El asesino se mata a sí mismo

Dice Ursula K. LeGuin, en alguna parte:

“El asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; el suicida nos mata a todos”.

Es una frase terrible y sabia.

Este libro abominable es un análisis psicológico del fenómeno del asesino en serie. Sería uno más de los incontables tratados sobre el tema si no fuera porque su autor lo conoce de primera mano: se trata de Ian Brady, uno de los más salvajes asesinos en serie de Inglaterra.
Brady sostiene que, la primera vez que mata, el asesino sella un “pacto con el diablo”. Este primer homicidio lo aleja por completo del resto de la humanidad; lo transforma en un monstruo, un lobo hambriento y enfebrecido con piel de oveja. Es, pues, un renacimiento; o, más apropiadamente, un bautismo de sangre.

(Dicho sea de paso, lo mismo opina un erudito tan excéntrico como interesante, Colin Wilson, autor de la fascinante A Criminal History of Mankind).

Podemos extrapolar esta idea para entender mejor el acto homicida, la compulsión que siente el asesino en serie a continuar matando. El primer asesinato es un renacimiento; pero cada nuevo asesinato es otro bautismo, que el asesino realiza con el fin (seguramente) de mantenerse en su nueva identidad, de no perder su omnipotencia (imaginaria). Así como la confesión y la comunión sostienen al cristiano en su papel de creyente, el ritual homicida sostiene al asesino en el papel que se ha forjado para sí mismo, una especie de Dios todopoderoso y castigador.

Así, en efecto, el asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; y el suicida nos mata a todos -de una vez por todas.

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