¿Por qué tengo que luchar a muerte con la Muerte,
día tras día?
¿Por qué tengo que luchar a muerte con la Muerte,
día tras día?

Me han entrevistado en el Diario El Comercio.
El tema: “¿existe la suerte?” A propósito del martes 13.
He hablado de Richard Wiseman, cuya obra encuentro fascinante.
Para ser martes 13, no me ha ido mal…
A continuación, el recorte.
La primera gran obra de Alfred Hitchcock se titula The 39 Steps. Fue producida y estrenada en 1935.
Verla, aún hoy, produce estremecimiento, risa, pasión y euforia. Es una obra maestra, de esas que resisten el paso del tiempo. Nadie como Hitchcock para mezclar el suspense con la comedia sin solución de continuidad ni sensación de ruptura; nadie como él para tocar temas como el homicidio, la traición, la sexualidad y el miedo de forma que pulsen nuestras más íntimas fibras -sin despertar asco, censura o indignación.
The 39 Steps, como tantas de sus películas, es protagonizada por un perfecto cualquiera: Richard Hannay, un canadiense de visita en Londres, que se ve acusado de asesinato, envuelto en una trama macabra de espionaje y engaño y obligado a huir y limpiar su buen nombre -por pura casualidad. Hannay, interpretado por Robert Donat (un actor guapo y talentoso), ha de fiarse de una mujer (Madeleine Carroll) y de su suerte y habilidad; y nosotros lo seguimos pasmados y tensos mientras va de Londres a Escocia y de nuevo a Londres, sufriendo a cada momento y gozando con su naturalidad y dulzura.
The 39 Steps es una película casi perfecta -como un poema de Edgar Allan Poe: cada escena, cada parlamento, cada plano se encuentran en el lugar y momento correctos. La trama en sí es impecable, calculada matemáticamente: la película empieza en un music hall -y termina en otro, noventa minutos después. Allí, Hannay conoce a una guapa espía (trigueña, desde luego) que se hace invitar a su departamento -y que desencadena toda la historia; aquí, Hannay se encuentra en compañía de la rubia que se ha convertido en su compañera -y que conduce al abrupto desenlace. Un milagro de precisión y desarrollo especular -como este poema y esta canción.
Aunque filmada casi al principio de su carrera, ya tiene todas las obsesiones de Hitchcock: el héroe inocente y vulnerable que afronta el peligro con suprema nonchalance; la dama cuya suspicacia inicial es el primer síntoma de su enamoramiento; el villano de buenos modales y frialdad a toda prueba; las identidades falsas, equívocas o múltiples; la hipnosis y el poder de la memoria y los “estados alterados de consciencia”; el detalle ínfimo que sostiene toda la trama -y que sólo descubrimos al final; el desenlace lleno de acción y sorpresa y que se da a plena luz o bajo la atenta mirada de un sinnúmero de espectadores casuales; el romance que nace bajo los auspicios del peligro y la aventura.
Obsesiones que sus alumnos han sabido recrear a su manera: entre ellos, Dario Argento y Brian de Palma.
The 39 Steps me resuena por otra razón todavía: Robert Donat es idéntico a mi abuelo, hace ya sesenta años.
Años después, otro director, este desconocido y de la tradición de las películas de bajo presupuesto, dirigiría una nueva versión, sin duda menos magistral, cuyo único punto destacable era el protagonista: el actor Robert Powell, otro de mis favoritos (desde que vi Tommy, Asylum, Survivor, The Four Feathers y Harlequin, y desde que compartió escenario con Michael Caine en The Italian Job, la original, la que vale la pena).
Como Alfred Hitchock dijo, alguna vez: “¿Qué es el drama sino la vida misma una vez editadas las escenas aburridas?”
Ilusión de alternativas políticas: derecha e izquierda
Acaso la más funesta de las creencias políticas de la mayor parte de la gente sea que sólo existen dos posibilidades de organización social: el (neo)liberalismo y el socialismo (del siglo que sea). Grosso modo, los gobiernos neoliberales consideran al mercado como el mecanismo más eficaz de “asignación de recursos” y ponen al sistema gubernamental a su servicio; mientras que los socialistas favorecen la redistribución de la riqueza a través de la recaudación impositiva y la inversión en salud, educación y un sinnúmero de subsidios -colocando al Estado en el núcleo del sistema financiero. Tradicionalmente, se coloca ambas opciones sobre una línea imaginaria de modo que el neoliberalismo esté a la derecha y el socialismo a la izquierda.
Entre ambas opciones se infiltra una tercera, el célebre y nunca bien definido “centro”: un cóctel de izquierda y derecha que, por ende, se mantiene en la ambigüedad -ya que sólo puede definirse por exclusión: “no es exactamente la derecha, porque no favorecemos la privatización de empresas públicas; pero tampoco es izquierda, porque no creemos en el planeamiento centralizado de la economía…” Y extraños engendros de la imaginación como el “centro izquierda”, el “centro derecha” o el “centro propiamente dicho”.
Tres dimensiones frente a una sola
Siempre me ha llamado la atención que nuestra manera de ver el espectro político sea tan obtusa y restringida. En el mundo físico existen tres dimensiones -a las que estamos completamente habituados: “dos calles al norte, una al este, edificio Tal, segundo piso”. En el mundo político no hay más que una: “izquierda – centro – derecha”. Y no nos extraña en lo más mínimo.
Imagínense dando la siguiente indicación a una persona extraviada: “siga recto y luego tome al centro izquierda hasta llegar al semáforo, y allí vire a la derecha pero no demasiado”. Aquí no funciona, claro: necesitamos del arriba-abajo y del delante-detrás tanto como del izquierda-derecha.
¿Cómo es que hemos llegado a creer que el delicado arte de organizar a las personas y alcanzar consensos se limita a oscilar entre la izquierda y la derecha?
Porque hemos sido víctimas de una monumental ilusión de alternativas.
¿Cui bono?
Que significa, en latín: “¿a quién beneficia?”
¿Quiénes han salido ganando con esta simplificación? ¿A quiénes ha mantenido en el poder esta ilusión de alternativas?
Muy simple: a cualquiera que se haya erigido en paladín de cualquiera de los dos extremos, y que, concomitantemente, haya satanizado al otro.
Por ejemplo, Estados Unidos, cuyos políticos llevan casi un siglo denostando a la izquierda de todas las maneras posibles -y justificando, así, su contubernio con la industria de armamentos, probablemente la que mueve más dinero en el mundo, y su nada sutil imperialismo y expansionismo pseudocolonialista.
Pero también Cuba, que justifica sus permanentes atentados contra la libertad de expresión, de movimiento, de asociación y de trabajo y su activismo internacional antiyanqui (al que se han sumado abiertamente Venezuela y Bolivia) como una “defensa de los explotados del mundo contra los imperialistas”.
Miedo e ilusión de alternativas
Así es. Tanto Cuba como Estados Unidos, tanto la izquierda como la derecha, salen ganando si se sostiene esta ilusión de alternativas; porque así nos tienen bajo su control a través del miedo.
Lo cual salta a la vista cuando se constata que los discursos de sus respectivos líderes son casi totalmente intercambiables; porque dicen lo mismo sólo que del lado opuesto. “Nosotros defendemos la libertad y a los oprimidos del mundo y los otros son monstruos sedientos de sangre que quieren subyugarnos y de los que tenemos que guardarnos. Así que entréguennos su dinero, sus pertenencias, su tiempo, sus hijos y sus propias vidas si no las quieren perder. Es por su propio bien“.
Y de este modo nos convencen de ir a la guerra, subvencionar ejércitos, mantener un estado corrupto y omnívoro y despreciar al enemigo con todas nuestras fuerzas.
Cantinflas, que era un auténtico genio, ya lo dijo en su preciosa Su Excelencia. El discurso final de esta película me hace llorar cada vez que lo veo; está a la altura de los mejores del siglo pasado. (Como la famosa escena del globo terráqueo en El Gran Dictador de Chaplin).
Autoritarismos de signo contrapuesto
En efecto: Cuba y USA se fundan en el miedo. Porque el miedo permite mantener el control sobre las personas. Es nuestra gran debilidad, el miedo; y para evitarlo la mayor parte de gente está dispuesta a abdicar de su propia vida. Que el Estado incauta mientras se relame los labios.
Cuba y USA, la izquierda y la derecha, son autoritarismos de signo contrapuesto. Autoritarismos, porque enfatizan el control social, la restricción de las libertades individuales. De signo contrapuesto, porque mientras que la izquierda ve al individuo como un ser indefenso e inerme a merced de “las fuerzas sociales” (genial invento de Marx emulando a Comte), la derecha lo considera un pecador incorregible y pervertido al que hay que mantener a raya mediante la constante amenaza del castigo.
Pero ni izquierda ni derecha confían en el ser humano. Y por eso se empeñan en colocarle frenos y riendas.
Una demostración empírica
Invito al lector a un pequeño experimento. Pase revista a los discursos públicos de Chávez o Castro. Repare en sus gestos, su entonación, su contenido. Son invariablemente épicos, apasionados, intensos -sin duda; pero también amenazantes, violentos, confrontativos. Siempre están “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él; siempre demuestran su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos”.
A continuación, observe un discurso de Bush (este servirá, pero hay más). Haga abstracción del contenido. ¿No ve los mismos gestos amenazantes y violentos? ¿No escucha el mismo tono de justa indignación y defensa legítima de los derechos? ¿No está, también, “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él en nombre de “la libertad y la justicia”? ¿No hace hincapié en su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos” por el terrorismo?
Finalmente, observe una prédica de un pastor evangélico. (También serviría la homilía de un sacerdote católico; pero no son televisadas con tanta frecuencia -y me temo que han perdido bastante de su gancho). Una vez más, ignoremos momentáneamente el contenido. Idéntico tono de indignación y épica defensa; idénticos gestos amenazantes y de dominio masculino; idéntico esquema de “existe un enemigo monstruoso y malvado y nosotros luchamos contra él así que debes unírtenos”.
Donde Bush dice “terrorismo”, Chávez podría decir “imperialismo norteamericano” y el pastor “el Enemigo”. Pero por lo demás ¡son exactamente iguales!
Sobre todo en una cosa: siempre nos están diciendo lo que tenemos que hacer “por nuestro propio bien”. Porque nosotros, ¡pobrecitos!, ingenuos o malvados, no lo sabemos. Y así nos conducen, corderos involuntarios, al matadero.
Terrible, ¿no?
No hay salida -¿o sí?
Pero hay esperanza, siempre y cuando empecemos por liberarnos de este lavado de cerebro colectivo que nos ha hecho ver solamente una dimensión donde hay muchas -izquierda y derecha donde hay un arriba, un abajo, un delante y un detrás, y muchas opciones más.
Hay esperanza, siempre que admitamos que ni USA ni Cuba son modelos viables, respetuosos de las libertades, humanos.
Hay esperanza, siempre que reparemos en el autoritarismo de ambos modelos y que nos preguntemos si podría existir una alternativa no autoritaria ni fundada en el miedo y la violencia -sino en la confianza y el intercambio voluntario.
Hay esperanza, siempre y cuando volvamos a ser humanos.

En la típica Iglesia lo único que se hace es hablar. No hay meditación ni disciplina espiritual alguna; lo que hacen es decirle a Dios una y otra vez lo que tiene que hacer -¡como si no lo supiera! Y luego le dicen a la gente lo que tiene que hacer -¡como si pudiera o incluso quisiera hacerlo! Y luego cantan canciones de cuna, sólo que religiosas.

En sendas situaciones, el Presidente actual ha repetido más o menos la misma frase:
Curiosamente, un simple análisis de los supuestos detrás de esta frase demuestra que el Presidente no cree que las personas comunes y corrientes merezcan respeto alguno, y que con ellas se puede hacer lo que le da a uno la gana.
De ahí que proponga que “por ser el Presidente” han de tratarlo bien, y que “por ser el Presidente” se hará oír y respetar.
Y detrás de esto se evidencia a las claras su visión del mundo: quien no tiene poder está indefenso.
Porque, y según su propio discurso, como Rafael Correa era casi un don nadie. Un don nadie amistoso, sonriente, padre ejemplar y esposo amante -a juzgar por las cuñas televisivas. (Las de la segunda vuelta, únicamente: en la primera hacía declaraciones grandilocuentes salpicadas de amenazas. Igual que ahora). Pero alguien a quien no había que respetar y a quien cabía manipular.
O sea, un ciudadano como cualquier otro. Como tú o como yo.
Así que ¡cuidado, ciudadanos de a pie!: nosotros no somos “El Presidente”.