Así empezó todo:

Y así terminó:

Una evolución desde el arte figurativo a la abstracción, como la de Mondrian o Pollock. Lo hemos visto miles de veces.
La diferencia es que el pintor del gato terrible se llamaba Louis Wain y estaba loco. O lo estuvo a partir de los 57 años, cuando fue diagnosticado de esquizofrénico e internado en una institución mental. Y que el primer cuadro fue creado a las puertas de la locura –y el último en su apogeo.
¿Describió así Wain, como Poe, sus aventuras en su infierno privado? ¿”Veía” este gato –como Poe vivió las crisis de ansiedad? ¿O se trataba solamente de un desarrollo técnico y estético sin relación alguna con su vida?

De la respuesta a estas preguntas podría deducirse una teoría del arte, del lenguaje -y, en último término, de la vida misma. ¿Somos un conjunto de trozos más o menos disparejos, un collage sin ton ni son, un camaleón que cambia de color en función de su entorno? ¿O hay un método en nuestra locura, una unidad que engloba y trasciende la banalidad de todos nuestros actos?
Sea como fuere, lo cierto es que Wain siempre tuvo una extravagante predilección por los gatos -su único leitmotiv; y que casi siempre los plasmaba de manera antropomórfica. Y que algunos de sus cuadros “normales” son, si no incoherentes, sí vagamente inquietantes:
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Y también que sólo abordó la exploración de los fundamentos geométricos y la sustitución de los colores naturalistas (rasgos típicos del camino a la abstracción pictórica) hacia el final de su vida, cuando trabajaba recluido en una institución psiquiátrica:
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Se rumorea que Wain proclamó en una entrevista que la idea de dibujar gatos realizando actividades humanas se la había sugerido Peter, su gato negro.
¿No podría ser que Wain comenzara a enfermar cuando Peter dejó de hablarle?