¿Qué es un fantasma?

Todavía no, pequeño: todavía no

Un fantasma no es alguien, ni algo; es sencillamente un instante de supremo dolor, de insoportable injusticia, en el que el universo se pone de cabeza y lo poco que de humano queda en él clama por una reparación. Un fantasma es un momento que retorna en otros momentos; no es un alguien, ni un algo.
O es tan un algo como puede serlo un vacío, un agujero, una pérdida, una nada, una canción que nunca alcanza el clímax.

Más aún: la vida es una serie de fantasmas. O lo es cuando permites que lo sea -cuando dejas que aquel momento singular se repita, una vez y otra, sin descanso. Tú respiras, comes, hablas -pero ya estás muerto. Eres un fantasma, una cáscara vacía y frágil, un niño llamando a una puerta que ya nunca se abrirá.

Conque detente -inspira -mírate bien. Puede que seas un fantasma -y puede que no lo sepas.

Una Historia China de Fantasmas

La Dama que llevó el Alma

Los profanos jamás conocieron el verdadero final de la historia.
Más de un siglo después de la boda con el señor Ya-no-cano, Helen agonizaba feliz, pues su amado navegante estaba con ella. Helen creía que si habían podido vencer el espacio también podrían vencer la muerte.
La mente de Helen, afectuosa, dichosa, agotada, moribunda, se nubló durante un segundo y volvió sobre el tema del que habían hablado durante décadas.
-Tú viniste a El Alma -insistió-. Me acompañaste cuando yo estaba confundida y no sabía manejar el arma.
Si fui entonces, mi amor, iré de nuevo, dondequiera que estés. Tú eres todo lo que tengo, mi verdadero amor. Tú eres la Dama más valiente, el navegante más osado. Eres mía. Navegaste por mí. Eres mi dama, la Dama que llevó el Alma.
La voz se le quebró, pero el rostro del señor Ya-no-cano no perdió la calma. Nunca había visto a una persona que muriera tan confiada y feliz.

Cordwainer Smith, The Lady who Sailed the Soul

Más allá de las palabras

Sueño, de Gustave Courbet

La visión

Cuando la vida de los hombres va perdiéndose,
Como una lejanía donde resplandeciera el tiempo de los sarmientos,
Vacía contémplase la campiña del Verano,
Con oscura imagen el bosque aparece.

Que la Naturaleza termine la imagen de los tiempos,
Que se demore, hasta alcanzar
La perfección, y que la cima de los cielos
Para los hombres brille, como árboles de flores estallantes

Friedrich Hölderlin

Tiende un puente a tu infancia

Es curiosa, la memoria. Recuerdo con atroz claridad la portada del libro donde, hace tanto tiempo, leí ciertas estremecedoras palabras. Era azul, casi celeste, áspera y rígida; todavía hoy la conjunción de estas características suscita algo en mí –algún oculto significado que se aleja de lo decible.

Estas eran las palabras que me aterrorizaban:

LXXII
El año mil novecientos noventa y nueve siete meses
Del cielo vendrá un gran Rey del Terror
A resucitar al gran Rey d’Angoumois
Antes y después, reinará Marte, por ventura.

Michel de Nostredame

Sí: es una cuarteta de las Centurias de Nostradamus, hoy en desuso pero antaño muy famosas.
(Y sí: leí mucha basura cuando niño. Qué le vamos a hacer…)

Siempre pensé que la mejor parte eran las dos primeras cuartetas:

I
De noche, sentado y en secreto estudio.
Tranquilo y solo, en la silla de bronce:
Exigua llama saliendo de la soledad,
Hace prosperar lo que no debe creerse en vano.

II
La vara en la mano entre los sacerdotes de Apolo
Por la onda bañada la orla y el pie:
Un miedo y una voz vibran por las mangas:
Esplendor divino. El divino se sienta a mi lado

La imagen del mago, en solitaria reflexión, ataviado con una túnica azul oscuro, de mangas anchas y flotantes; su estudio, atiborrado de enigmáticos instrumentos -el trípode, la vela, una vara dorada; afuera, medianoche, el viento azotando sin tregua y la luna medio envuelta en nubes… Recargado, quizá, pero poderoso -¿no es en esta actitud que Poe retrata al protagonista de The Raven? ¿Y no empieza de este modo el Fausto de Goethe?

Mas dejémoslo, ¡no importa! Hoy sé que estas palabras, en el fondo, destilaban agua de otras fuentes: mi temor al mañana, una vaga inquietud, el desconocimiento del mundo exterior y la falta de confianza.

De todas formas, ayer, al encontrarlas por casualidad, me estremecí.
Y tendí un pequeño puente hacia mi propia infancia.

Gracias por ser comprensible

Estaba ya en tercer año, creo –no, era en cuarto; en una clase aburrida e inevitable. Decía uno de nuestros profesores más admirados (y más snob):

Lo que se dice fácil, poco valor puede tener.

Yo no lo admiraba. Es más: lo ignoraba, activa y ostentosamente. (No era tan difícil: de todas formas, ¡nadie lograba entenderlo! Y para colmo de males, era lacaniano -o “postlacaniano”, ¡puaj!)

Hoy no lo ignoraría; al menos, no ostentosamente. Pero sigo pensando que ésta, su frase lapidaria, es una estupidez.
Porque no hace falta ser oscuro para ser profundo, ni ser enigmático para alcanzar la trascendencia.

En efecto: muchas veces, la oscuridad es resultado de la incapacidad para discernir la médula de lo que se intenta transmitir (o, lo que es peor, del deseo de ocultar su miseria bajo el manto de lo impenetrable).
Las ideas que revolucionan el mundo son, sin excepción, simples –pero extremadamente fértiles. Es su misma simplicidad lo que dificulta su comprensión -y lo que les permite desplegar un mágico sinfín de facetas.

Todo esto no obsta para que el camino de su formulación pase por un valle de oscuridad preñado de obstáculos donde la gramática y la sintaxis sufren y desesperan. Uno no sabe cómo decir algo que de alguna manera pugna por ser dicho; hace repetidas pruebas, ora en una dirección, ora en otra, sin resultado aparente –hasta que se obra el milagro y da con la forma adecuada.

Forma invariablemente simple: este señor es la demostración palpable.

Kevin Smith

En sólo cinco películas, Kevin Smith ha creado un universo complejo y autosuficiente de escenas absurdas, chistes bizarros e ideas profundas y conmovedoras.

Mi preferida es Clerks; pero Dogma no le va a la zaga -y tampoco Chasing Amy.

El amor, la lealtad, los dilemas morales, el miedo, la vergüenza, los estereotipos de género, la religión católica, Dios y el destino… todo esto y más, salpimentado con tramas transparentes, ágiles y divertidas. Nada de esnobismo ni de oscuridad voluntaria; solamente ideas, poderosas y humildes.

Gracias, Kevin Smith, por explicar la naturaleza de la vida de forma tan apetecible, amena y diáfana.

Addendum
Luego de leer esto y esto, de comenzar con esto y de recordar -y releer- lo que afirma Popper en su autobiografía intelectual acerca de la precisión como valor per se y de la teoría emotivista del arte, estoy en condiciones de perfeccionar el dictum anterior.

No es la oscuridad lo que deploro, sino la oscuridad voluntaria: el hermetismo típico de los alquimistas, los lacanianos y derridianos y la creciente masa de malestudiosos de la sociedad, endogámicos y altivos, que mezclan retazos de Heidegger, Lacan, Derrida y Foucault con postulados revolucionarios, provocadores -y vacuos.
Paralelamente, no aprecio la claridad como tal, sino el esfuerzo por clarificar la expresión de un pensamiento -que acarrea, casi siempre, una mejor comprensión del mismo.
(Porque tal comprensión estriba ante todo en aquilatar sus consecuencias. “Nunca sabemos de lo que estamos hablando”: una frase no de Derrida, sino de Popper -pero también, o casi, de Peirce, de Chuang-Tsé y Lao-Tsé y del Buddha).

Conque no es sólo que “las ideas que revolucionan el mundo son, sin excepción, simples”; es que reducirlas a la sencillez es una tarea hercúlea.
Que nunca se ejecuta por sí misma, sino en función del valor intrínseco de la idea.

La obsesión por la forma en detrimento del fondo: he aquí lo que más aborrezco.

Nadie sabrá que nos hemos ido

Vendrán Lluvias Suaves, de Ray Bradbury

There Will Come Soft Rains

There will come soft rains and the smell of the ground,
And swallows circling with their shimmering sound;

And frogs in the pools singing at night,
And wild plum trees in tremulous white;

Robins will wear their feathery fire,
Whistling their whims on a low fence-wire;

And not one will know of the war, not one
Will care at last when it is done.

Not one would mind, neither bird nor tree,
If mankind perished utterly;

And Spring herself, when she woke at dawn
Would scarcely know that we were gone.

Sara Teasdale

Variaciones sobre un tema de la Biblia

O de muchas otras tradiciones.
(Por cierto: si llegas hasta el final encontrarás un enigma).

En el Precipicio

Hay un delicioso cuento zen que dice así:

Había una vez un hombre que intentaba atravesar una selva. De repente, un tigre, salvaje y sangriento, se abalanzó sobre él. El hombre echó a correr -con tan mala pata que terminó al borde de un terrible precipicio. Sin pensarlo dos veces, se descolgó por un arbusto que coronaba el despeñadero. No había terminado de dar un suspiro de alivio cuando vio que dos ratoncitos mordisqueaban las raíces del arbusto. Pero algo más llamó su atención: una fresa silvestre, grande y apetitosa, al alcance de su mano. La tomó y se la metió en la boca: ¡jamás había probado nada tan delicioso!

Lo mejor del relato es que, a lo que parece, no termina aquí. Se dice que Thomas Cleary atribuyó esta versión reducida a D. T. Suzuki, quien la modificó para hacerla más asequible a los oídos occidentales.
En el relato original, la dulce fresa silvestre era también venenosa.

Satanás zahiriendo a Job, de William Blake

Según la Biblia, Job era un hombre piadoso e íntegro que seguía al pie de la letra el decálogo de su religión. Estaba muy orgulloso de su bondad y su temor de Dios -y de las recompensas que Él le había dado para demostrarlo: “le habían nacido siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas… Este hombre era el más grande de todos los orientales”. (Job, 1:2).
Un buen día, Dios se jacta de él ante Satanás, que, con inusitada penetración, responde:

“¿Es que Job teme a Dios desinteresadamente? ¿No has levantado una valla en torno de él, de su casa y de sus posesiones?… Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes. ¡Verás si no te maldice a la cara!” (Job, 1:10).

Dios acepta la apuesta; le quita su fortuna, sus hijos, su mujer, su salud. Job, por primera vez, padece las penas que, según él, estaban reservadas a los injustos. Abatido, Lo increpa:

“Retira de mí tu mano, y no más me espante tu terror.
Luego interrógame, y yo responderé; o bien hablaré yo, y tú responderás.
¿Cuántos son mis pecados y mis culpas? Hazme saber mi ofensa y mi pecado.
¿Por qué ocultas tu rostro y me tienes por enemigo tuyo?” (Job, 13:21)

Ha descubierto algo funesto para su economía moral: Dios no lleva bien las cuentas. Siempre ha sido “bueno” –según la obtusa noción de que “cumplir los mandamientos equivale a ser bueno”; debería gozar de un inmenso crédito en los libros del Paraíso y, en cambio, se debate en la miseria. Los “impíos”, por contra, los que decían a Dios: “¡Lejos de nosotros, no nos place conocer tus caminos!”, medran y procrean sin obstáculos. ¡El contable divino hace trampas!
Y entonces, en el límite de sus fuerzas, Dios se presenta en toda su magnificencia:

Entonces Yavé respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:
“¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas?
Ciñe tus lomos como un héroe: ¡yo te interrogaré, y me instruirás!
¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? ¡Habla, si es que sabes tanto!…
¿Conoces la época en que crían las rebecas? ¿Has observado a las ciervas en el parto?
Se acurrucan y paren a sus hijos, depositan su camada;
Son vigorosas sus crías, crecen libres en el desierto, se les van y no vuelven más a ellas”. (Job, 38:1ss)

Sócrates, el partero

En uno de sus más conocidos diálogos, el Menón, Platón expone su celebérrima teoría del conocimiento como reminiscencia (anamnesis; más propiamente, “pérdida del olvido”) saliendo al paso a una objeción de Menón -una típica paradoja sofista:

Menón: ¿Y de qué manera vas a investigar, Sócrates, lo que no sabes en absoluto qué es? Porque, ¿qué es lo que, de entre cosas que no sabes, vas a proponerte como tema de investigación? O, aun en el caso favorable de que lo descubras, ¿cómo vas a saber que es precisamente lo que tú no sabías?
Sócrates: Ya entiendo lo que quieres decir, Menón. ¿Te das cuenta del argumento polémico que nos traes, a saber, que no es posible para el hombre investigar ni lo que sabe ni lo que no sabe? Pues ni sería capaz de investigar lo que sabe, puesto que lo sabe, y ninguna necesidad tiene un hombre así de investigación, ni lo que no sabe, puesto que ni siquiera sabe qué es lo que va a investigar.

Pero Sócrates no se contenta con describirla; pretende demostrarla de manera palpable y contundente (y burlarse un poquito del pobre Menón):

Menón: Sí, Sócrates; pero, ¿qué quieres decir con eso de que no aprendemos, sino que lo que llamamos aprendizaje es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que eso es así?
Sócrates: Ya antes te dije, Menón, que eres astuto, y ahora me preguntas si puedo enseñarte yo, que afirmo que no hay enseñanza, sino recuerdo, para que inmediatamente me ponga yo en manifiesta contradicción conmigo mismo.
Menón: No, por Zeus, Sócrates, no lo he dicho con esa intención, sino por hábito; ahora bien, si de algún modo puedes mostrarme que es como dices, muéstramelo.
Sócrates: Pues no es fácil; y, sin embargo, estoy dispuesto a esforzarme por ti. Pero llámame de entre esos muchos criados tuyos a uno, al que quieras, para hacértelo comprender en él.

Acto seguido, por medio de un interrogatorio sumamente ingenioso (y un tanto ilusorio), Sócrates lleva al esclavo a “recordar” el teorema de Pitágoras, comprobando así su teoría. Mas para que tal “recuerdo” surja debe primero despejarse el camino de la traba del falso saber -cosa que Sócrates hace induciendo al esclavo a seguir su propia e ingenua lógica hasta caer en contradicción. En este punto espeta:

Sócrates: ¿Ves, Menón, qué avances ha hecho el esclavo en el camino de la reminiscencia? No sabía al principio cuál era la línea con que se forma el espacio de ocho pies, como no lo sabe ahora; pero antes creía saberlo, y respondió con confianza como si lo supiese; y no creía ser ignorante en este punto. Ahora reconoce su embarazo, y no lo sabe; pero tampoco cree saberlo… ¿No está ahora en mejor posición, al conocer su ignorancia, respecto de la cosa que él ignoraba?… Si lo he hecho dudar… ¿le hemos hecho algún daño?

Menón: Yo pienso que no.

Sócrates: Por el contrario, le hemos ayudado en algún grado, a mi parecer, en el descubrimiento de la verdad; y ahora él deseará remediar su ignorancia, mientras que antes él hubiera dicho con gran desenfado, delante de todo el mundo y creyendo explicarse perfectamente, que el espacio doble debería tener un lado doble.

El Enigma

Pues bien -y ahora viene el enigma:
¿qué tienen en común estos tres relatos?