Casino Royale, o El Nacimiento de un Psicópata

James Bond

Casino Royale, la nueva de Bond.

Más violenta y cruel y mejor guionada que muchas de las más recientes.

Sin embargo, creo que debería titularse de otro modo.

Debería llamarse “Cómo crear a un psicópata”.

Porque, a fin de cuentas, en eso se transforma Bond en esta ordalía, que marca, en realidad, su nacimiento como personaje (en el estilo de lo que se ha dado en llamar prequel).

James Bond, que deja de ser humano para volverse un despiadado asesino (o “operative“, si lo prefieren). Y lo hace porque pierde el último cable con el mundo de los seres humanos -con la emoción, la pasión, el amor y el sufrimiento.

Y ese es, como sabemos en virtud de innumerables fuentes, el bautismo de sangre de cualquier psicópata.

Psicópata al que, en este caso, admiramos o envidiamos; que encarna nuestro lado más salvaje y destructivo.

Casino Royale

Nadie se engaña: en realidad a Bond le da igual su país, la Reina o el MI6. Es agente secreto, descubrimos, por tres razones: el narcisismo, el sadismo y la venganza. Lo primero, porque disfruta de vencer y humillar a los enemigos más poderosos y astutos del mundo; lo segundo, porque le encanta pelear, matar y torturar -ni siquiera duda antes de hacerlo.

Lo tercero -¡tendrán que ver la película!

Dios, el Mago y el asesino en serie

La “pauta que conecta

Un hilo rojo del destino...

…Como un hilo rojo, la obra de John Fowles

El Coleccionista

Uno de los mejores retratos de la mente de un monstruo es El Coleccionista, de John Fowles.

The Collector, de John Fowles

El Coleccionista cuenta la historia de un oscuro contable inglés, Frederick Clegg, que secuestra a una joven estudiante de arte, Miranda, y la encierra en su sótano con el fin de “enamorarla”.

Clegg, desde luego, no diferencia el “amor” de la idolatría; ha admirado subrepticiamente a Miranda desde hace algún tiempo, seguro de que si ella llegara a conocerlo, lo amaría igualmente. Pero para que eso ocurra, Miranda debe ser confrontada con el “verdadero” Clegg sin que pueda escaparse. De ahí que Clegg concluya que la única manera es manteniéndola presa contra su voluntad. Dicho sea de paso, Clegg es un ávido coleccionista de mariposas; su colección es impoluta y magnífica.
Fowles cuenta (en el prólogo) que el modelo de Clegg fue el Calibán de La Tempestad de Shakespeare. En esa obra, Calibán es el deforme hijo de la bruja Sycorax con un demonio sin nombre. El rey Próspero, extraditado de Nápoles con su bella hija Miranda, expulsa a la bruja de la isla, lo libera y le enseña la religión y el lenguaje. A cambio, sin embargo, el perverso Calibán intenta violar a Miranda, por lo que Próspero lo castiga convirtiéndolo en su esclavo.

(Curiosamente, las madres de muchos asesinos en serie eran mujeres dominantes y rígidas que los sometían a constante humillación; y sus padres, figuras ausentes y poco relevantes).
Fowles usa esto, entre otras cosas, como una alegoría de las relaciones de clase; Clegg era de “la clase trabajadora”, y Miranda es de clase alta, guapa y sofisticada. Uno de los mensajes de la obra es que no se le puede pedir a la bestia (Calibán – Clegg) que se redima, si la hemos creado en primer lugar sometiéndola a condiciones de vida infrahumanas.

The Magus
The Magus, de John Fowles

Nicholas Urfe, un joven graduado de Oxford, pretencioso y superficial, acepta el trabajo de profesor de inglés en una isla griega perdida en la nada, en un punto de su vida donde él mismo esta perdido en la nada. En dicha isla suceden cosas muy raras en torno a Urfe y a una chica preciosa pero escurridiza, de la que él se enamora.

El fondo del asunto (al menos uno de los fondos: es una novela compleja y difícil de resumir) es que, a medida que se desarrolla la trama, tanto Urfe como el lector comienzan a sospechar que alguien está jugando con ellos, sometiéndolos a experiencias dolorosas y simbólicas que les permiten despertar su consciencia -a la manera de las iniciaciones masónicas o de cualquier otra escuela de sabiduría tradicional. (Desde luego, Urfe sufre en carne propia las vejaciones y los excesos; el lector sólo las experimenta vicariamente. ¡Pero es una experiencia dolorosa, puedo asegurarlo!)

Fowles ha dicho que el libro es una prolongada alegoría de la relación entre Dios y el ser humano: aquel, como Próspero en La Tempestad, como Conchis en The Magus, es inasible e invulnerable, pero controla todo aspecto de nuestras vidas. Con buenas intenciones, esperamos; pero nunca podremos saberlo –los patrones que vamos detectando siempre se demuestran erróneos.

La mujer del teniente francés

La mujer del teniente francés

El hilo rojo, la pauta que conecta, comienza a evidenciarse. El mismo ser omnipotente que captura a alguien indefenso y lo va sometiendo a experiencias simbólicas, mientras este intenta descubrir el sentido de todo esto.

Finalmente, La mujer del teniente francés. El argumento es ya conocido. Lo importante, a nuestros efectos, es que el mismo Fowles se hace aparecer algunas veces en la novela.

Una de esas ocasiones merece citarse por extenso:

…Era un hombre de unos cuarenta años, con la chistera bien calada sobre los ojos. Apoyó las manos en las rodillas, mientras recobraba el aliento… Un hombre francamente desagradable, pensó Charles.

Su mirada era extraña: calculadora, reflexiva y bastante desaprobadora, como si supiera perfectamente qué clase de hombre era aquél (del mismo modo que Charles había creído adivinar la clase de hombre que era él) y no acabara de gustarle. Cierto que, bien mirado, parecía menos frío y autoritario; pero, de todos modos, se observaba en sus facciones un repulsivo aire de autosuficiencia, o, si no de autosuficiencia, de seguridad en su criterio para juzgar a los demás, para saber lo que podía sacar de ellos o esperar de ellos…

Tal vez algún día sean objeto de una mirada así. Y tal vez -puesto que la nuestra es una época mucho menos reservada- la sientan. Porque acaso el mirón no espere a que se hayan dormido. Seguramente les sugerirá algo desagradable, una especie de perversa insinuación sexual…, un deseo de conocerles de un modo que ustedes no quieran que les conozca un extraño. Según mi experiencia, no existe más que una profesión que mire de ese modo tan particular, combinando lo inquisitivo y lo magistral, lo irónico y lo inoportuno.

Vamos a ver, ¿podría utilizarte?

Vamos a ver, ¿qué podría hacer yo contigo?

Es precisamente, siempre me lo ha parecido, la mirada que podría atribuirse a un dios omnipotente… si existiera algo tan absurdo… Es una mirada que observo con toda claridad en el rostro, tan familiar para mí, del hombre de la barba que ahora está contemplando a Charles. Y ya basta de disimulos.

Al bajarse del tren, Fowles ya ha decidido el desenlace de la novela -gracias al lanzamiento de una moneda. El destino de Charles y Sarah ha dependido de las evoluciones de un florín en las mismas páginas que habitan -que estuvieron, a su vez, en la mente de Fowles. Tan prosaico y anticlimático…

El hilo rojo del destino

El patrón, el hilo rojo, ha quedado por fin claro. Y no sólo para nosotros, los lectores. El mismo Fowles lo ha descubierto, como tantos otros antes que él -ante todo Chesterton, pero también Hoffmann, y Hesse, y Goethe, y Stanislaw Lem, y Philip K. Dick… Él es el Dios de sus personajes, que son su creación. Y disfruta sometiéndolos a situaciones imposibles y dando nuevos vuelcos a la trama cada vez que creen haberse aproximado a la realidad. Disfruta del poder y de la omnipotencia; y escribe, en parte, para eso.

Un patrón que se repite, en clave macabra y violenta, en la psicología de los asesinos en serie. Lo que el escritor hace con sus personajes es lo que el asesino obra con sus víctimas. Ambos son dueños absolutos de sus vidas.

Igual que Dios, por otra parte.

El asesino se mata a sí mismo

Dice Ursula K. LeGuin, en alguna parte:

“El asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; el suicida nos mata a todos”.

Es una frase terrible y sabia.

Este libro abominable es un análisis psicológico del fenómeno del asesino en serie. Sería uno más de los incontables tratados sobre el tema si no fuera porque su autor lo conoce de primera mano: se trata de Ian Brady, uno de los más salvajes asesinos en serie de Inglaterra.
Brady sostiene que, la primera vez que mata, el asesino sella un “pacto con el diablo”. Este primer homicidio lo aleja por completo del resto de la humanidad; lo transforma en un monstruo, un lobo hambriento y enfebrecido con piel de oveja. Es, pues, un renacimiento; o, más apropiadamente, un bautismo de sangre.

(Dicho sea de paso, lo mismo opina un erudito tan excéntrico como interesante, Colin Wilson, autor de la fascinante A Criminal History of Mankind).

Podemos extrapolar esta idea para entender mejor el acto homicida, la compulsión que siente el asesino en serie a continuar matando. El primer asesinato es un renacimiento; pero cada nuevo asesinato es otro bautismo, que el asesino realiza con el fin (seguramente) de mantenerse en su nueva identidad, de no perder su omnipotencia (imaginaria). Así como la confesión y la comunión sostienen al cristiano en su papel de creyente, el ritual homicida sostiene al asesino en el papel que se ha forjado para sí mismo, una especie de Dios todopoderoso y castigador.

Así, en efecto, el asesino se mata a sí mismo, una y otra vez; y el suicida nos mata a todos -de una vez por todas.

El asesino en ti

Un demonio mora en tu interior -un asesino.

Caminas sobre sangre y lloras fuego y azufre. Nunca te detienes -hasta llegar a un lago límpido, impoluto, perfecto, sin ondas ni habitantes. Es de mercurio.

Lo miras -una mano te llama -vacilas y caes.

Un demonio mora en tu interior -y un asesino.
Pero me gusta
Pues también mora en el mío.

Disarm you with a smile
And cut you like you want me to
Cut that little child
Inside of me and such a part of you
Ooh, the years burn

I used to be a little boy
So old in my shoes
And what I choose is my choice
What’s a boy supposed to do?
The killer in me is the killer in you
My love
I send this smile over to you

Disarm you with a smile
And leave you like they left me here
To wither in denial
The bitterness of one who’s left alone
Ooh, the years burn
Ooh, the years burn, burn, burn

I used to be a little boy
So old in my shoes
And what I choose is my voice
What’s a boy supposed to do?
The killer in me is the killer in you
My love
I send this smile over to you

The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you
The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you
The killer in me is the killer in you
Send this smile over to you…

Smashing Pumpkins, Disarm