La Llave de la Puerta de los Sueños

Randolph Carter, alias H. P. Lovecraft

Cuando Randolph Carter cumplió los treinta años, perdió la llave de la puerta de los sueños.

Robert Graves

Cuando un poeta cumple treinta años, dice Robert Graves, debe tomar una inexorable y terrible decisión: dedicar su vida y carne a la Diosa Blanca, o darle la espalda y seguir adelante.

Si lo primero, sus versos serán de sangre y su alma de fuego y sal; pero vivirá poco y mal. Enloquecerá, sufrirá, enfermará y será despreciado y ridiculizado; pero será fiel a su único amor, la Diosa. Y cuando muera, devorado por la Araña o picado por la Abeja Reina, la Diosa misma lo recibirá en su eterno y definitivo abrazo.

Años, siglos después, alguien desempolvará un libro suyo y leerá, al azar, un poema; y el llanto brotará, violento, incontenible, de un rincón de su alma que hacía tiempo que no visitaba. El verdadero poeta estará más vivo que nunca.

Si lo segundo, vivirá larga y satisfactoriamente; admirado y célebre, poet laureate, tendrá pan sobre la mesa y aplausos en las salas de conferencia. Pero habrá traicionado su corazón. Nunca será feliz, con esa alegría extática y preternatural que Coleridge conocía bien:

And all should cry, Beware! Beware!
His flashing eyes, his floating hair!
Weave a circle round him thrice,
And close your eyes with holy dread,
For he on honey-dew hath fed,
And drunk the milk of Paradise.

Nunca estará triste -con esa tristeza tan dolorosa que te arrancarías el alma, tan hermosa que la perseguirías sin fin, tan desgarradora que haría su miel de tu sangre.

Escribirá épica o prosa; y arrancará a sus lectores una sonrisa torcida, un fruncimiento de cejas. Jamás los hará llorar, estremecerse, flotar.

Será libre, y su libertad -gris, mediocre, rutinaria-, su constante condena. Lo amarán mientras viva; muerto, irá desvaneciéndose de sus mentes y sus almas.

Spike Spiegel - Bang!

Hace no mucho tiempo que he cumplido treinta años.

Y, en días como hoy, temo, efectivamente, haber perdido la Llave de la Puerta de los Sueños.

Krazy Kat y el ratón Ignacio

EMDR y la pluma de Dumbo

(Nota: véanse los comentarios para la actualización de este tema).

El protagonista de la película de 1941 Dumbo, el Elefante Volador es un pequeño y dulce elefante que nace con orejas gigantescas y es despreciado -hasta que descubre que, gracias a sus orejas, puede volar.

Bueno, no es exactamente así. Nosotros, los espectadores, sabemos que la fuente de su poder son sus orejas; pero Dumbo (cuya confianza en sí mismo es muy frágil; a fin de cuentas, todo el mundo se ríe de él) no se lo puede creer. Un bondadoso ratón, Timoteo, resuelve el conflicto dándole una “pluma mágica” y diciéndole: “mientras la tengas contigo, ¡podrás volar!”

Estoy seguro de que Timoteo, como el genial psicólogo que era (todos los ratones lo son; sólo pensemos en cuánto le enseñaron a B. F. Skinner y sus colegas), se sabía de cabo a rabo el concepto de “respuesta placebo“. Pues eso es la pluma: una “receta” que no tiene ninguna influencia sobre el problema pero que suscita una mejoría debido a que el paciente se fía de ella.

Placebo y responsabilidad
Podría parecer que el “efecto placebo” es indiscutiblemente benéfico. Pero el director de Dumbo (y la psicología) son conscientes de que tiene sus costos. Para empezar, el uso del placebo puede evitar que el paciente reciba un tratamiento verdaderamente eficaz.

Pero hay una implicación más onerosa -porque es más soterrada: el placebo reduce (o redistribuye) la responsabilidad de la persona sobre sí misma. Como Dumbo, quien usa placebos deposita en ellos un poder o capacidad que, en esencia, proviene de sí mismo. De ahí que, a corto plazo, el placebo funcione -y Dumbo pueda volar. Mas, cuando la pluma desaparece, la persona ha de enfrentarse nuevamente a su dolencia -y Dumbo a su creencia de que no sirve para nada.

Por eso es tan brillante el personaje de Dumbo: porque es un niño que consigue crecer plantando cara a su miedo más terrible -el miedo a “caer”, a no ser nadie, a no valer la pena. La escena en que descubre que no es la pluma sino él quien vuela es también el punto de inflexión de su vida. Segundos antes, era aún un niño -asustado, tímido, dependiente; ahora, es casi un adulto, plenamente consciente de sus poderes y limitaciones. Pues crecer implica, entre otras cosas, asumir progresivamente la responsabilidad sobre la propia vida en diversos ámbitos y ocasiones.

EMDR: la “penicilina” de la psicología
El título no es mío; proviene de esta página, que compara la invención de la Eye Movement Desensitization and Reprocessing (EMDR) con el descubrimiento de la penicilina. Singular despropósito que traiciona la nula credibilidad de la información que allí encontramos. (Por desgracia, esta exageración casi megalómana no parece la excepción sino la regla, a juzgar por la cantidad de volantes, afiches y mensajes de propaganda de la EMDR que he podido ver).

La EMDR fue inventada (¿o descubierta?) por Francine Shapiro. Según la leyenda, Shapiro gustaba de pasear por el parque para dar vueltas a sus problemas. Un buen día, reparó en que, mientras lo hacía, miraba alternativamente a izquierda y derecha sin fijar su vista en nada en concreto; y que eso contribuía a calmar su ansiedad. Consciente de la singular importancia de esta aparente nadería, procedió a ponerla a prueba con sus pacientes: les hacía recordar o revivir escenas traumáticas mientras miraban su dedo, que movía rítmicamente de lado a lado. ¡Y los pacientes mejoraban! (O eso dice ella; la evidencia no es nada concluyente). La “explicación” de Shapiro fue que el movimiento ocular estimula alternativamente los dos lados del cerebro y que esto, a su vez, favorece el “reprocesamiento” de los “recuerdos traumáticos”.

Como suele ocurrir, Shapiro procedió a adquirir los derechos de la “tecnología de reprocesamiento” y a crear un sistema de enseñanza. Sólo quienes lo siguen están “autorizados” a practicar esta terapia (lo cual recuerda a la “imposición de manos” de la Iglesia Católica, al psicoanálisis ortodoxo y a la Cientología); y deben firmar un acuerdo en el que prometen no enseñar la técnica a otra persona por su propia cuenta. Todo lo cual va en contra del libre acceso a la información que es consustancial a la ética científica, pero permite generar un negocio rentabilísimo mediante “franquicias” de enseñanza (que, por su parte, proclaman la eficacia de la EMDR con bombo y platillo).

Los adeptos a la EMDR se la creen a pies juntillas; forman un grupo selecto y convencido de la eficacia de su terapia. Lo curioso es que los estudios controlados no han demostrado fehacientemente que la EMDR sea más eficaz que cualquier otra forma de terapia -o, de hecho, que la ausencia de cualquier terapia.

La “penicilina”, en disputa
No hay que sorprenderse; ciertamente, es sumamente difícil diseñar y poner en marcha un experimento para demostrar la eficacia de cualquier psicoterapia. Pero hay detalles que arrojan una duda razonable sobre las pretensiones casi megalómanas de algunos defensores de la EMDR.

En concreto, que la aplicación de la técnica a personas ciegas o sordas “demostró” que no hace falta el “movimiento ocular” para alcanzar los éxitos de la EMDR tradicional. Se pueden usar sonidos o toques en el cuerpo, siempre y cuando (se supone) alternen rítmicamente de lado a lado. De ahí que Shapiro la haya rebautizado de “Terapia de Reprocesamiento”.

En este punto, una de dos. O bien, en efecto, el movimiento ocular no es más que una instancia de un fenómeno más general, la activación rítmica de los dos hemisferios cerebrales, que también puede provocarse mediante otros “canales sensoriales” (y ésta es la explicación de Shapiro); o bien los toques, ruidos y dedos que se mueven son simplemente la Pluma de Dumbo.

¿”Reprocesamiento”?
No queda nada clara la manera en que “la activación rítmica de los dos hemisferios cerebrales” podría contribuir a “reprocesar” los recuerdos “traumáticos”. Para ser rigurosos, tampoco queda claro en qué consiste dicho “reprocesamiento”; y sobre la idea del “trauma”, tan querida por el psicoanálisis freudiano, la teoría cognitiva la ha desmentido exhaustivamente.

Para que una hipótesis como la del “reprocesamiento de los hemisferios” tenga sentido no basta con enunciarla; es fundamental inquirir en su mecanismo causal. La cháchara sobre “activación rítmica de los hemisferios” no basta; se necesita una hipótesis enunciada con suficiente precisión y rigor como para ser puesta a prueba mediante estudios del cerebro. (Aquí hay unas cuantas).

EMDR y exposición al estímulo
Muchos críticos han señalado que la EMDR es muy parecida a una técnica tradicional de la terapia cognitivo-conductual: la exposición, que consiste en hacer que la persona afronte, imaginaria o realmente, las situaciones que le producen temor o ansiedad. “Se trata de la tradicional exposición más el movimiento de los dedos”, dicen.

Esta idea no parece muy correcta. La exposición precisa que la persona se mantenga imaginando ininterrumpidamente y sin distracciones la situación ansiógena por un buen rato (no menos de 25 minutos), para que su sistema nervioso “decondicione” la respuesta de ansiedad. La EMDR, por el contrario, requiere que la persona pase de imaginar o recordar la escena a prestar atención a los dedos, toques o ruidos y de nuevo a la escena, y así sucesivamente. Si el principio de la EMDR fuera la exposición, esta forma de actuar tendería a empeorar, y no mejorar, los síntomas. (Para una exposición de cómo se realiza la EMDR, véase aquí).

EMDR y “flujo de consciencia”
No. Si a algo se asemeja la EMDR, es a una “técnica” que Michael Mahoney bautizó de “flujo de consciencia” -pero que existe desde el amanecer del mundo con nombres como “meditación vipassana” o “contemplación”.

El término “vipassana” es singularmente exacto, pues significa “ver con claridad”, “ver las cosas como son en realidad” o “discernir y diferenciar”. “Flujo de consciencia” es el nombre que William James le dio al acto de, sencillamente, prestar atención irrestricta e ilimitada a la sucesión de experiencias (pensamientos, recuerdos, imágenes, sensaciones…) que acaecen en la mente en un momento dado, sin interrumpirlas ni reconducirlas. Por último, “fantaseo” es la variedad de flujo de consciencia que experimentamos día tras día mientras realizamos actividades mecánicas que no requieren nuestra total atención (conducir, cocinar, planchar, ver televisión, etc.); se caracteriza por no ser irrestricto -pero tampoco profundo.

Olvidado hasta hace no mucho, el “flujo de consciencia” ha vuelto por sus fueros a la psicología, la neurociencia y la ciencia cognitiva. Hay algunas razones; ante todo, que todo el mundo lo experimenta varias veces al día; que en el flujo de consciencia la “mente” se despega de la entrada sensorial para seguir sus propios patrones de asociación; y que la meditación vipassana (aquí llamada “mindfulness“) parece producir efectos benéficos -relajación, distanciamiento de los problemas, etc.

Dificultad y efectos del flujo de consciencia
Cualquiera puede atestiguar que el “flujo de consciencia” puede ser peligroso y dar lugar a resultados inesperados y espectaculares. Basta con que lo intente. Tómese una media hora de tiempo libre, vaya a una habitación donde nada ni nadie lo distraiga, recuéstese o siéntese, cierre los ojos (si quiere) y deje su mente en libertad. Limítese a ver qué imágenes o ideas surgen en ella, hacia dónde conduce, sin interrumpirla ni desviarla. Verá lo difícil que es.

Estamos habituados a recorrer un camino bien delimitado y seguro cada vez que pensamos y a reaccionar con un firme “¡no!” cuando nuestra cabeza, ocasionalmente, nos lanza recuerdos o escenas incómodas (molestas, tristes, vergonzosas). “¡No! ¡Yo no puedo estar pensando eso! ¡Yo no soy así!” -suele ser nuestra respuesta automática. Inhibirla trae consigo un costo difícil de afrontar.

Porque sí, en efecto, sí que eres así; sí que piensas en violencia, sexo, muerte, en todo lo horrible y repugnante, en tus momentos más aciagos y terribles -aquellos que has tratado de olvidar o ignorar toda la vida. Cuando sueltas el timón de tu mente ésta se ve atraída casi inexorablemente por los remolinos -casi nunca por las zonas de calma.

Las reacciones inmediatas a este descubrimiento, a la consciencia inescapable de cómo es tu mente y de qué tiende a fanteasear, suelen ser poderosas y dramáticas. El estado de ánimo cambia de repente: ira, dolor, tristeza, ansiedad, asco, se suceden vertiginosamente sin solución de continuidad. Las personas tienen espasmos, se agitan o lloran, se levantan o cubren la cara con las manos. Pueden desmayarse, sudar, tener náusea, hiperventilar… Toda una plétora de eventos que, si la persona no ha sido advertida y el terapeuta no está preparado y no confía en su propia competencia, pueden volverse desastrosos.

La pluma de Dumbo
Esta última frase nos da la pista de lo que la EMDR hace -y una posible explicación de su éxito. El flujo de consciencia es medicina peligrosa pero potentísima; es lo más cercano que existe a la experiencia directa de nosotros mismos y genera cambios sumamente abstractos en la manera en que abordamos la vida. Es, pues, harto eficaz -una vez que se consigue trascender el inmenso dolor inicial. (El Libro Tibetano de los Muertos es, entre otras cosas, una crónica metafórica de este mismo proceso: cada vez que el “muerto” observa algo terrorífico, el libro le dice: “no temas, no huyas; recuerda que todo eso ha sido creado por tu mente, y conseguirás liberarte”).

La EMDR es flujo de consciencia más la pluma de Dumbo. Al ofrecer una conducta sencilla e intrascendente (ver los dedos moviéndose, escuchar ruidos a cada lado, etc.) y convertirla en el centro de la terapia, en el foco de la eficacia, terapeuta y paciente depositan la responsabilidad en un placebo -y se liberan de la ansiedad concomitante; lo cual los pone en la mejor posición para sumergirse en las procelosas aguas de la mente del último. El “principio activo” no son los dedos, los toques ni nada de eso; es la sencillez de ver cómo eres, del ceder el control de la consciencia. Pero los toques y los ruidos tranquilizan al paciente -y, sobre todo, al terapeuta.

(Es decir, una vez más, la técnica sirve para acallar el miedo).

La pluma de Dumbo, pues.

Sólo resta por saber cuánto tiempo tardará la psicología en constatar que es Dumbo, y no la pluma, quien consigue volar; y en devolverle la responsabilidad al terapeuta y a la persona -y quitársela a unos dedos oscilando en el aire, unos zumbidos a derecha e izquierda.

Ilusión de alternativas e historia electoral reciente del Ecuador

Ilusión de alternativas y sufrimiento

Una de las mayores causas del sufrimiento humano -y, a mi juicio, la más importante- es la simplificación de las alternativas, también llamada “ilusión de alternativas”. Consiste en suponer que, ante cualquier situación, no hay más que dos opciones posibles -siempre contrarias. Por ejemplo, atacar o huir; abstenerse o atiborrarse; votar a favor o en contra de alguien, etc.

En psicoterapia, la ilusión de alternativas se emplea para favorecer el cambio del paciente obstruyendo las posibilidades de no cambio: por ejemplo, en vez de preguntar “¿en qué mejorará su vida si esta terapia tiene éxito?” se dice “¿en qué mejorará su vida cuando esta terapia tenga éxito?” Los maestros de la hipnosis ericksoniana la usan continuamente: “¿prefiere que lo hipnotice rápida o lentamente?”, en lugar de “¿quiere, o no, ser hipnotizado?”

Ilusión de alternativas y toma de decisiones

Uno de los resultados de este tipo de pensamiento es el conflicto evitación-evitación (que ha sido tratado en este lugar). En breve, la simplificación de alternativas nos transforma en zombies impulsivos y obstinados, prestos a “resolver” una situación conflictiva haciendo lo primero que se nos pasa por la cabeza -y que en ese momento nos parece “contrario” a la causa del problema. ¿Que odias al candidato gordo, bobo y oligarca? Pues ¡a votar por el joven autoritario y “educado”!

Una vez emplazado en este escenario mental, es muy difícil que alguien consiga abrir sus perspectivas y ver más allá de su nariz. De poco servirá el empeño de sus amigos en demostrarle que hay más de una alternativa; se encerrará en su definición de la situación -y justificará su conducta extrema mediante ejemplos aún más extremos.

Este escenario mental es el que predispone a las personas al suicidio, a la adicción compulsiva, al riesgo y a un sinnúmero de decisiones irreflexivas.

Ahora bien: la consecuencia de toda decisión impulsiva es que siempre nos desdecimos de ella; porque, una vez tomada, el escenario se amplía y las consecuencias se evidencian. Y puesto que lo que intentábamos era escapar de una alternativa que nos parecía la peor y la única, y no estábamos preparados para arrostrar los costos de la que usamos como salida de emergencia, el nuevo escenario nos devuelve al contexto original de la decisión y a esa molesta sensación de “¡ojalá hubiera hecho otra cosa!”

“El menos malo”

Así puede entenderse el devenir político del Ecuador en los últimos diez años. Todas las elecciones nos han conducido a callejones sin salida, a ilusiones de alternativas. Es evidente que ningún candidato, per se, ha gozado del apoyo de una buena parte del electorado. Más bien, su éxito ha sido siempre temporal y concomitante a una elección dicotómica; y el apoyo ha sido un artificio del cerrado contexto de elección. Y eso, porque nunca votamos por el mejor sino por “el menos malo” (en apariencia, al menos).

En primera vuelta, Correa obtuvo un 22% y Noboa un 26%; es decir, un total de 48% del electorado. La otra mitad se repartió entre el resto de opciones. Eso significa que sólo una quinta parte de los ecuatorianos preferían a Correa por encima de todos los demás candidatos posibles. En la segunda vuelta, el 56% votó por Correa y el 43% por Noboa. ¿Acaso un 24% de ecuatorianos se dejaron convencer de repente por las propuestas simplistas, mediáticas y demagógicas de nuestro Presidente?

Lo dudo. Más bien, un 24% prefirió a Correa -porque la única alternativa viable era Noboa, y les parecía repulsivo. Y, como suele suceder, ese 24% se autoconvenció de su acierto -conduciendo al país a esa suerte de euforia colectiva post-electoral y pre-presidencial que nos caracteriza (y que suele durar entre 3 y 6 meses).

Pero, naturalmente, cuando el contexto cambia, la decisión impulsiva se tambalea -y salimos a la calle a defenestrar al Presidente, costumbre que hemos vuelto a adquirir en la última década. A medida que el flamante Presidente hace declaraciones, se enmista con medios y sistema financiero, toma decisiones y aplica medidas que encarecen la propiedad (y por consiguiente el alquiler y la vida en general), ese 24% se vuelve un 20, un 12 y finalmente un 0%. Pero el 26% de Noboa (y el 17% de Gutiérrez, y el 14% de Roldós…) permanecen incólumes. Y se hacen cada vez más atractivos en retrospectiva: “si hubiésemos votado por X, esto no estaría sucediendo…”

De aquí a sentirse “traicionado” por el Presidente electo y a protestar en las calles hay sólo un paso.

Que tomamos, desde luego, colocándonos una vez más, a la larga, en el mismo callejón sin salida de elegir al “menos malo”.

¿Es que no hay salida?

La realidad es que hay más de dos alternativas, casi siempre. Y que este “más” no es el consabido “centro” sino algo totalmente distinto. Así como en la pintura hay más que el rojo y el verde, y un pintor que propusiera “superar el rojo y el verde” mezclándolos quedaría en ridículo, en la política hay más que la izquierda y la derecha, y tratar de combinarlas conduce a la confusión, la contradicción y el caos.

Pero de esto, más adelante…

El canto del cisne

Uno de los más importantes teóricos y psicoterapeutas constructivistas fue Michael Mahoney. A lo largo de sus treinta años en la profesión hizo aportaciones notables a la reflexión sobre la complejidad, la “encarnación” de la experiencia humana, la relación entre emociones y cambio, y muchas otras áreas.

El 31 de mayo del 2006, Michael se quitó la vida.

Debo admitir que ese hecho me dejó pasmado durante algún tiempo. Un hombre tan lleno de esperanza y amor, tan amable y gracioso, alguien que había sido ejemplo para incontables terapeutas de dos generaciones… Simplemente no te puedes creer que alguien así se suicide.

Pero Michael lo hizo. Y dediqué la mitad del año pasado a reflexionar sobre sus motivos y la posición en que su partida nos había dejado.

Sin obtener respuesta alguna.

Un buen día cobré el valor suficiente para leerme su último libro, Psicoterapia Constructiva.

Es lo mejor de él que he leído. Lleno de ternura y respeto, a veces compasión; tan intenso que bordea lo sublime.

Lo cerré, fascinado y transido; y la explicación que había buscado en vano vino a mí de repente.

Era su canto de cisne.

Michael lo había reunido todo al escribirlo: era una ventana abierta a su alma. Un legado de sabiduría y pasión. Tan potente que lo había agotado.

Y con esta respuesta, la posición en que nos encontrábamos era súbitamente meridiana:

Ahora, su legado está en nuestras manos. Es tarea nuestra hacerlo crecer.

El peligro del autoritarismo

Rafael Correa

En un juego competitivo como la política ecuatoriana (al menos así la ven la mayor parte de personas, en medio de su revanchismo y resentimiento socioeconómico), cada jugador debe intentar destruir o al menos inutilizar a los demás. Quizá este aserto nos permita entender las intenciones de un Presidente que, aun antes de instalado, ha empezado a causar polémica, reprimir a los periodistas e inquietar a la opinión pública.

El nuevo Presidente tiene al Congreso en su contra. En consecuencia, su estrategia ideal es polarizar el conflicto, con lo cual crea una plataforma de opinión pública que justifique una potencial disolución del mismo y la convocatoria a Asamblea Constituyente.

Así, matará dos pájaros de un tiro: se deshará de su principal obstáculo y podrá inducir una Constitución casi a su medida -siempre y cuando conserve el (frágil) apoyo popular hasta ese momento.

No esperemos, pues, actitudes conciliadoras de Correa hacia el Congreso: serían, para él, la más riesgosa de las opciones. No esperemos que negocie; en realidad esa nunca fue su intención. Y tiene lógica; pues, en una negociación, llevaría las de perder -dadas sus declaradas intenciones de cambiarlo prácticamente todo.

Lo que sí podemos esperar es que, por un lado, lleve las cosas a un punto de quiebre insoslayable mientras, por el otro, culpa al Congreso y a “los poderes de siempre” del “choque de trenes”.

Pero tendrá poco más de seis meses para ello, hasta que su capital político se agote, la gente empiece a hacerse preguntas y los medios -que ya han empezado a sospechar- se decidan a confrontarlo.

Así, si Correa logra, en este período de gracia, fomentar un conflicto irresoluble con el Congreso, puede alcanzar a convocar una Asamblea Constituyente -e, incluso, hacerse tácita y hábilmente con el control de los tres Poderes del Estado. De lo contrario, puede que el tiro le salga por la culata y que sea él, y no los diputados, quien haya de hacer mutis.

Lo anterior supone, desde luego, un cierto ceteris paribus; esto es, una permanencia de las actuales condiciones económicas y sociales, la más importante de las cuales es el precio del petróleo. Si éste llega a bajar significativamente, el Presidente tendrá preocupaciones mucho más urgentes que atender: el gasto corriente de un Estado gigante y corrupto -y que, a juzgar por las intenciones de Correa, se volverá todavía más glotón.

Esta variable incontrolable puede mover el fiel de la balanza de un momento a otro. Con los maestros, los médicos y los funcionarios pendientes del pago de su sueldo, con un Estado paternalista y empobrecido, pocos Presidentes logran mantener el tipo y seguir convocando a las masas.

Este análisis, sumamente grueso, deja de lado factores económicos y políticos sin duda relevantes. Por ejemplo, la postura de jugadores “ocultos” como el Tribunal Supremo Electoral, a quien el Presidente debería encargar la tarea de redactar y ejecutar la Consulta Popular para iniciar la Asamblea Constituyente. O, más que ninguno, el Tribunal Constitucional, que podría impugnar según qué propuestas o mecanismos de elección o posesión de la Asamblea.

Sin embargo, nos puede dar una pista de las intenciones del actual Presidente.

Y preocuparnos en grado sumo.

Sexo sin emociones y pornografía

Mucha gente cree que se pueden entablar relaciones sexuales sin sentir emociones. Piensan que un one night stand está exento de “ataduras”; que el sexo no necesariamente compromete y que pueden manejar a voluntad sus emociones.

Se equivocan. Lo único que diferencia la experiencia de la sexualidad del ser humano de la de los animales (al menos la mayoría) es que nunca puede no ser “emocional”.

Dimensiones de la experiencia sexual

Las emociones siempre están presentes en cualquier intercambio sexual. El punto es de qué tipo de emociones se trata; y aquí hay, básicamente, dos extremos contrapuestos -e infinidad de puntos intermedios: el espectro de la vivencia sexual humana.

De un lado, la sexualidad puede ocurrir en el contexto del amor o alguna de sus variantes o congéneres: la amistad, el aprecio, la admiración… Todas ellas suponen un reconocimiento básico y una valoración positiva de la vida del otro. En estos casos, el acto sexual es una suerte de celebración mutua de la existencia; una celebración que, a lo que parece, sólo los seres humanos podemos alcanzar (y sólo de vez en cuando).

Del otro lado, la sexualidad puede darse acompañada de un despliegue de dominio y poder; el paradigma es el sexo del cine pornográfico, donde los amantes casi nunca se acarician ni besan y se mantienen a la mayor distancia física posible tanto para facilitar las tomas cuanto para enfatizar su desapego.

Rituales pornográficos

Tengo la impresión de que las recurrentes características del sexo pornográfico no se deben exclusivamente a las demandas del director o a la necesidad de “quedar bien” en cámara. Orquestan, más bien, un ritual sumamente estricto y demarcado para hacer hincapié en el aspecto dominante de la sexualidad humana -en la manera en que ésta forma parte no del amor sino del poder o la fuerza.

Ante todo, la exageración que prima en los gestos y diálogos que se suscitan en medio del sexo y que los hacen ficticios y sobreactuados. Como dice Gloria Swanson en Sunset Boulevard: “We didn’t need dialog. We had faces“. Rostros que intentan convencernos de que no sólo lo están disfrutando sino que es sin lugar a dudas el mejor sexo de sus vidas (hasta la próxima película). Lo cual se desprende, claro, de que por más “real”, “bestial” o “natural” que sea el sexo son actores quienes lo practican: no sólo se comunican entre sí sino sobre todo con el potencial espectador. Y es a él a quien se dirige tanta brutal elocuencia.

Y luego, la secuencia de prácticas: fellatio, cunnilingus, penetración en diversas posturas (a cuál más estrambótica) y eyaculación en la cara de la mujer. No sé de ningún estudio que compare las frecuencias de estas diversas escenas en las películas pornográficas; pero me parece que, por ejemplo, cuando en este cine la mujer practica el sexo oral al hombre éste se halla casi siempre de pie y ella de rodillas, mientras que el caso inverso es mucho menos habitual. Y la eyaculación, desde luego, remite clarísimamente al marcado territorial mamífero; a lo que se añade la humillación de hacerlo en el rostro.

Todo lo cual permite conjeturar que el ritual minimiza la posibilidad de proximidad afectiva entre los actores; que sirve, entre otras cosas, para impedir que sientan algo el uno por el otro que no sea el deseo de imponerse o demostrar su masculinidad exhuberante o su femineidad inagotable.

Lo que no quiere decir que sean “malas personas”: únicamente que, en esos contextos, vivencian el sexo en términos de poder y no de cercanía. Me imagino que muchos de ellos se mofan de la artificialidad de su trabajo.

No se trata, obviamente, de satanizar la pornografía, sino de entenderla.

Dominación y masculinidad: el sexo sin ataduras como mantenimiento de la identidad

Esto también ocurre entre los mamíferos. Para demostrar su dominancia, el perro alfa “montará” breve y alegóricamente a un perro de menor jerarquía; porque, mientras lo monta, lo mantiene indefenso y bajo su control. Es una forma incontrovertible de exhibir, y a la vez fortalecer, su posición en el pecking order.

Pero en este caso, no es el sexo lo importante sino la dominación; o, mejor dicho, la identidad que se establece o sostiene a través del acto sexual.

Por ende, el sexo nunca puede hacerse ascépticamente: siempre está plagado de emociones. Y siempre compromete; en ocasiones con el otro y muchísimas veces con uno mismo y la imagen de “masculinidad” o “femineidad” que se quiere mantener: “soy tan hombre/mujer que atraigo a quien quiero”, por ejemplo.

La excusa de la “satisfacción de necesidades”

La explicación común para el sexo sin ataduras (y mientras más desconocidos mejor) es que sirve para “satisfacer una necesidad natural con el mínimo de compromiso y problemas”. Sin embargo, tengo la sensación de que alguna gente que lo practica lo vivencia de otra forma -al menos durante un tiempo. Porque parecen embarcados en una búsqueda sin término de nuevas experiencias y compañeros sexuales; en cuyo caso, la necesidad que intentan satisfacer no es solamente la de tener sexo sino la de nunca repetirse. Y se trata de una “necesidad” completamente distinta del mero prurito animal; una necesidad plenamente humana.

Pensemos en otra necesidad básica, la de comer. Para satisfacerla bastaría con comer siempre lo mismo; la variedad no se deriva de la necesidad en sí misma, del “instinto”, sino de la búsqueda de placer.

Pero tampoco es eso únicamente. Nadie va por ahí contando con orgullo el número de bifes de chorizo y langostas que se ha comido; mientras que muchas personas hacen gala del número de gente con los que se han acostado. Porque lo primero no tiene ningún efecto sobre la identidad mientras que lo segundo le es imprescindible. Máxime en una cultura que funda el valor de la gente en su atractivo físico y que admite la simplona ecuación “mayor atractivo = mayor número de conquistas”.

El placer de dominar y el placer de querer, y “quién soy yo en todo esto”

Es posible, en consecuencia, que el “placer” sexual pueda estar teñido o bien de dominación (y, por tanto, engrandecimiento del propio yo a costa del otro) o bien de aprecio (y, por tanto, engrandecimiento de todos los involucrados). Y que estos tintes sean detectables y diferenciables por medio de la comparación entre diversas experiencias sexuales.

Que la persecución de la variedad obedezca no a la satisfacción de una necesidad o a la exploración de un placer sino al mantenimiento de una identidad relativamente frágil fundada en el poder o el dominio; y que el sexo sea tan importante para los seres humanos porque se vincula íntimamente con la identidad, con el “¿quién soy yo?”

Una conclusión demasiado moralista, me parece.

Pero sin duda sugerente.