Crear, destruir, preservar

Muchas veces he pensado que los antiguos hindúes lograron mucha mayor penetración en la naturaleza de la existencia que la mayoría de filósofos de la tradición occidental -incluyendo a los existencialistas (¡y sobre todo a ellos!) Un par de frases de las Upanisads valen lo que todo el Ser y Tiempo de Heidegger; la que profirió el Buda al alcanzar la iluminación (en el Dhammapada), cientos de páginas acerca de “la naturaleza del self“:

¡Oh, constructor de la casa! Te he visto. No volverás a construir. Las vigas han sido quebradas, el soporte central se ha roto. Mi mente ha alcanzado lo incondicionado; y alcanzado lo incondicionado, se ha liberado del apego.

Trimurti

La trinidad hindú, la Trimurti (“tres formas”), está compuesta de tres aspectos del mismo “principio” -al que los occidentales llamarí­amos erróneamente “Dios”, puesto que no se trata de una persona sino del Principio de Todo, que trasciende infinitamente la consciencia humana. Los aspectos son algo así como ropajes que la Deidad, Îsvara, se pone en diferentes momentos; disfraces que adopta para cumplir sus propósitos. Cuando crea, es Brahmâ; cuando destruye, Shiva; cuando preserva lo existente, Vishnu. Esta división permite, entre otras cosas, señalar algo que la idea de “un solo Dios” oculta: crear no es lo mismo que mantener. De hecho, es justamente lo contrario, en un sentido -así­ como destruir es su opuesto en otro.

Pero si lo último es evidente, lo primero no. Crear es el principio, destruir el final; crear es “positivo”, destruir “negativo” -o así tendemos a pensar. Se oponen, pues -cualquiera lo sabe. Mas ¿cuál es su relación con el preservar?

Brahma

Mantener, por definición, requiere paciencia, comprensión, bondad, tolerancia y compasión, justamente los atributos de Vishnu. Requiere también de la ubicuidad; aquello que preserva lo existente debe hallarse en todas partes; y, por ende, en ninguna. Es un “acto pasivo”, como si dijéramos; no consiste en hacer nada, sólo en estar presente.
Crear, por el contrario, es inherentemente activo y se deriva del deseo y de la imaginación: Brahmâ dio a luz a sus hijos imaginándolos y dividiéndose a sí mismo, y se unió con su hija-consorte, Gayatri (o Sarasvati) para crear el mundo. Tanto el acto de creación como el de destrucción establecen una diferencia, marcan un antes-y-después; mientras que la preservación se basa en evitar las diferencias -minimizarlas, reducirlas, ignorarlas o trascenderlas. En este sentido, podrí­amos decir que crear y destruir son, stricto sensu, actos, mientras que mantener es la ausencia de cualquier acto -ya que “actuar”, por definición, implica instaurar una diferencia en el mundo.

Así­ pues, crear y preservar son inherentemente incompatibles -tanto en la filosofía como en la vida misma. Los creadores -artistas, poetas, músicos, cientí­ficos, profetas- y los preservadores no pueden avenirse durante mucho tiempo, pues sus esfuerzos tiran en direcciones opuestas.

Lo cual genera, para cada uno, un determinado tipo de placer, una suerte de felicidad -y una clase específica de dolor.

Miedo

El enemigo del amor no es el odio sino el miedo.

Creo que Gibran escribió esta frase. Tal vez sea de alguien más. En cualquier caso, me parece maravillosa. Condensa en diez palabras el sentido de la terapia.

Ante el miedo, a veces reaccionamos aferrándonos a nuestro poder. (Esa es la base de la aún joven pero prometedora “Terror Management Theory“). A nuestras creencias, a nuestra seguridad, a nuestras “pequeñas diferencias“. Creo que esa sería la respuesta puramente yang; y como todo lo puro, es quizá desequilibrada. Es, digamos, el lado oscuro de la fuerza: la creencia de que el poder (externo) mantendrá a raya a nuestros demonios (internos).

(Nunca lo hace, dicho sea de paso… Por el contrario, los fortalece).

Otras veces, muy pocas, nos entregamos al miedo -sin miedo. De alguna manera, nos sentimos más seguros y confiados y nos atrevemos a contemplar la incansable complejidad del universo -sin controlarla, sin negarla, sólo observándola.

¿De dónde sale esa confianza? No lo sé. Creo que es algo imposible de saber.
Creo que si lo supiésemos, el juego de la vida dejaría de ser apasionante.

El poder, de algún modo, nos vuelve rígidos. Endurece nuestra piel y la convierte en una coraza, como la corteza de un árbol viejo y cansado. El miedo nos carcome por dentro. Y duele; pero, tarde o temprano, resquebraja la corteza, y una nueva madera saluda al sol y al rocío.

Gracias pues al miedo, porque nos hace estar vivos -una, otra y otra vez.

Solve et Coagula


En relación con el miedo a la complejidad, un fragmento de una entrevista a Alan Moore, quizá el más creativo, fascinante y polifacético de los escritores contemporáneos de comic:

With reference to my interest over the last 10 years in magic, one of the most useful formulas in alchemy, specifically, is “solve et coagula,” where “solve” is the act of dissolving something, where we take something apart and study how it works — what in our modern terms would be called analysis. In a scientific framework, it would be called reductionism. The other part of the formula is “coagula,” which is synthesis rather than analysis, holism rather than reductionism, the act of putting something back together in a hopefully improved form. Once you take the watch to pieces and see what was making it run slow, you put it back together and hopefully it works better.

I’d say that we’ve had an awful lot of “solve” in our culture, but far too little “coagula.” There are people who seem daunted by the complexity of our culture to the point that they’ll shy away from it rather than try to put those thousands of jigsaw pieces together into some sort of useful, coherent picture.

En efecto, hemos tenido demasiado “solve” y demasiado poco “coagula” en nuestra cultura… ¡y en nuestras consultas terapéuticas! A veces me parece, incluso, que nuestros intentos de “pensar sistémicamente” se enredan en interminables análisis.

Sin embargo, vale la pena recordar que el “coagula” nunca será más que tentativo. Nuestras imágenes serán siempre parciales; y nunca podremos saber todos los efectos de nuestros actos.

Lo cual nos recuerda el valor de la humildad, de comprender en qué posición te encuentras -y hasta dónde puedes saltar.

Psicología Wei Wu Wei

¿Cómo se verían la psicología y la psicoterapia desde el wei-wu-wei?


Japanese Garden – Rock Garden 02
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El Tao nada hace y, sin embargo, nada queda sin hacer.

Estas famosas palabras de Lao-Tse no pueden ser tomadas en su sentido literal, puesto que el principio de la “no-acción” (wu-wei) no equivale a inercia, pereza, laissez-faire o mera pasividad. Wu-wei, en el sentido de “no forzar”, es lo que queremos expresar cuando nos referimos a seguir la corriente, orientar las velas con el viento, seguir la marea en su fluir y adaptarse para conquistar.

(Alan Watts, El Camino del Tao)

Intensamente

Nadie lo conoce. Casi nadie, al menos -¡del resto, ya me he ocupado!

Nadie lo conoce, y tampoco yo, en realidad.
Y aunque no lo conozco, lo admiro intensamente.

Desde Problems of Religious Knowledge hasta Philosophical Darwinism, desde Cuando se quiebra la rama dorada hasta Relationship and Solitude… Cada vez que lo leo aprendo algo nuevo, algo fantástico y maravilloso, algo tan simple que es sublime.

Capaz de explicar a Kant y a Freud con la ingenuidad y la dulzura de un niño, de ironizar sobre Rorty con la perspicacia de un sabueso, de desmentir a Foucault con la habilidad de un mago.

(No en vano tuvo la excepcional oportunidad de estudiar con los dos filósofos más relevantes del siglo pasado: Ludwig Wittgensteiny Karl Popper).

Acabo de releer Philosophy and the Mirror of Rorty, por cierto, y ¡lo he disfrutado como nunca!

Gracias, Peter Munz.

Como el vino

Pero, como siempre, no sólo una respuesta.

Chesterton describe el dilema con inigualable penetración y atroz belleza.
Vivir, nos dice, equivale a encontrarse en guerra y atrapado tras las líneas enemigas. En esta tesitura, no hay más que una salida: el soldado

Ha de combatir por su vida con un espíritu de absoluta indiferencia para su vida: ha de desear la vida como el agua, y apurar la muerte como el vino.

G. K. Chesterton, Ortodoxia