Entre la cal y la arena

A veces haces cosas que no entiendes.
Cosas que nacen de ti, sin explicación ni lógica, insospechada, incoherentemente. Cosas no necesariamente malas; pero siempre incómodas, incomprensibles, inasibles.

Más aún: de su misma impenetrabilidad se deriva su incomodidad, más próxima a la estupefacción que a la vergüenza o la culpa. De repente te distancias de ti mismo; otro, un perfecto desconocido, te saluda sonriendo aviesamente. Pero ese otro eres .

¿Por qué lo has hecho? Y ahora que lo has hecho, ¿ha sido tan malo? ¿O tan bueno? Sólo sabes que no estás a gusto; y, lo que es peor, que alguien tampoco lo está –tal vez por tu causa. ¿O no?

Son cosas como éstas las que masticas, año tras año, en espera de la iluminación.

Adam Smith

Comparados con el desprecio de la humanidad, todos los demás males son fáciles de soportar.
Adam Smith

En su propio terreno

Nadie es profeta en su tierra.

Esto dijo Jesucristo. O se supone; en estas cosas no cabe la certeza -al menos, no una natural.

Bueno, no dijo exactamente esto: más bien algo como “sólo en su propia tierra es despreciado el profeta”. (Mt, 13:56; Mc, 6:4; Lc, 4:24). Pero, para el caso, la primera frase basta.

Porque es errónea.

No hace falta devanarse los sesos para comprender que sólo en su propia tierra tiene lugar un profeta. Y no tanto porque necesiten de él (como el mismo Cristo admitía, de nada sirve predicar a los creyentes) cuanto porque él necesita de ellos. La función del profeta es llamar al arrepentimiento, devolver a los infieles al buen camino; lo cual requiere, evidentemente, que se hayan apartado de él en primer lugar.

Con lo que caemos en la paradoja. El profeta, egregio heredero del Bien, tiene únicamente sentido en un medio podrido y malevolente: la Virtud se nutre del Pecado.

Así pues, cuando el Pecado se expía, ¿a dónde huye la Virtud?

Los Infortunios de la Virtud

Naturalmente, el propio profeta no es –ni puede ser– consciente de esto. Su vida es simple, líquida y segura: tanto como la mosca y la araña, la luz y la polilla. Gravita en torno a una pregunta, una sola –urgente, inexpugnable y abrasadora:

¿Por qué no lo ven?

Otros días, otros ojos

Corría un viento frío, cargado de humedad; de esos que te empapan sin decírtelo. Caminamos perezosamente hacia un tosco banco de madera emplazado en un risco. Me asomé –la caída era inmensa, terrible. Ella se sentó con su habitual elegancia, al tiempo estudiada y espontánea.

Entre el asiento y el despeñadero mediaba menos de un palmo. Me puse a su lado, nervioso; nunca me han gustado las alturas. Ella, impávida, se comía el paisaje a dentelladas.
La humedad se transformó en bruma, la bruma en niebla. A los diez minutos no podíamos ver nuestros propios pies; pero intuíamos el vacío sobre el que se alzaban -su perversa y fascinante atracción. Rodeados de una luz palpable, juguetona y glacial, del susurrar del viento que acariciaba el risco y los graznidos de sus transeúntes, éramos felices. O lo era ella; yo tenía miedo, miedo de caer a la sima –o en sus brazos. El universo nos pertenecía: pues nadie más había para compartirlo.

-Así fue la Creación –me dijo, extática, sin volver la cabeza– Podríamos ser los primeros hombres en la tierra.
-O los últimos –repliqué sin pensarlo.

En ese momento comprendí que esa frase condensaba todo lo que de distinto había entre nosotros.

Morte d’Arthur

Then loudly cried the bold Sir Bedivere:
“Ah! my Lord Arthur, whither shall I go?
Where shall I hide my forehead and my eyes?

For now I see the true old times are dead,
When every morning brought a noble chance,
And every chance brought out a noble knight.
Such times have been not since the light that led
The holy Elders with the gift of myrrh.
But now the whole ROUND TABLE is dissolved
Which was an image of the mighty world;
And I, the last, go forth companionless,
And the days darken round me, and the years,

Among new men, strange faces, other minds.”

Alfred, Lord Tennyson

Cuento con moraleja

El cuento
Imagínate que te encuentras con Dios y te dice: “mira, hijo, aquí tienes las llaves del paraíso. Pasa y ponte cómodo; estás en tu casa”.
Supongo que nadie dudaría un segundo en aceptar la propuesta; es más, ni siquiera se les ocurriría pensar que hay margen para la duda. Lo harían, y listo.

Pero ¿y si tuvieras la firme convicción de que en tu interior mora una serpiente –la misma que tentó a Eva? ¿De que al poner un pie en el Edén sembrarías las semillas de su destrucción?

¿Entrarías al paraíso, a pesar de todo?

La moraleja
Yo no lo haría. No lo hice.
Lo que hice fue abdicar del paraíso y lanzarme a la caza de la serpiente. Y la he acechado durante años, noche y día, sin descanso.

Sólo para descubrir que ella también me ha acechado a mí. Pues el milenario chiste de la rata y el conductista es terriblemente acertado: “tengo a mi experimentador completamente condicionado”, dice la rata a una amiga; “me da comida cada vez que aprieto una palanca”.

El desenlace
Ahora he abandonado la caza -porque es como cazar tu propia sombra. Y he encontrado otros paraísos, menos fantásticos, más terrenales. La serpiente sigue viva; más aún, se fortalece hora tras hora.

Y yo con ella.

The Story in your Eyes

I’ve been thinking about our fortune
And I’ve decided that we’re really not to blame
For the love that’s deep inside us now
Is still the same.

The Moody Blues

Plagado de estrellas

Cada persona es un universo, una noche plagada de estrellas, un océano de arena y cristal.

Y tú corres y das vueltas, a trompicones, y contemplas un cielo tras otro y tras otro;

Sin dejar de sorprenderte, de conmoverte y de temblar hasta las lágrimas

Por el milagro, la maravilla,
El placer, el miedo,
La pasión, el desenfreno,
El ansia, el reposo,
La sed y la agonía

Del enigma de estar vivo.

Who’s Gonna Ride your Wild Horses

You’re an accident waiting to happen,
You’re a piece of glass left in a beach.

U2

Árboles, tres

Prólogo

John Boorman

Hace muchos años, John Boorman dirigió dos películas que siempre me han apasionado: la oscura Zardoz y la popular Excalibur. Esta la he visto unas cuantas veces –la última, hoy; aquella, una sola, de madrugada, en un canal ignoto de un país olvidado.

Árbol – 1

Mordred y Morgana

Hay una escena magnífica en Excalibur. Perceval, el último caballero de la Tabla Redonda, exhausto tras diez años y un día en pos del Santo Grial, es conducido por Mordred, vástago del incesto entre Arturo el rey y su hermana Morgana, a un árbol del que penden los cadáveres de sus compañeros, amortajados en sus armaduras. “Estos también buscaban el Grial”, masculla Mordred (un bello y perverso muchacho rubio); “pero no supieron ganárselo”. Perceval contempla el dantesco cuadro; un cuervo se abate sobre una calavera y le arranca un ojo.

Árbol – 2

Fruto extraño

En 1937, un desconocido Abel Meeropol se quedó pasmado ante un cuadro también dantesco: los cadáveres ondeantes de dos negros linchados en Estados Unidos. Incapaz de olvidar la imagen, compuso un poema, un macabro milagro de concisión y musicalidad, que publicó sin dificultades. El azar hizo que se lo enseñara a Billie Holiday, que a ella le resultara fascinante y que lograse convertirlo en una canción suavemente espeluznante:

Strange Fruit

Southern trees bear a strange fruit,
Blood on the leaves and blood at the root,
Black body swinging in the Southern breeze,
Strange fruit hanging from the poplar trees.

Pastoral scene of the gallant South,
The bulging eyes and the twisted mouth,
Scent of magnolia sweet and fresh,
And the sudden smell of burning flesh!

Here is a fruit for the crows to pluck,
For the rain to gather, for the wind to suck,
For the sun to rot, for a tree to drop,
Here is a strange and bitter crop.

Árbol: tres

En una de las paredes del segundo piso del Museo Freud reposa, si no recuerdo mal, este cuadro:

Esperan

El nombre de su autor (Sergei Pankejeff) es prácticamente desconocido –no así su apodo: el “Hombre de los Lobos”. Allá por 1910, improvisó este boceto para transmitir más vívidamente el siguiente sueño a Sigmund Freud:

Soñé que era de noche y estaba acostado en mi cama (mi cama tenía los pies hacia la ventana, a través de la cual se veía una hilera de viejos nogales. Sé que cuando tuve este sueño era una noche de invierno). De pronto, se abre sola la ventana, y veo, con gran sobresalto, que en las ramas del grueso nogal que se alza ante la ventana hay encaramados unos cuantos lobos blancos. Eran seis o siete, totalmente blancos, y parecían más bien zorros o perros de ganado, pues tenían grandes colas como los zorros y enderezaban las orejas como los perros cuando ventean algo. Presa de horrible miedo, sin duda de ser comido por los lobos, empecé a gritar…, y desperté. Mi niñera acudió para ver lo que me pasaba, y tardé largo rato en convencerme de que sólo había sido un sueño: tan clara y precisamente había visto abrirse la ventana y a los lobos posados en el árbol. Por fin me tranquilicé sintiéndome como salvado de un peligro, y volví a dormirme.

Epílogo
Del tercer árbol no penden; allí, esperan.