Una vez, y otra, y otra más

A luna llena

La mano del lobo
Poseía mi bisabuelo una gran hacienda en la zona más agreste del norte del país; un territorio que gobernaba con mano dura, pues entonces no había otra ley que la propia. Lindaba con el terreno, inmenso y feraz, del terrateniente más adinerado de la provincia, con quien mantenía buenas relaciones.
Extraños sucesos asolaban la provincia en la época de este relato. Se rumoreaba que un bandido desalmado y de poder casi sobrehumano merodeba por los caminos; lo cierto era que varios terratenientes habían sido desvalijados por un jinete que blandía un machete y que ocultaba sus facciones bajo un ancho sombrero. Otros, sencillamente, habían desaparecido.
El potentado había anunciado sus esponsales; los celebraría con una fiesta que sería también la presentación en sociedad de su esposa, una extranjera a la que había conocido en sus viajes por Europa. Había que hacerle un regalo; mas la única forma de conseguirlo era viajar a la capital –tomando el camino peligroso. Mi bisabuelo tomó su machete y se dispuso a partir al romper la mañana –haciendo caso omiso de los reparos de su esposa: “No te apures: volveré al caer la noche”.
Que era de luna llena. Cabalgando a toda prisa, el regalo en su bolsillo, mi bisabuelo trataba de orientarse en la húmeda oscuridad. Una hora más y habría llegado –se aseguraba, tratando de templar sus nervios. Un ruido interrumpió sus pensamientos: el eco de unos cascos, la agitada respiración de un caballo -¡alguien lo estaba siguiendo! Clavó las espuelas lanzándose a campo traviesa: el eco se hizo ensordecedor –no había modo de perder a su perseguidor. De repente sintió un tirón: algo había agarrado su capa. Mi bisabuelo dio una estocada por puro reflejo –la capa se soltó –y atizó a su montura para cubrir el último tramo. Media hora después llegaba a casa, exhausto y tembloroso; el caballo se desplomó, sin vida, nada más entrar al establo; y la bisabuela se salvó de un síncope al ver la cara de su marido, pálida y descompuesta. Pero sí que lo sufrió, dos minutos después, al quitarle la capa. Pues, pegada a ella, había una mano, limpiamente cercenada.
La fiesta fue larga y fastuosa; y la mujer del potentado era tan bella y fascinante como se esperaba –ojos de fuego y el andar parsimonioso de un gato. Mi bisabuelo se le acercó para entregar su regalo –un anillo de rubíes: “lo siento”, respondió ella, “tendrá que disculparme, pues no podré ponérmelo. He sufrido un accidente” –levantando su brazo izquierdo, al que faltaba la mano.

La mano de la realidad
Escuché este relato de boca de una amiga, hace ya varios años. No muchos, en realidad -pues la historia debe tener más de mil. El motivo de la mano delatora se encuentra en leyendas de Norteamérica, España, Japón, Islandia y Lituania; la monumental obra de Stith Thompson, un índice de los motivos del folklore, lo recoge bajo la clave G252: “A una bruja en forma de gato le cortan la zarpa: a la mañana siguiente la reconocen porque le falta una mano“.

Yo no lo sabía, entonces. Tiempo después, para mi inmensa sorpresa, di con otra versión: este cuento, de Sutherland Menzies (s. XIX; en este libro). Y más adelante, nuevamente, en una fuente harto insospechada: el Satiricón de Petronio (s. I).

Así que un relato milenario, contado una y mil veces en mil lugares y momentos distitos a lo largo de treinta siglos, se había encarnado de nuevo en una chica de más o menos veinte años y de finales del siglo XX; una chica que creía en él a pies juntillas.
Sus creencias eran raras, sin duda; pero esta recurrencia me llamó poderosamente la atención.

Y cuando di con el mismo motivo en la ya clásica (pero contemporánea) leyenda urbana de El gancho, me quedé sin habla.

La prueba del delito

Hay un conjunto más o menos reducido de temas que acompañan a la humanidad desde la cuna; temas que resucitan sin razón aparente para apropiarse de nuestras mentes y colmar nuestros terrores nocturnos. Temas que llevamos tan grabados como nuestro código genético -y de los que no podemos desprendernos, pues mutan para acomodarse a cada época.

No sé si haya alguna explicación; de hecho, tal vez no haya nada que explicar.

Se trata, sin embargo, de un fenómeno apasionante: de percibir las raíces con que tu mente se alimenta del mundo.

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