Alter Ego

En las últimas dos semanas he conocido a mis dos alter ego.

Uno es tímido, apocado y frágil; y cree ocultarlo detrás de una coraza cuidadosamente construida. Es un trozo de cristal en una caja de cartón piedra.

El otro es autoritario, hablador y combativo; pero también frágil. Y parece incómodo con (o dentro de) su cuerpo.

El primero me dio una ternura inmensa, casi dolorosa -que aún me provoca, cuando lo recuerdo; que aún me persigue cuando miro hacia atrás.

El segundo, algo de temor -el temor de verte a ti mismo, si hubieras decidido de otro modo, si hubieras cedido a la tentación con más frecuencia o menos escrúpulos.

Y al conocerlos, me he conocido mejor a mí mismo.

De ahí que me gusten los relatos sobre el doble.

Porque, siempre, hablan de .

Las intituciones desde la perspectiva psicológica: el Ecuador, una sociedad hobbesiana

El Leviatán, de Thomas Hobbes

He terminado por fin el artículo acerca de las instituciones desde la perspectiva psicológico-evolutiva. Está disponible aquí.

Este es el resumen del contenido:

El objetivo de este texto es introducir el punto de vista de la epistemología evolutiva (tal y como ha sido desarrollada, ante todo, en la psicología) en el análisis de las instituciones y extrapolar sus implicaciones. Se empieza con una breve exposición de lo que la psicología puede aportar al estudio de la institución para continuar con una somera revisión histórica de los fundamentos de la tradición occidental acerca de la naturaleza del cambio, el surgimiento de las sociedades y el papel de las emociones en la vida social. Luego, se presenta el esqueleto de la visión evolutiva (reproducción, variación, selección) y la noción de “institución” que de él se deduce. Finalmente, haciendo uso de este marco interpretativo, se sugieren algunas líneas de reflexión acerca de la institucionalidad en el Ecuador y de su carácter de “sociedad hobbesiana”.

Aunque la primera parte explica de manera clara y sencilla la naturaleza de un algoritmo evolutivo, me quedo con la última, que afirma, a partir de la teoría evolutiva, que la sociedad ecuatoriana es “hobbesiana”; es decir, que se funda en la desconfianza y la suspicacia, firmemente ancladas en nuestra forma de experimentar el mundo y la existencia.

Creo que esta hipótesis permite entender buena parte de las crisis y callejones sin salida en que el país se encuentra día tras día.

La degradación del periodismo, o el periodista, de comentarista a francotirador

La mayor parte de gente estaría de acuerdo en que los dos periodistas más representativos del Ecuador son Carlos Vera y Jorge Ortiz. Son, sin duda, los que gozan de mayor presencia en los medios: editorialistas de varios periódicos y revistas, entrevistadores estrella de sus canales de televisión, corresponsales de servicios de prensa internacional… En suma, quienes toman el pulso al país día tras día para exhibir sus diagnósticos en los medios masivos.

Pese a sus diferencias (sin duda abismales) tienen algo en común: su estilo de entrevista, que podríamos denominar “francotirador”. Se apostan detrás de su escritorio, adoptan una actitud profesional y someten a su entrevistado/víctima a una andanada de preguntas capciosas y vagamente inquietantes. Aprovechan cualquier desliz para introducir la cuña de la duda y la desconfianza: nada es lo que parece, todo es sospechoso, nadie está a salvo de su mirada penetrante.

Lo admito: los he caricaturizado un poco. Sólo un poco, y no más de lo que ellos suelen caricaturizar a sus invitados. ¿Será esto lo que ha de hacer un periodista?

Supongo que no. Al menos, no solamente esto.

Este estilo de entrevista tiene sus implicaciones, no demasiado positivas. Por ejemplo, que tienden a ser erráticas. Una conversación fluida es como una danza: los intercambios se suceden rítmica y apropiadamente, sin solución de continuidad, en una dirección que se va estableciendo sobre la marcha. Las entrevistas de Vera y Ortiz también parecen una danza -sólo que una en la que ambos bailarines quieren conducir y se niegan a ceder ante el otro; con lo cual, están llenas de desvíos abruptos, silencios cargados de tensión y respuestas de relleno.

A los espectadores les cuesta seguir estas entrevistas salpicadas de azar -por más que disfruten del morbo de ver cómo Ortiz o Vera crucifican a cualquier persona que se aviene a conversar con ellos.

Pero lo más terrible es que, en contra de lo que ambos puedan suponer, este estilo de entrevista no encaja dentro del periodismo serio. El objetivo de una entrevista es aproximar a los escuchas o televidentes a un personaje: internarnos en su mundo, su forma de pensar y vivir, sus ideas; familiarizarnos con aquello que lo hace diferente -sea un actor, un cantante, una personalidad o un político. No es desnudar sus contradicciones frente a millones de personas.

Desde luego, el entrevistador puede ser confrontantivo: de hecho, es necesario que lo sea, para poner a prueba al entrevistado y permitirle explicar o aclarar un malentendido; para darle la oportunidad de demostrar su habilidad y competencia frente a una dificultad.

No obstante, no es lo mismo ser confrontativo que ser brusco, descortés o vulgar; que interrumpir al interlocutor para ahondar en una (supuesta) incoherencia; que pinchar insistente y torpemente hasta sacarlo de quicio -para regodearse entonces en su traspiés; que guardarse un as bajo la manga para esgrimirlo en el momento más inesperado haciendo gala de “olfato” periodístico.

Debajo de esto se intuye una cierta sensación de inferioridad y una continua lucha por el poder o el dominio, por imponer las reglas de la conversación. Lo cual es necesario, sí; pero puede hacerse en instantes. Es más: los entrevistadores verdaderamente hábiles lo hacen en los primeros diez segundos.

Sólo los aprendices tardan una hora en conseguirlo.

El periodismo como conversación, o el largo camino de vuelta a casa

El periodismo como arqueología

Muchos periodistas creen que su trabajo es una variante de la arqueología que consiste en separar las brillantes migajas de la verdad del fango del engaño, la indiferencia y la vaguedad.

Muchos periodistas (más o menos los mismos) creen que el Internet ha cambiado las reglas del juego de la comunicación de tal forma que ha vuelto imposible el continuar con su honesta profesión. Al aparecer la “interactividad”, ese némesis del periodista proverbial, la verdad tan perseguida se ahoga bajo una montaña de trivialidades introducidas por incontables interlocutores en un foro virtual.

Finalmente, muchos periodistas (o editores y dueños de medios de comunicación) creen que pese a todo el modelo tradicional del periódico sigue siendo viable. “Mientras informemos veraz y ágilmente”, murmuran, “todo irá bien”.

Las tres ideas son, a mi juicio, equivocadas. Ni el periodismo consiste en “buscar y decir la verdad”, ni el juego de la comunicación ha cambiado (mal que le pese a McLuhan), ni se puede sobrevivir jugándolo como siempre.

Más aún: las tres son equivocaciones en la misma dirección. Pero para verlo, como ya he dicho en otro lado, es preciso elevarse por sobre el manto de los siglos apoyándose en la historia de las ideas. Y lo haremos, brevemente, aprovechando ante todo el magnífico La musa aprende a escribir, de Erick Havelock, un resumen de sus investigaciones sobre el paso de la oralidad a la escritura en la Grecia preplatónica y sus implicaciones sociales y psicológicas.

Platón y el miedo a la palabra muerta

En el Fedro, Platón refiere, por boca de Sócrates, el diálogo entre un rey egipcio y el dios Toth, inventor de la escritura. Toth, como Prometeo, arde en deseos de extender la escritura y el conocimiento entre todos los pueblos; el rey, mucho más cauteloso (e, intuimos, temeroso de perder su poder como resultado de esta revolución), cuestiona cada uno de los argumentos del dios. Es un diálogo breve y profético: anticipa los devaneos de los monopolios en los momentos de cambio social a lo largo de la historia.

Toth comienza defendiendo la escritura porque “hará a los egipcios más sabios y servirá a su memoria, ya que es un remedio contra la dificultad de aprender y retener”. El rey lo critica indicando que “la escritura no producirá sino olvido en las almas de los que la conozcan… fiados de este extraño auxilio abandonarán a caracteres materiales el cuidado de conservar sus recuerdos cuyo rastro habrá perdido su espíritu… Porque cuando vean que pueden aprender muchas cosas sin maestros se tendrán ya por sabios, y no serán más que ignorantes…”

De aquí concluye Sócrates (es decir, Platón) que la escritura no “transmite” ningún saber, sino que se limita a despertar en el lector el saber que éste lleva ya dentro. Un postulado bastante próximo a la realidad, tal y como nos la desvelan los estudios de la neurociencia acerca del significado (véase más adelante).

Luego, Sócrates hace una afirmación tajante y devastadora: la palabra escrita está muerta mientras que el pensamiento (y el diálogo) están vivos. La elabora hasta el final del texto mediante diversos ejemplos y metáforas:

“Este es… el inconveniente así de la escritura como de la pintura; las producciones de este último arte parecen vivas, pero interrogadlas y veréis que guardan un grave silencio. Lo mismo sucede con los discursos escritos; al oírlos o leerlos creéis que piensan; pero pedidles alguna explicación sobre el objeto que contienen y os responden siempre la misma cosa… Pero consideremos los discursos de otra especie, hermana legítima de esta elocuencia bastarda… El discurso que está escrito con los caracteres de la ciencia en el alma del que estudia… vivo y animado, que reside en el alma del que está en posesión de la ciencia y al lado del cual el discurso escrito no es más que un vano simulacro”.

(Para un breve resumen del pensamiento platónico al respecto, véase aquí).

Platón es inmensamente sabio; consigue mantenerse equidistante de los dos extremos. No puede habérsele escapado la paradoja de escribir en contra del arte de escribir; yo pienso que lo hizo a propósito.

Por una parte, como ha demostrado Havelock, el objetivo platónico era defender la escritura frente a la oralidad -la razón frente a la pasión o la tradición, la educación pública frente al adoctrinamiento ritualístico y religioso… Pero, por otra (y esto ya se le escapa un poco a Havelock y sus comentaristas), era consciente del riesgo que esto implicaba: aunque poderosa, la palabra escrita sólo puede desarrollarse en medio de una comunidad, de una sociedad que disponga del “logos” -así como sólo se puede aprender a hablar si se vive entre personas que sepan hacerlo.

Así pues, tanto Toth como el rey tienen razón -en planos diferentes; lo cual se ha podido resolver únicamente tras el descubrimiento del conocimiento procedimental y declarativo, o tácito y explícito, como indico aquí. Pero eso es otra historia… Baste con señalar que si la palabra escrita es poderosa, sólo vuelve a la vida cuando se encarna en una conversación.

La dialéctica entre escritura y conversación

La palabra escrita arranca el sentido del contexto de la conversación, fijándolo para siempre sobre un medio duradero. Y así lo eterniza -a costa de matarlo.

Pero la palabra no muere. Porque entender una idea es darle nueva vida dentro de uno mismo -como lo confirman los últimos estudios en neurociencia y la teoría del significado encarnado de Mark Johnson. Y para darle nueva vida hay que volver a emplazarla en una discusión, sea con uno mismo (que era la teoría del pensamiento de Peirce: “pensar es discutir con uno mismo”) o con los demás.

Así pues, por un lado, la palabra viva es la que nos conecta con un venero eterno de ideas y temas recurrentes en la historia humana (el “mundo III” de Popper). Pero, por otro, este venero sobrevive únicamente en la medida en que se reencarna en cada uno de nosotros -cuando damos a luz a la palabra viva.

Cada vez que amamos, odiamos, tememos y cantamos; cada instante de agonía, aflicción, gloria, triunfo y esperanza forman parte de una infinidad de instantes semejantes que atraviesan como un hilo rojo a una infinidad de personas y lugares. La palabra es este hilo rojo -siempre y cuando seamos capaces de revivirla día tras día.

Así, las palabras nunca ha muerto -al menos las verdaderas, las que servían de puente hacia “el eterno humano”. La interactividad siempre ha estado ahí, sólo que oculta dentro de cada casa o en cada mesa de café -o, más aún, en cada cabeza.

Otra forma de decir lo mismo es que no se trata de haber pasado de una cultura “oral” a una cultura “escrita”; las culturas escritas siguen siendo orales, sólo que de otra manera.

El periodismo como conversación aplazada

Como casi todo, el periodismo puede verse de manera estática o dinámica. La perspectiva estática enfatiza el resultado por sobre el proceso, la noticia publicada por sobre la redacción e investigación. Según ella, el periodista escribe su nota sobre un tema determinado, la nota se publica y sanseacabó, a otra cosa.

Pero la perspectiva dinámica nos devuelve al movimiento que subyace a la aparente calma. La nota es leída por algunas personas; suscita controversia, comentarios, críticas o reflexiones que, o bien se quedan en su fuero interno, o bien las mueven a hacer comentarios con sus allegados. Igualmente, la nota se deriva de anteriores diálogos del periodista con personas, lugares o referencias, condensándolas para beneficio de sus lectores. Es, en suma, un retazo del tiempo congelado en blanco y negro.

La nota periodística es uno de los puntos de partida y de llegada de las conversaciones que tejen una sociedad. Más que ofrecer “datos”, el periodista ofrece guías: diferencia lo importante de lo intrascendente, permitiéndole así a la sociedad contemplarse a sí misma. La nota periodística no es un ítem de verdad sino un componente más de la eterna conversación que es una sociedad; si se quiere, los periódicos son los hitos o puntos de referencia en dicha conversación -pero nunca su contenido ni su finalidad.

Y eso siempre ha sido así. La palabra nunca ha muerto, la interactividad siempre ha estado presente.

Desde luego, cuando la nota se publicaba en un periódico, la “circularidad” del proceso se volvía invisible, pues las discusiones se daban más allá del ojo del periodista. De vez en cuando volvían al periódico a través de las “cartas al Editor”; pero en su mayoría se perdían en la sociedad como las ondas sobre un lago.

Mucha gente cree que el Internet y los blogs han cambiado esto introduciendo la interactividad en la comunicación masiva. Pero no es cierto. Lo que sí que han hecho es evidenciar una interactividad que corría antes por canales mucho más lentos, diversificados y soterrados. Hasta hace quince años, el lector discutía las noticias con sus amigos o familiares; ahora, lo hace con cualquiera que pueda acceder a un terminal de computadora. Las conversaciones que eran aplazadas y silenciosas han devenido gracias a la Red instantáneas y bulliciosas.

Pero siempre estuvieron allí.

El largo camino de vuelta a casa, o qué ha de hacer el periodista

De este modo, los temores platónicos se han aquietado -pero después de haberse exacerbado. Hemos regresado a casa luego de dar la vuelta al mundo. (En justicia, ya McLuhan intuyó este desenlace en su Galaxia Gutenberg). La palabra escrita se ha alejado cada vez más del diálogo y la conversación; ha ido muriendo lentamente desde hace diez siglos. La crisis de la prensa tradicional es un suspiro más en esta agonía.

Pero el Internet ha asestado el golpe de gracia no por medio de un cambio irrefrenable sino de un retorno a los orígenes: el texto se ha reencontrado con la charla, el “post” con el “chat”, la noticia con el foro. El Internet cierra el círculo de la conversación y emplaza la palabra en el seno de su madre, la conversación, en tiempo real y de manera automática.

Sócrates dialogaba con sus discípulos y denunciaba la perfidia de la palabra escrita; no conservamos ninguno de sus textos originales, porque nunca los registró. Platón consignó en sus Diálogos sus revolucionarias y a ratos contradictorias ideas -que han sido el centro de gravedad de la filosofía occidental hasta el presente, mediatizadas por incontables lecturas. De este modo, durante siglos, los escritores han congelado sus postulados en libros que los lectores debían descongelar para reincorporar a la vida diaria. En estas conversaciones, cada turno duraba años o siglos: Joyce replica a Shakespeare, que discute con Marlowe, quien polemiza con Virgilio.

Ahora, un ciudadano de casi cualquier país puede opinar en una discusión global acerca del futuro del mundo y recibir respuesta en horas o días, como si se tratase de un “foro” de la Atenas clásica. Como suele hacer, la historia nos ha devuelto a un mismo punto pero en un nivel más alto de la espiral.

Y ¿cuál es el papel del periodista en esta época? Ser partícipe del diálogo desde su posición, que le facilita algunas cosas y le impide otras. Entenderse como un circunstante más y no como el único; un interlocutor privilegiado, tal vez, pero jamás “imparcial”.

Pero de eso, más adelante…

Los poderes de la nueva raza y sus consecuencias

Desde que naciste, siempre supiste que eras diferente. Que veías o escuchabas cosas que nadie más veía; que tenías poderes increíbles, sobrehumanos. Poderes que, si no aprendías a dominar, te destruirían -y a la gente que te rodeaba.

Tus poderes eran ante todo de dos clases. Podías sentir lo que los demás sentían, antes incluso de que lo supieran; así, podías anticipar con facilidad su conducta y sus reacciones en fracciones de segundo. Podías también cambiar para adaptarte a dichas reacciones de manera que influyeses en ellas -y, a la larga, en la persona que las llevaba a cabo.

Pero todo esto ocurría sin que lo supieras realmente; como los rayos rojos que salían de los ojos de un famoso personaje, destruyéndolo todo sin que él pudiera impedirlo.

Hasta que un día los descubriste y empezaste a controlarlos; tímidamente al principio, con mayor habilidad y desparpajo después.

Y comprendiste, por fin, el secreto de tu naturaleza. Comprendiste que eras diferente, en efecto; y en algunos sentidos, superior.

Pero comprendiste también que esa superioridad tenía un precio. Que el dolor te acompañaría a cada paso. Que cada vez que usaras tus poderes, cambiarías -que cada relación, cada instante, cada voz a la que atendieras dejaría sus huellas en tu alma, ya bastante poblada de por sí. Que nunca tendrías forma -pues tendrías todas las formas.

Que tomarías una decisión, te arrepentirías y desdecirías, volverías a arrepentirte y a dar marcha atrás hasta odiarte a ti mismo. Y esto, una, otra, mil veces -una por cada forma, una por cada amor.

Que necesitarías, de vez en cuando, alejarte de todos y escapar hacia esa frágil esfera que habías construido la primera vez que cerraste los ojos y el corazón.

Que amarías muchas veces, con igual intensidad y desesperación; y que, en tus peores momentos, tu vida se vería como una sucesión de personas diciendo adiós. Que con cada adiós perderías un pedazo de tu corazón sangrante.

Y que, acaso, siempre estarías solo; siempre serías el único en ver lo que veías, en escuchar lo que oías.

Que nunca te bastaría con nada; que el futuro nunca espera -y que siempre cederías a la urgencia de lanzarte en pos de él.

Y aceptaste estos poderes y su precio tenebroso; y echaste a andar, sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos y sed de aventura.

Que aún no ha terminado -que, en realidad, no ha hecho más que empezar.

We are the new breed

El padre putativo de los X-Men

X-Men

No estoy seguro, desde luego. Pero tengo la impresión de que los X-Men se basan en una de las novelas más extrañas, tristes y revolucionarias de la ciencia ficción: Slan, de A. E. Van Vogt.

Y tengo la impresión también de que Van Vogt padecía de un trastorno cada vez más diagnosticado (si no más frecuente): el trastorno límite de la personalidad (borderline personality disorder). Quizás era lo que se llama “subclínico”; es decir, que a pesar de no cumplir todos los criterios para realizar un diagnóstico, mostraba claros “rasgos” límite.

En todo caso, no me explico de qué otra forma pudo plasmar con tanto acierto la sensación de irrealidad, plasticidad y adaptabilidad extrema del borderline -su necesidad atroz de dejar de ser nada para ser alguien -como en su breve y formidable La Bóveda de la Bestia (su primer cuento, nada menos):

El ser se arrastraba. Gemía de dolor y miedo. Informe, indefinido, y sin embargo cambiando de forma y tamaño con ca­da movimiento convulsivo, se arrastra­ba a lo largo del corredor del carguero es­pacial, luchando con su terrible ansia de tomar la forma de lo que lo rodeaba. Una mancha grisácea de materia en desinte­gración, que se arrastraba y caía en casca­da, que rodaba, fluía y se disolvía, siendo cada uno de sus movimientos una agonía de lucha contra la anormal necesidad de convertirse en una forma estable. ¡Cual­quier forma!

A juzgar por sus escritos, la mente de Van Vogt funcionaba también de manera errática y aleatoria -aunque genial. Y de ahí, tal vez, que anduviese buscando él también una “forma” que adoptar, una regla a seguir para la vida misma -en un principio la Semántica General

Pero esto es otro tema, que será, eventualmente, motivo de otro texto.

El borderline, los X-Men y el “mutante emocional”

El protagonista de Slan es Jommy Cross, un mutante telepático y genial creado por el infaltable científico (semi)loco. Y la novela relata su búsqueda de alguien como él -mientras huye de una humanidad que lo desprecia y aborrece -aunque en realidad lo teme por su superioridad.

Como se ve, X-Men está calcado a esto…

En efecto, el borderline se siente como un mutante. Es totalmente diferente de los demás -y lo sabe; aterido por terrores que nadie conoce -y capaz, a la vez, de goces inalcanzables para el común de los mortales.

Como un búho al que la luz del día ciega, el borderline es infernalmente sensible a las emociones de los otros: detecta los más sutiles cambios de humor por medio de minúsculos gestos y entonaciones que se le escapan al resto de la gente. Su sensibilidad es, precisamente, casi telepática.

Y su adaptabilidad es sublime: incapaz de tolerar el rechazo o la soledad, entrenado para obtener el aprecio y el cariño, el borderline cambia de acuerdo con lo que tú ves en él -o con lo que quisieras ver. ¿Te gusta el cine? Será un crítico desenfadado y sutil o un talentoso aficionado. ¿Prefieres los coches? Le encantará acompañarte a un rally y conducir tu BMW. ¿Buscas a una persona interesante, enigmática, profunda y fascinante? Lo será -hasta que descubras, lentamente y tras partir en pedazos tu alma, que no era más que una máscara, una de tantas. El borderline te seducirá como nadie; de hecho, es en su honor que se habla del “arte de seducir”.

Por desgracia, lo que para ti es un arte, es para él la lucha por la supervivencia emocional -por no caer en el pozo sin fondo que lo cautiva cuando mira hacia dentro.

Superpoderes borderline

Hasta que (al igual que los X-Men, Jommy Cross e incontables protagonistas de Van Vogt) descubre sus superpoderes: su capacidad ilimitada e infinita de aprender, cambiar, aventurarse, descubrir, amar y apurar hasta el fondo la copa de la vida.

Porque, entonces, puede comerse el mundo. No sin dolor, desde luego; pero sí con pasión -poniendo su vida misma en cada instante. Ésa es su cruz y su virtud: concentrar cada célula de su cuerpo en todo lo que hace. Y ser consciente de lo que eso te produce -a veces, hasta más que tú mismo.

Superpoderes nada despreciables -por más que atroces.

We are the new breed

Como decíamos, hay más borderline que nunca; los psiquiatras no se dan abasto diagnosticándolos, medicándolos y tratándolos -con desigual éxito, ya que parten del supuesto de que es una enfermedad.

Mas ¿y si no lo fuera?

Por mi parte, creo que llegará un día en que el borderline dejará de ser un “trastorno” para convertirse en la forma de ser de todo el mundo.

Ya ha pasado antes, y está ocurriendo otra vez.

Pues, en efecto,

We are the new breed,

And we are coming after you.

¿Qué tan racional es creer en la teoría de la acción racional?

William James afirmaba que, antes incluso de llegar a una conclusión mediante el análisis, la hemos alcanzado con nuestras emociones; y que, por ende, lo mejor es admitirlo honestamente y aceptar nuestras inclinaciones naturales. Cosa que ha puesto fehacientemente en claro Antonio Damasio a lo largo de su obra: a menudo, la razón no hace más que justificar las decisiones de la emoción.

Poco más o menos dijo Nietzsche; y también Hume, cuya preciosa frase merece citarse:

La razón es y debe ser esclava de las pasiones.

Con lo que no quería decir que la razón no sirviera para nada; al contrario, sirve y mucho -siempre y cuando se ponga al servicio de la emoción.

Y finalmente, una frase del clásico psicólogo social Eliot Aronson:

El ser humano no es racional, sino racionalizador.

Lo cual, por si fuera poco, fue empíricamente demostrado por los espléndidos trabajos de Tversky y Kahneman (quien ganó el Nobel en Economía del 2002 por ello).

Sabiendo, como sabemos, todo esto -y ya no podemos ponerlo en duda: la evidencia es palpable y aplastante- ¿cómo es que seguimos creyendo en la teoría de la acción racional?

Hacerlo es irracional, sin duda, ya que implica ignorar los hechos -contrastados por décadas de investigación en psicología social y en neuropsicología.

Pero ¿a quién le importa?

Con lo cual, es justamente el que dicha teoría permanezca en pie lo que pone en duda sus cimientos.