¿Qué es un fantasma?

Todavía no, pequeño: todavía no

Un fantasma no es alguien, ni algo; es sencillamente un instante de supremo dolor, de insoportable injusticia, en el que el universo se pone de cabeza y lo poco que de humano queda en él clama por una reparación. Un fantasma es un momento que retorna en otros momentos; no es un alguien, ni un algo.
O es tan un algo como puede serlo un vacío, un agujero, una pérdida, una nada, una canción que nunca alcanza el clímax.

Más aún: la vida es una serie de fantasmas. O lo es cuando permites que lo sea -cuando dejas que aquel momento singular se repita, una vez y otra, sin descanso. Tú respiras, comes, hablas -pero ya estás muerto. Eres un fantasma, una cáscara vacía y frágil, un niño llamando a una puerta que ya nunca se abrirá.

Conque detente -inspira -mírate bien. Puede que seas un fantasma -y puede que no lo sepas.

Una Historia China de Fantasmas

Variaciones sobre un tema de la Biblia

O de muchas otras tradiciones.
(Por cierto: si llegas hasta el final encontrarás un enigma).

En el Precipicio

Hay un delicioso cuento zen que dice así:

Había una vez un hombre que intentaba atravesar una selva. De repente, un tigre, salvaje y sangriento, se abalanzó sobre él. El hombre echó a correr -con tan mala pata que terminó al borde de un terrible precipicio. Sin pensarlo dos veces, se descolgó por un arbusto que coronaba el despeñadero. No había terminado de dar un suspiro de alivio cuando vio que dos ratoncitos mordisqueaban las raíces del arbusto. Pero algo más llamó su atención: una fresa silvestre, grande y apetitosa, al alcance de su mano. La tomó y se la metió en la boca: ¡jamás había probado nada tan delicioso!

Lo mejor del relato es que, a lo que parece, no termina aquí. Se dice que Thomas Cleary atribuyó esta versión reducida a D. T. Suzuki, quien la modificó para hacerla más asequible a los oídos occidentales.
En el relato original, la dulce fresa silvestre era también venenosa.

Satanás zahiriendo a Job, de William Blake

Según la Biblia, Job era un hombre piadoso e íntegro que seguía al pie de la letra el decálogo de su religión. Estaba muy orgulloso de su bondad y su temor de Dios -y de las recompensas que Él le había dado para demostrarlo: “le habían nacido siete hijos y tres hijas. Su hacienda era de siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes, quinientas asnas… Este hombre era el más grande de todos los orientales”. (Job, 1:2).
Un buen día, Dios se jacta de él ante Satanás, que, con inusitada penetración, responde:

“¿Es que Job teme a Dios desinteresadamente? ¿No has levantado una valla en torno de él, de su casa y de sus posesiones?… Pero extiende tu mano y toca todos sus bienes. ¡Verás si no te maldice a la cara!” (Job, 1:10).

Dios acepta la apuesta; le quita su fortuna, sus hijos, su mujer, su salud. Job, por primera vez, padece las penas que, según él, estaban reservadas a los injustos. Abatido, Lo increpa:

“Retira de mí tu mano, y no más me espante tu terror.
Luego interrógame, y yo responderé; o bien hablaré yo, y tú responderás.
¿Cuántos son mis pecados y mis culpas? Hazme saber mi ofensa y mi pecado.
¿Por qué ocultas tu rostro y me tienes por enemigo tuyo?” (Job, 13:21)

Ha descubierto algo funesto para su economía moral: Dios no lleva bien las cuentas. Siempre ha sido “bueno” –según la obtusa noción de que “cumplir los mandamientos equivale a ser bueno”; debería gozar de un inmenso crédito en los libros del Paraíso y, en cambio, se debate en la miseria. Los “impíos”, por contra, los que decían a Dios: “¡Lejos de nosotros, no nos place conocer tus caminos!”, medran y procrean sin obstáculos. ¡El contable divino hace trampas!
Y entonces, en el límite de sus fuerzas, Dios se presenta en toda su magnificencia:

Entonces Yavé respondió a Job desde el seno de la tempestad y dijo:
“¿Quién es ese que enturbia mi consejo con palabras insensatas?
Ciñe tus lomos como un héroe: ¡yo te interrogaré, y me instruirás!
¿Dónde estabas tú cuando fundaba yo la tierra? ¡Habla, si es que sabes tanto!…
¿Conoces la época en que crían las rebecas? ¿Has observado a las ciervas en el parto?
Se acurrucan y paren a sus hijos, depositan su camada;
Son vigorosas sus crías, crecen libres en el desierto, se les van y no vuelven más a ellas”. (Job, 38:1ss)

Sócrates, el partero

En uno de sus más conocidos diálogos, el Menón, Platón expone su celebérrima teoría del conocimiento como reminiscencia (anamnesis; más propiamente, “pérdida del olvido”) saliendo al paso a una objeción de Menón -una típica paradoja sofista:

Menón: ¿Y de qué manera vas a investigar, Sócrates, lo que no sabes en absoluto qué es? Porque, ¿qué es lo que, de entre cosas que no sabes, vas a proponerte como tema de investigación? O, aun en el caso favorable de que lo descubras, ¿cómo vas a saber que es precisamente lo que tú no sabías?
Sócrates: Ya entiendo lo que quieres decir, Menón. ¿Te das cuenta del argumento polémico que nos traes, a saber, que no es posible para el hombre investigar ni lo que sabe ni lo que no sabe? Pues ni sería capaz de investigar lo que sabe, puesto que lo sabe, y ninguna necesidad tiene un hombre así de investigación, ni lo que no sabe, puesto que ni siquiera sabe qué es lo que va a investigar.

Pero Sócrates no se contenta con describirla; pretende demostrarla de manera palpable y contundente (y burlarse un poquito del pobre Menón):

Menón: Sí, Sócrates; pero, ¿qué quieres decir con eso de que no aprendemos, sino que lo que llamamos aprendizaje es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que eso es así?
Sócrates: Ya antes te dije, Menón, que eres astuto, y ahora me preguntas si puedo enseñarte yo, que afirmo que no hay enseñanza, sino recuerdo, para que inmediatamente me ponga yo en manifiesta contradicción conmigo mismo.
Menón: No, por Zeus, Sócrates, no lo he dicho con esa intención, sino por hábito; ahora bien, si de algún modo puedes mostrarme que es como dices, muéstramelo.
Sócrates: Pues no es fácil; y, sin embargo, estoy dispuesto a esforzarme por ti. Pero llámame de entre esos muchos criados tuyos a uno, al que quieras, para hacértelo comprender en él.

Acto seguido, por medio de un interrogatorio sumamente ingenioso (y un tanto ilusorio), Sócrates lleva al esclavo a “recordar” el teorema de Pitágoras, comprobando así su teoría. Mas para que tal “recuerdo” surja debe primero despejarse el camino de la traba del falso saber -cosa que Sócrates hace induciendo al esclavo a seguir su propia e ingenua lógica hasta caer en contradicción. En este punto espeta:

Sócrates: ¿Ves, Menón, qué avances ha hecho el esclavo en el camino de la reminiscencia? No sabía al principio cuál era la línea con que se forma el espacio de ocho pies, como no lo sabe ahora; pero antes creía saberlo, y respondió con confianza como si lo supiese; y no creía ser ignorante en este punto. Ahora reconoce su embarazo, y no lo sabe; pero tampoco cree saberlo… ¿No está ahora en mejor posición, al conocer su ignorancia, respecto de la cosa que él ignoraba?… Si lo he hecho dudar… ¿le hemos hecho algún daño?

Menón: Yo pienso que no.

Sócrates: Por el contrario, le hemos ayudado en algún grado, a mi parecer, en el descubrimiento de la verdad; y ahora él deseará remediar su ignorancia, mientras que antes él hubiera dicho con gran desenfado, delante de todo el mundo y creyendo explicarse perfectamente, que el espacio doble debería tener un lado doble.

El Enigma

Pues bien -y ahora viene el enigma:
¿qué tienen en común estos tres relatos?

Haz lo que quieras

C. S. Peirce

Proponía Peirce -un señor tan interesante como ignorado- una tríada de categorías para suplantar las famosas “cuatro categorías del entendimiento” kantianas: la Primeridad o cualidad, que “es lo que es sin referencia a nada más, fuera o dentro de sí”; la Segundidad o relación, la “ciega fuerza de lo que es distinto de la lógica o la razón”; y la Terceridad, o mediación, la “razonabilidad concreta”.

(Debemos recordar que para Kant -y para Peirce- las categorías eran condiciones universales de la inteligibilidad; esto es, de toda posibilidad de comprensión. De aquí que, en último término, tanto Kant como Peirce pensaran haber resuelto esa milenaria y compleja duda:

¿es posible el conocimiento?

Y que nosotros pensemos que, al fin y al cabo, no la resolvieron.)

Pues bien: Peirce caracterizaba la experiencia de la “segundidad” como “the outward clash” (algo así como “el choque con la realidad”).
Es la voluntad quien choca, claro: y la realidad quien le impide salirse con la suya.
Mas no una realidad cualquiera: la realidad exterior -la tosca y terca materia.

Rabelais

En los últimos capítulos de Gargantúa, Rabelais describe la abadía que el héroe homónimo funda para su amigo el fraile Juan: un edificio hexagonal cuyas costumbres son diametralmente opuestas a las de cualquier monasterio:

Toda la vida de los thelemitas se regía no por leyes, ni estatutos o reglas, sino que lo era según su voluntad y libre albedrío. Se levantaban de la cama cuando mejor les parecía; bebían, comían, trabajaban y dormían cuando querían. Nadie los despertaba, ni les forzaba en beber, en comer ni en hacer cosa alguna. Así lo había establecido Gargantúa, y su regla consistía en esta única cláusula: “Haz lo que te venga en gana”.

Que es precisamente lo que no podemos hacer por culpa de la Segundidad, la Exterioridad y la Materia…

La culpable

…que es la culpable.
¿O no?

Lo que Rabelais destaca es que, a diferencia de lo que suele pensarse, Fantasía no es un país caótico. Tiene leyes, las leyes del deseo; y son mucho más estrictas que las leyes naturales. No sólo se enfrentan a la voluntad: la someten.

Quien crea que en Fantasía “se hace lo que se quiere” se equivoca. Igual que entre nosotros, se hace lo que se puede, sin que sea posible escapar del Hado. Pandora podía abrir la caja, o no; pero no podía volver a encerrar en ella a todos los males del mundo. Si los molinos son gigantes no pueden hacer harina; y el Quijote no podía dejarlos en paz. Había de luchar contra ellos.

Pero el Hado no determina la conducta de los héroes, ni sustituye su voluntad. No es que los obligue a hacer o no hacer ciertas cosas; es que, independientemente de lo que hagan, tendrá lugar –o, mejor, a causa de lo que hacen, como en esta historia de la tradición árabe:

Una vez Azrael, el ángel de la muerte, entró en casa de Salomón y fijó su mirada en uno de los amigos de éste. El amigo preguntó: “¿Quién es?” “El ángel de la muerte”, respondió Salomón. “Parece que ha fijado sus ojos en mí” –continuó el amigo–. “Ordena entonces al viento que me lleve consigo y me pose en la India”. Salomón así lo hizo. Entonces habló el ángel: “Si le miré tanto tiempo fue porque me sorprendió verle aquí, puesto que he recibido orden de ir a buscar su alma a la India, y, sin embargo, estaba en tu casa, en Canaán”.

La fuerza del deseo estriba en que nada está por encima de él. Ya lo afirmaba Schopenhauer: podemos obtener lo que queremos, pero no podemos querer lo que queremos. Si la voluntad tiene un lugar, es el de asistir al logro del deseo; pero no puede modificarlo. Y, como enseñó Freud hace tanto tiempo, negarse a asumir un deseo es la mejor manera de enardecerlo.

Por consiguiente, uno no fantasea con lo que quiere, sino con lo que puede –que usualmente no es lo que a uno le gustaría desear.

Cuidado con lo que deseas: podrías convertirte en ello

En conclusión, al “outward clash” de la materialidad peirceiana habría que añadir el “inward clash” de no ser lo que se supone que se debería -o de no querer lo que se querría querer.

Lógica aplastante. ¡Lástima que a resultas de ella la Segundidad muera de hacinamiento!

¿Para qué sirve la metafísica?

Hace unos meses, dentro de un procedimiento burocrático tan inútil como ofensivo, me hicieron la siguiente pregunta:

“¿Para qué sirve la metafísica hoy en día?”

Pintura Metafísica, de Giorgio de Chirico

Debo admitir que me quedé apabullado. ¿Qué podía decir? ¿Cómo conseguir que el obtuso cerebro de quien la había formulado diese cabida a la respuesta? “No, señor: no sirve para nada –he ahí su maravilla y su virtud”. O: “Si vamos por ésas, ¿por qué no preguntar también para qué sirve la música?” O: “Sirve para comprender cómo alguien puede hacer preguntas así de estúpidas”. (Esto último no es tan cierto –pero ¡resulta deliciosamente insultante!)

Algo de esto hubiese replicado, si me sobraran agudeza y buenos reflejos. Mas no es el caso.

El caso es que horas después di con la respuesta adecuada, un ejemplo de concisión ligeramente exótico; el tipo de cosas que han popularizado los personajes chinos de las series televisivas, sabios, pacíficos y expertos en artes marciales. Proviene del clásico taoísta más importante, el Chuang Tsé:

Hui Tzu dijo a Chuang Tzu:
“Todas tus enseñanzas están centradas en lo que no tiene utilidad”.

Chuang replicó:
“Si no aprecias aquello que no tiene utilidad,
no puedes ni empezar a hablar acerca de aquello que la tiene.
La tierra, por ejemplo, es amplia y vasta, pero
De toda esta extensión el hombre no utiliza más que las pocas pulgadas
Sobre las que en un momento está.
Ahora, suponte que súbitamente haces desaparecer
Todo aquello que no está de hecho utilizando
De modo que, en torno a sus pies, se abre
Un abismo, y queda en medio del vacío,
Con nada sólido en ninguna parte, excepto justo debajo
De cada pie…
¿Durante cuánto tiempo podrá usar lo que esté utilizando?”

Hui Tzu dijo: “Dejaría de servir para nada”.

Chuang Tzu concluyó:
“Esto demuestra
La necesidad absoluta
De lo que «no tiene utilidad»”.

Chuang Tsé

Chuang Tsé (al igual que la casi totalidad de sus coterráneos) prefería la fábula a la prosa. Sin embargo, la engañosa simplicidad de sus relatos oculta razonamientos sumamente abstractos, sutiles y persuasivos.

Por ejemplo, que la consciencia es siempre estrecha: que su obstinación por separar lo “útil” de lo “inútil” restringe su alcance inescapablemente; que su principal fortaleza, su intencionalidad, es su mayor debilidad; y que la fascinación contemporánea por el propósito consciente traiciona la pobreza de nuestra metafísica cotidiana, su incapacidad para elevarse sobre el manto de los siglos. No pecamos por falta de “visión de futuro”: pecamos por obligarnos a abrigar visiones allí donde se vuelven peligrosas -donde lo mejor es dejarse llevar. Prescindir de las tradiciones porque no les encontramos “utilidad” es cavar nuestra propia tumba -debajo de nuestros pies.

De ahí que la verdad fundamental del taoísmo sea: la Mente no puede gobernarse a sí misma. Pues, si lo intenta, sólo consigue limitar su desarrollo a lo que le es inmediatamente presente. Obligarse a cambiar es la forma más segura de no hacerlo.

La Consciencia

Pues bien: si has llegado hasta aquí, ya sabes para qué sirve la metafísica; y sabes que no lo habrías descubierto sin antes vagar a tientas.

Lo cual demuestra
La suprema necesidad
De lo que no sirve para nada.

Una sola pregunta

María, la Nube

Al final, la respuesta es más sencilla de lo que creíste. Pero, de algún modo, ya conocías la pregunta.

Porque eso era tu vida: el intento, a veces torpe, a veces magnífico, de formular una sola y fascinante pregunta.
Tan amplia que te llevó décadas; tan bella que disfrutaste cada segundo.

Tan atroz que hubieses matado por ella.

O entregado tu alma sin vacilar.

Ah, amor, amor: sólo se rompe cuando estás enamorado.
Harry Dobbs, Le Passager de la pluie, de René Clément

Plagado de estrellas

Cada persona es un universo, una noche plagada de estrellas, un océano de arena y cristal.

Y tú corres y das vueltas, a trompicones, y contemplas un cielo tras otro y tras otro;

Sin dejar de sorprenderte, de conmoverte y de temblar hasta las lágrimas

Por el milagro, la maravilla,
El placer, el miedo,
La pasión, el desenfreno,
El ansia, el reposo,
La sed y la agonía

Del enigma de estar vivo.

Who’s Gonna Ride your Wild Horses

You’re an accident waiting to happen,
You’re a piece of glass left in a beach.

U2