla deslumbrante, el agua empapa, la nieve sabe a hielo y la hierba se deleita con nuestros pies desnudos.

Para comprender, de nuevo, que toda explicación es vana -comprenderlo y volverlo a olvidar.

XI

Cuando estabas, las flores llenaban la casa.
Al irte, dejaste el lecho vacío.
La manta bordada, doblada,
permanece intacta.
Tres años ya han transcurrido,
pero tu fragancia no se disipa.
Te añoro, y de los árboles caen hojas amarillas.
Lloro, y sobre el verde musgo brilla el rocío.

Li Po

Persiste en tu locura, Le Mat

No se puede aprender de oídas; nada puede vivirse de tercera mano; es imposible enviar un beso con un mensajero.

Ocasionalmente nos acosa la pretensión de saber más de lo que sabemos –o, mejor dicho, de querer saber más de lo que sabemos que, en realidad, sabemos. Desgarrados entre contrapuestos compromisos, nos tomamos de los pies y damos una voltereta tratando de saltar sobre nuestras cabezas –de superar nuestras limitaciones a la fuerza.
Pero no se puede aprender de oídas; conque sólo conseguimos resaltar la desnudez de nuestros afanes –como lo hace El Loco, el arcano más enigmático del Tarot.

Le Mat
Así nuestros intentos de crecer a voluntad, o demostrar cuánto hemos crecido, se estrellan con la inexorable Realidad –y dan al traste con nuestras torpes defensas: nos convertimos en bufones, grotescos danzantes en el lago de los cisnes.
Lo cual no tenía por qué ser malo –para un chino clásico. Pues uno de los ideales de la compleja cultura china era el bufón: el vagabundo travieso y malandrín, el loco ignorante y juguetón. Tanto, que se transformó en uno de los avatares del Buda, Pu-Tai (en chino) o Hotei (en japonés):

Hotei
Pu-Tai

Así se señalaba el hecho de que también el loco podía llegar a ser sabio; o que, a lo mejor, era ya más sabio que los encumbrados, iluminados y venerados sacerdotes –cuya parafernalia no hacía otra cosa que encubrir la desnudez que todos, y no sólo el Loco, padecemos.

A Hotei se atribuye este sencillo poema (que traduzco del inglés):

En un cuenco como
Del arroz de mil familias.
Sin compañía recorro
Diez veces mil millas.
Los que aprecio son muy pocos;
Yo busco la verdad entre las nubes níveas.

Bien sabía él que nadie podía tomar su lugar en pos de la Verdad; que no se puede vivir a través de un tercero -aunque sea el Maestro, o tu propia y equilibrada Razón. Y prefirió vestirse de harapos y comer arroz prestado a dejarse servir en un monasterio -arrojarse a la duda en vez de arroparse en la certeza. Prefirió ser el Loco a ser el Emperador.

Imperator
¡Seguro que éste enviaría sus besos por carta! De este modo se ahorraría la posibilidad del rechazo -y el dolor y el desengaño concomitantes; como su homólogo del cuento, se negaría en redondo a contemplar su desnudez.
Con lo cual se volvería el peor tipo de loco: el que se cree tan cuerdo que se dedica a dirigir su propia locura -y a evitar el precipicio. Éste ya casi no tiene remedio.

Yo, en su lugar, tendría otro miedo. Adelante, que rechacen mis besos -pero ¡por Dios! ¡Que no se los den al mensajero!
Es imposible enviar besos a través de un mensajero -porque el mensajero termina siendo el mensaje.

Con lo que volvemos a empezar. Ocasionalmente nos sentimos tan desamparados que tenemos que hacer el Loco: aprender de oídas, enviar besos, vivir vicariamente. Nunca funciona -siempre fallamos; de hecho, casi siempre hemos anticipado el fracaso.

Sólo nos queda lanzarnos y enloquecer a conciencia; y desear con frenesí la bocanada de aire después del chapuzón.
Que con seguridad encontraremos -si cedemos lo bastante; pues el loco que persista en su locura se convertirá en sabio.

Lo que queda cuando te despojas de tu vieja piel

Los Imposibles

Hay cosas imposibles. Una es hacer el mal a sabiendas.
Bueno, quizá no sea imposible, pero sí muy, muy difícil.
Ponlo a prueba: elige una persona (¡que te sea querida, por favor! ¡No valen los enemigos!) y piensa en algo que la heriría, y mucho; y a continuación hazlo.
¡A que no has podido! ¡Ojalá que no!
Porque, si lo has hecho, has franqueado un umbral sin retorno: ahora te será imposible dejar de hacer el mal –como lo demuestra este maravilloso relato.

Y una vez franqueado, te darás de bruces con la segunda imposibilidad: hacer caso omiso de la propia culpa.
Si te descuidas puede llevarte al suicidio; y los años tienden a fortalecerla -o a debilitarte.

Pero no te preocupes. Existe en el mercado un producto que te viene de perillas. He aquí algunas de sus presentaciones.

El imperialismo yanki tiene la culpa de todo.
Miles de veces escuché esta y otras más en boca de los politicastros de mi país. No sólo el imperialismo: el neoliberalismo, el capitalismo, el dinero (sí, a secas), los ricos, los políticos, el presidente, los bancos…

El mundo tiene la culpa.
Ajá, sí… Y ¿alguna parte de él en concreto? ¿O la totalidad –las flores, el cielo, el agua, tú y yo?
Típica justificación para una vida de crimen –como ya lo señalaron este caballero, este otro (que recomiendo encarecidamente), este y esta graciosa dama:

Soy rebelde...

La religión tiene la culpa.

Laden
Bueno, sí: tal vez tuvo la culpa de esto y pronto la tendrá de esto; mas se trata de la religión organizada.
Pero ¿crees de verdad que el señor de aquí arriba hizo lo que hizo debido a su profesión de fe? Si es así, ¡únete al club!

Ella tuvo la culpa.
Esta no la escuché: la proferí –quién sabe cuánto; en ocasiones terminé por convencerme. Porque, por más que parezca otra de esas cosas imposibles, uno puede engañarse a sí mismo –con un poco de ayuda de sus amigos. (Y ahí es donde entra el I Ching –pero eso es otra historia…)

Detín marín, dedó pingüé…
Como ves, siempre alguien tiene la culpa de todo.
Casi siempre es alguien que a fin de cuentas no existe -¿cuándo viste por última vez al “imperialismo yanki” tomándose una cerveza? Es luchar con la niebla, azotar al mar: lo cual tal vez explique por qué la medida preferida de los mencionados politicastros era “el paro”, la huelga –con barricada y cóctel Molotov incluidos.

¡Hágalo usted mismo!

Y por qué cuando “la culpa es de ella” la historia se repite sin cesar.

Espejito, espejito freudiano, ¿qué hago?
Pero no te inquietes: ¡el futuro está aquí!
Ya no tendrás que delirar para echarle la culpa a alguien: porque ese alguien habrá tomado todas tus decisiones importantes. Se merecerá que le eches la culpa.

¿En qué trabajar? ¿Qué pensar? ¿Cómo vivir? ¡Sólo pregúntaselo!

Y si te sientes solo, y no tienes intenciones de cambiar, apúntate, paga la tarifa de $2000 ¡y di adiós a tus problemas!

TheraDate: para no sentirse solo en el diván analítico

Eso sí: mucha, muchísima suerte si tu partner no te satisface.
Porque entonces chocarás con la la tercera imposibilidad del día, la más imposible de todas: convencer a un psicoanalista de que él ha tenido la culpa.

And no birds sing.

El portal era antiguo, rodeado de una tupida hiedra. Alta, esbelta, rubia, lloraba con desesperación. Corrí a su encuentro –lloraba por culpa mía; sólo pude abrazarla y musitar “no pasará nada, no pasará nada”.
Pero no pude detenerla. Siguió llorando, sin descanso; un llanto suave, penetrante, torvo –una canción y un cuento. No era bella, no; facciones demasiado cinceladas, ojeras desvaídas, cabello revuelto, ondulante traje blanco. Me atraía, no obstante, con pasión irreflexiva; y su llanto in crescendo terminó por despertarme.

Hace muchos años tuve este sueño; y desde entonces regresa, cada cierto tiempo, dejándome tan dolorido e indefenso como la primera vez. Nunca he sabido por qué llora, quién es, por qué la quiero tanto –sólo que la necesito como la espada a la sangre.
Tiempo después me descubrí en esta turbadora descripción:

La Diosa es una mujer bella y esbelta con nariz ganchuda, rostro cadavérico, labios rojos como bayas de fresno, ojos pasmosamente azules y larga cabellera rubia… El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.

“Los ojos se humedezcan…” Como me sucedía cuando leía Annabel Lee, de Poe, o La belle dame Sans Merci, de Keats, o la Morte d’Arthur, de Tennyson.
“Los ojos se humedezcan…” Todavía me ocurre; por eso languidecen mis colecciones de poesía romántica inglesa mientras me sumerjo en la psicología o la filosofía; por eso no leo La Dama que llevó el Alma, de Cordwainer Smith, cuando estoy solo; por eso no puedo mirar fijamente a Ofelia:

Ophelia, J. E. Millais.

Descubrí, además, el floreciente culto de la Diosa: la Wicca, a Margaret Murray y Gerald Gardner; y me sentí completo y engañado al mismo tiempo.

Alguien, alguna vez, fue ella, durante un fugaz instante; huelga decir que corrí en su busca hasta inmolarme.

A la larga, el dolor y la esperanza me aconsejaron que la abandonase. Y cerré tras de mí una puerta, y eché a andar.

Mas mi chica rubia, esbelta y desesperada aparece de cuando en cuando y me evoca con su lamento inconfundible. Y respiro hondo, y la ignoro –la puerta cruje –y todo termina; se marcha, y regreso al sereno tedio.

Al que he terminado por habituarme. Sólo temo una cosa: ¿y si, esta vez, se ha marchado para siempre?

And no birds sing.