Conocer es amar y amar es conocer

Hace algunos años ya, mi amigo Álvaro Ponce leyó su trabajo de investigación para el Doctorado de Psicología Social de la Universitat Autònoma de Barcelona. A lo largo de incontables lecturas compartidas y digeridas en charlas que se prolongaban hasta la madrugada habíamos intentado descifrar las implicaciones de la teoría constructivista para la filosofía, la economía y la psicología en su conjunto. De ello nació, entre otras cosas, nuestro ensayo sobre el constructivismo y el construccionismo y mi trabajo de investigación sobre estética y conocimiento encarnado.

Al terminar, alguno de los miembros del tribunal (no recuerdo quién) le hizo una pregunta (que tampoco recuerdo). Con una claridad casi sobrenatural, Álvaro respondió diciendo: “Lo que es el conocimiento en el terreno del pensar es el amor en el terreno del sentir”. En otras palabras, amar y conocer son dos caras de la misma moneda.

Desde entonces, esa frase ha sido para mí una especie de enigma, un koan indescifrable pero inescapable, una caja china llena de sorpresas. Me parecía tan poderosa y profunda como el famoso dístico de Keats:

“Beauty is truth, truth beauty,” – that is all
Ye know on earth, and all ye need to know.

Que sintetizaba las ideas de mi propio trabajo de investigación

Años después, al pensar en la relación entre voluntad y conocimiento, concluiría que

“La diferencia entre conocimiento y poder es que en el conocimiento un organismo se modifica a sí mismo, mientras que en el poder se modifica lo ajeno a él”.

Gracias a Álvaro di también con Kitarô Nishida, el filósofo japonés más importante del S. XX. Y por una casualidad formidable, su primera gran obra, Indagación del Bien (que entonces ni Álvaro ni yo habíamos leído) concluye con un apéndice titulado Conocimiento y Amor, del que he tomado algunos fragmentos.

Por lo general, se piensa que el conocimiento y el amor son actividades mentales enteramente diferentes. Pero para mí son esencialmente la misma actividad. Esta actividad es la unión de sujeto y objeto, es la actividad en la cual el yo se une con las cosas.

¿Por qué es el conocimiento la unión de sujeto y objeto? Podemos conocer la verdadera naturaleza de algo sólo cuando eliminamos por completo nuestras engañosas ilusiones y conjeturas y nos unimos así con la verdadera naturaleza de ese algo…

Y ¿por qué es el amor la unión de sujeto y objeto? Amar algo es desechar el yo de uno y unirse con el de otro. Los verdaderos sentimientos de amor sólo nacen cuando el yo de uno y el de otro se juntan sin dejar brecha entre ellos. Amar una flor es unirse con la flor y amar la luna es unirse con la luna…

De esta manera, conocimiento y amor constituyen la misma actividad mental; para conocer una cosa debemos amarla y para amar una cosa debemos conocerla… Pero si separamos las dos actividades y pensamos que el amor es el resultado del conocimiento o que el conocimiento es el resultado del amor, no llegamos todavía a comprender la verdadera índole de amor y del conocimiento. Conocer es amar y amar es conocer.

Sé que las raíces de estas ideas se encuentran en Platón y los neoplatónicos, en la Cábala y la filosofía oculta del Renacimiento, en la alquimia, en Spinoza, Leibniz, el romanticismo alemán, William Blake…; en Li Po, Chuang-Tsé, Lao-Tsé, el Buda, Confucio…

Son sus consecuencias, vastas e inimaginables, lo que aún me elude.

Qué es la terapia

Gran controversia rodea a la definición misma de “psicoterapia“. No parece haber un concepto universalmente aceptado; entre otras cosas, porque la variedad de prácticas que se llaman a sí mismas “terapia” es en el mejor de los casos inabarcable -y, en el peor, absurda.
En un libro, por lo demás interesante, he dado con la mejor definición de terapia que he leído nunca. Los juegos de palabras sobre el término “ask” la hacen difícil de traducir, de modo que la copio tal cual:

What is a therapist that a client may consult her, and a client that he may consult a therapist? Clients are clients because they ask therapists for help. But the person asked is the wrong person, and the question posed is the wrong question. Therapy is a process wherein the client learns how to stop being a client by discovering how not to ask the wrong person the wrong question. At the same time, the therapist must learn how to stop being the therapist by not answering the wrong question right away and discovering how to not-answer the wrong question in a right way.
Douglas Flemons, Completing Distinctions

Ilusión de alternativas: entre USA y Cuba

Ilusión de alternativas políticas: derecha e izquierda

Acaso la más funesta de las creencias políticas de la mayor parte de la gente sea que sólo existen dos posibilidades de organización social: el (neo)liberalismo y el socialismo (del siglo que sea). Grosso modo, los gobiernos neoliberales consideran al mercado como el mecanismo más eficaz de “asignación de recursos” y ponen al sistema gubernamental a su servicio; mientras que los socialistas favorecen la redistribución de la riqueza a través de la recaudación impositiva y la inversión en salud, educación y un sinnúmero de subsidios -colocando al Estado en el núcleo del sistema financiero. Tradicionalmente, se coloca ambas opciones sobre una línea imaginaria de modo que el neoliberalismo esté a la derecha y el socialismo a la izquierda.

Entre ambas opciones se infiltra una tercera, el célebre y nunca bien definido “centro”: un cóctel de izquierda y derecha que, por ende, se mantiene en la ambigüedad -ya que sólo puede definirse por exclusión: “no es exactamente la derecha, porque no favorecemos la privatización de empresas públicas; pero tampoco es izquierda, porque no creemos en el planeamiento centralizado de la economía…” Y extraños engendros de la imaginación como el “centro izquierda”, el “centro derecha” o el “centro propiamente dicho”.

Tres dimensiones frente a una sola

Siempre me ha llamado la atención que nuestra manera de ver el espectro político sea tan obtusa y restringida. En el mundo físico existen tres dimensiones -a las que estamos completamente habituados: “dos calles al norte, una al este, edificio Tal, segundo piso”. En el mundo político no hay más que una: “izquierda – centro – derecha”. Y no nos extraña en lo más mínimo.

Imagínense dando la siguiente indicación a una persona extraviada: “siga recto y luego tome al centro izquierda hasta llegar al semáforo, y allí vire a la derecha pero no demasiado”. Aquí no funciona, claro: necesitamos del arriba-abajo y del delante-detrás tanto como del izquierda-derecha.

¿Cómo es que hemos llegado a creer que el delicado arte de organizar a las personas y alcanzar consensos se limita a oscilar entre la izquierda y la derecha?

Porque hemos sido víctimas de una monumental ilusión de alternativas.

¿Cui bono?

Que significa, en latín: “¿a quién beneficia?”

¿Quiénes han salido ganando con esta simplificación? ¿A quiénes ha mantenido en el poder esta ilusión de alternativas?

Muy simple: a cualquiera que se haya erigido en paladín de cualquiera de los dos extremos, y que, concomitantemente, haya satanizado al otro.

Por ejemplo, Estados Unidos, cuyos políticos llevan casi un siglo denostando a la izquierda de todas las maneras posibles -y justificando, así, su contubernio con la industria de armamentos, probablemente la que mueve más dinero en el mundo, y su nada sutil imperialismo y expansionismo pseudocolonialista.

Pero también Cuba, que justifica sus permanentes atentados contra la libertad de expresión, de movimiento, de asociación y de trabajo y su activismo internacional antiyanqui (al que se han sumado abiertamente Venezuela y Bolivia) como una “defensa de los explotados del mundo contra los imperialistas”.

Miedo e ilusión de alternativas

Así es. Tanto Cuba como Estados Unidos, tanto la izquierda como la derecha, salen ganando si se sostiene esta ilusión de alternativas; porque así nos tienen bajo su control a través del miedo.

Lo cual salta a la vista cuando se constata que los discursos de sus respectivos líderes son casi totalmente intercambiables; porque dicen lo mismo sólo que del lado opuesto. “Nosotros defendemos la libertad y a los oprimidos del mundo y los otros son monstruos sedientos de sangre que quieren subyugarnos y de los que tenemos que guardarnos. Así que entréguennos su dinero, sus pertenencias, su tiempo, sus hijos y sus propias vidas si no las quieren perder. Es por su propio bien“.

Y de este modo nos convencen de ir a la guerra, subvencionar ejércitos, mantener un estado corrupto y omnívoro y despreciar al enemigo con todas nuestras fuerzas.

Cantinflas, que era un auténtico genio, ya lo dijo en su preciosa Su Excelencia. El discurso final de esta película me hace llorar cada vez que lo veo; está a la altura de los mejores del siglo pasado. (Como la famosa escena del globo terráqueo en El Gran Dictador de Chaplin).

Autoritarismos de signo contrapuesto

En efecto: Cuba y USA se fundan en el miedo. Porque el miedo permite mantener el control sobre las personas. Es nuestra gran debilidad, el miedo; y para evitarlo la mayor parte de gente está dispuesta a abdicar de su propia vida. Que el Estado incauta mientras se relame los labios.

Cuba y USA, la izquierda y la derecha, son autoritarismos de signo contrapuesto. Autoritarismos, porque enfatizan el control social, la restricción de las libertades individuales. De signo contrapuesto, porque mientras que la izquierda ve al individuo como un ser indefenso e inerme a merced de “las fuerzas sociales” (genial invento de Marx emulando a Comte), la derecha lo considera un pecador incorregible y pervertido al que hay que mantener a raya mediante la constante amenaza del castigo.

Pero ni izquierda ni derecha confían en el ser humano. Y por eso se empeñan en colocarle frenos y riendas.

Una demostración empírica

Invito al lector a un pequeño experimento. Pase revista a los discursos públicos de Chávez o Castro. Repare en sus gestos, su entonación, su contenido. Son invariablemente épicos, apasionados, intensos -sin duda; pero también amenazantes, violentos, confrontativos. Siempre están “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él; siempre demuestran su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos”.

A continuación, observe un discurso de Bush (este servirá, pero hay más). Haga abstracción del contenido. ¿No ve los mismos gestos amenazantes y violentos? ¿No escucha el mismo tono de justa indignación y defensa legítima de los derechos? ¿No está, también, “denunciando” al enemigo y “luchando” contra él en nombre de “la libertad y la justicia”? ¿No hace hincapié en su “mano dura” y su “compromiso con los oprimidos” por el terrorismo?

Finalmente, observe una prédica de un pastor evangélico. (También serviría la homilía de un sacerdote católico; pero no son televisadas con tanta frecuencia -y me temo que han perdido bastante de su gancho). Una vez más, ignoremos momentáneamente el contenido. Idéntico tono de indignación y épica defensa; idénticos gestos amenazantes y de dominio masculino; idéntico esquema de “existe un enemigo monstruoso y malvado y nosotros luchamos contra él así que debes unírtenos”.

Donde Bush dice “terrorismo”, Chávez podría decir “imperialismo norteamericano” y el pastor “el Enemigo”. Pero por lo demás ¡son exactamente iguales!

Sobre todo en una cosa: siempre nos están diciendo lo que tenemos que hacer “por nuestro propio bien”. Porque nosotros, ¡pobrecitos!, ingenuos o malvados, no lo sabemos. Y así nos conducen, corderos involuntarios, al matadero.

Terrible, ¿no?

No hay salida -¿o sí?

Pero hay esperanza, siempre y cuando empecemos por liberarnos de este lavado de cerebro colectivo que nos ha hecho ver solamente una dimensión donde hay muchas -izquierda y derecha donde hay un arriba, un abajo, un delante y un detrás, y muchas opciones más.

Hay esperanza, siempre que admitamos que ni USA ni Cuba son modelos viables, respetuosos de las libertades, humanos.

Hay esperanza, siempre que reparemos en el autoritarismo de ambos modelos y que nos preguntemos si podría existir una alternativa no autoritaria ni fundada en el miedo y la violencia -sino en la confianza y el intercambio voluntario.

Hay esperanza, siempre y cuando volvamos a ser humanos.