Somos los mismos, tan sólo hemos cambiado

La reencarnación siempre se malinterpreta. No consiste, ni de lejos, en pasar de un cuerpo a otro a lo largo de los siglos; esta imagen –almas tibias, lívidas y desvaídas que se reciclan una y otra vez– es tan triste como ingenua.

La teoría vulgar de la reencarnación

No consiste en convertirse en animal o vegetal: ¡flaco favor que le haríamos a la Naturaleza!

No. No tiene nada que ver con la conservación de esa mísera y maravillosa porción de la consciencia a la que llamas “yo” –los recuerdos que atesoras y acaricias, la aventura que tejes a partir de ellos y con la que sueles confundirte.

No. La doctrina budista es clara e inequívoca. No eres quien reencarna, sino la vida. El Universo se reencarna contigo -y en ti. Como la llama de la vela, que puede pasar a otra justo antes de apagarse. No es la misma llama; pero sigue siendo fuego.

Mas la reencarnación existe, y es enigmática –e incontrastablemente metafísica. La pregunta no es “¿cómo renacen las almas luego de morir?” sino “¿cómo reencarno yo, momento a momento, día tras día, año tras año?”

El Teatro de la Memoria

La verdadera reencarnación, el milagro cotidiano y trascendente, te deja sin aliento y azorado ante la grandeza de lo Inefable: el flujo perenne e incesante de lo que llamamos memoria.

¿Lo dudas? Hazte una sola pregunta: ¿qué pasaría si despertases una mañana y no recordases tu nombre?

Un pequeño y delicioso milagro

Ominoso, delicado y abrumador, hermético y maleable: seguimos siendo los mismos, tan sólo hemos cambiado.

Shakespeare, siempre Shakespeare

Tony Leung, el asesino

Una biblioteca, ventanas amplias y luz difusa. Un matón de traje y corbata se abre paso –corte a su mano, que sostiene un pañuelo con el que empuja el torno de la entrada. Camina por el pasillo, sin prisas –corte al rótulo de una larga estantería: “400 – Literature”. Primer plano de su dedo deslizándose por los lomos de los libros; se detiene en el segundo de tres volúmenes, marrón oscuro. Lo toma y se dirige a una mesa cuyo ocupante lo mira desconcertado –detalle del libro que cae con un estruendo. Se sienta y lo abre, página a página, sin leerlo –plano del asustado rostro del otro. “¿Por qué nos traicionaste?” –“le debo una explicación…” Primer plano del alegre asesino: “sí, sin duda” –corte a su mano que pasa una página del libro dejando al descubierto la pistola que se oculta en su interior. La toma y dispara a bocajarro en medio de los ojos –plano de la cara que se desploma y de la sangre que fluye incontenible. Regresa la pistola a su escondite, recoge el libro y se marcha.

Aún no sabes nada –quién es, a quién ha matado y por qué, para quién trabaja. A la larga, lo comprendes.
Pero eso es lo de menos: hay un detalle crucial y abrasador.

Se trata –luego lo averiguamos– del segundo tomo de las obras completas de Shakespeare.

Tony, Chow Yun-Fat y John Woo, en Hard Boiled

A quien –dicho sea de paso– me muero de ganas de volver a leer.

¿Qué es un fantasma?

Todavía no, pequeño: todavía no

Un fantasma no es alguien, ni algo; es sencillamente un instante de supremo dolor, de insoportable injusticia, en el que el universo se pone de cabeza y lo poco que de humano queda en él clama por una reparación. Un fantasma es un momento que retorna en otros momentos; no es un alguien, ni un algo.
O es tan un algo como puede serlo un vacío, un agujero, una pérdida, una nada, una canción que nunca alcanza el clímax.

Más aún: la vida es una serie de fantasmas. O lo es cuando permites que lo sea -cuando dejas que aquel momento singular se repita, una vez y otra, sin descanso. Tú respiras, comes, hablas -pero ya estás muerto. Eres un fantasma, una cáscara vacía y frágil, un niño llamando a una puerta que ya nunca se abrirá.

Conque detente -inspira -mírate bien. Puede que seas un fantasma -y puede que no lo sepas.

Una Historia China de Fantasmas

La Dama que llevó el Alma

Los profanos jamás conocieron el verdadero final de la historia.
Más de un siglo después de la boda con el señor Ya-no-cano, Helen agonizaba feliz, pues su amado navegante estaba con ella. Helen creía que si habían podido vencer el espacio también podrían vencer la muerte.
La mente de Helen, afectuosa, dichosa, agotada, moribunda, se nubló durante un segundo y volvió sobre el tema del que habían hablado durante décadas.
-Tú viniste a El Alma -insistió-. Me acompañaste cuando yo estaba confundida y no sabía manejar el arma.
Si fui entonces, mi amor, iré de nuevo, dondequiera que estés. Tú eres todo lo que tengo, mi verdadero amor. Tú eres la Dama más valiente, el navegante más osado. Eres mía. Navegaste por mí. Eres mi dama, la Dama que llevó el Alma.
La voz se le quebró, pero el rostro del señor Ya-no-cano no perdió la calma. Nunca había visto a una persona que muriera tan confiada y feliz.

Cordwainer Smith, The Lady who Sailed the Soul

Más allá de las palabras

Sueño, de Gustave Courbet

La visión

Cuando la vida de los hombres va perdiéndose,
Como una lejanía donde resplandeciera el tiempo de los sarmientos,
Vacía contémplase la campiña del Verano,
Con oscura imagen el bosque aparece.

Que la Naturaleza termine la imagen de los tiempos,
Que se demore, hasta alcanzar
La perfección, y que la cima de los cielos
Para los hombres brille, como árboles de flores estallantes

Friedrich Hölderlin