Una sola pregunta

María, la Nube

Al final, la respuesta es más sencilla de lo que creíste. Pero, de algún modo, ya conocías la pregunta.

Porque eso era tu vida: el intento, a veces torpe, a veces magnífico, de formular una sola y fascinante pregunta.
Tan amplia que te llevó décadas; tan bella que disfrutaste cada segundo.

Tan atroz que hubieses matado por ella.

O entregado tu alma sin vacilar.

Ah, amor, amor: sólo se rompe cuando estás enamorado.
Harry Dobbs, Le Passager de la pluie, de René Clément

Entre la cal y la arena

A veces haces cosas que no entiendes.
Cosas que nacen de ti, sin explicación ni lógica, insospechada, incoherentemente. Cosas no necesariamente malas; pero siempre incómodas, incomprensibles, inasibles.

Más aún: de su misma impenetrabilidad se deriva su incomodidad, más próxima a la estupefacción que a la vergüenza o la culpa. De repente te distancias de ti mismo; otro, un perfecto desconocido, te saluda sonriendo aviesamente. Pero ese otro eres .

¿Por qué lo has hecho? Y ahora que lo has hecho, ¿ha sido tan malo? ¿O tan bueno? Sólo sabes que no estás a gusto; y, lo que es peor, que alguien tampoco lo está –tal vez por tu causa. ¿O no?

Son cosas como éstas las que masticas, año tras año, en espera de la iluminación.

Adam Smith

Comparados con el desprecio de la humanidad, todos los demás males son fáciles de soportar.
Adam Smith

En su propio terreno

Nadie es profeta en su tierra.

Esto dijo Jesucristo. O se supone; en estas cosas no cabe la certeza -al menos, no una natural.

Bueno, no dijo exactamente esto: más bien algo como “sólo en su propia tierra es despreciado el profeta”. (Mt, 13:56; Mc, 6:4; Lc, 4:24). Pero, para el caso, la primera frase basta.

Porque es errónea.

No hace falta devanarse los sesos para comprender que sólo en su propia tierra tiene lugar un profeta. Y no tanto porque necesiten de él (como el mismo Cristo admitía, de nada sirve predicar a los creyentes) cuanto porque él necesita de ellos. La función del profeta es llamar al arrepentimiento, devolver a los infieles al buen camino; lo cual requiere, evidentemente, que se hayan apartado de él en primer lugar.

Con lo que caemos en la paradoja. El profeta, egregio heredero del Bien, tiene únicamente sentido en un medio podrido y malevolente: la Virtud se nutre del Pecado.

Así pues, cuando el Pecado se expía, ¿a dónde huye la Virtud?

Los Infortunios de la Virtud

Naturalmente, el propio profeta no es –ni puede ser– consciente de esto. Su vida es simple, líquida y segura: tanto como la mosca y la araña, la luz y la polilla. Gravita en torno a una pregunta, una sola –urgente, inexpugnable y abrasadora:

¿Por qué no lo ven?

Otros días, otros ojos

Corría un viento frío, cargado de humedad; de esos que te empapan sin decírtelo. Caminamos perezosamente hacia un tosco banco de madera emplazado en un risco. Me asomé –la caída era inmensa, terrible. Ella se sentó con su habitual elegancia, al tiempo estudiada y espontánea.

Entre el asiento y el despeñadero mediaba menos de un palmo. Me puse a su lado, nervioso; nunca me han gustado las alturas. Ella, impávida, se comía el paisaje a dentelladas.
La humedad se transformó en bruma, la bruma en niebla. A los diez minutos no podíamos ver nuestros propios pies; pero intuíamos el vacío sobre el que se alzaban -su perversa y fascinante atracción. Rodeados de una luz palpable, juguetona y glacial, del susurrar del viento que acariciaba el risco y los graznidos de sus transeúntes, éramos felices. O lo era ella; yo tenía miedo, miedo de caer a la sima –o en sus brazos. El universo nos pertenecía: pues nadie más había para compartirlo.

-Así fue la Creación –me dijo, extática, sin volver la cabeza– Podríamos ser los primeros hombres en la tierra.
-O los últimos –repliqué sin pensarlo.

En ese momento comprendí que esa frase condensaba todo lo que de distinto había entre nosotros.

Morte d’Arthur

Then loudly cried the bold Sir Bedivere:
“Ah! my Lord Arthur, whither shall I go?
Where shall I hide my forehead and my eyes?

For now I see the true old times are dead,
When every morning brought a noble chance,
And every chance brought out a noble knight.
Such times have been not since the light that led
The holy Elders with the gift of myrrh.
But now the whole ROUND TABLE is dissolved
Which was an image of the mighty world;
And I, the last, go forth companionless,
And the days darken round me, and the years,

Among new men, strange faces, other minds.”

Alfred, Lord Tennyson