Ambos sostienen lo mismo

Uno de los temas preferidos de los filósofos es la muerte.

Y aquí, como siempre, tenemos al menos dos grandes tradiciones contrarias.

Sócrates

Ante todo, el gran Sócrates, quien (hasta donde sabemos) pensaba que “la filosofía es una preparación para la muerte”.

De lo que se deduce que el tema que ocupa permanentemente al auténtico filósofo es el fin de la vida; y que su filosofía es, en el fondo, un continuo entrenamiento en el desapego.

Spinoza

Pero tenemos a Spinoza, quien decía (y cito de memoria): “El hombre saludable en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es acerca de la vida, no de la muerte”.

No cabe duda de que Spinoza conocía la opinión socrática, ni de que su propia postura era, en buena medida, una rebelión contra una tradición tan noble y poderosa. Desde su perspectiva, bella y elegante, pretender “desapegarse” de la existencia sería tan absurdo como pretender arrancarse los propios huesos. Ningún ser vivo, en tanto que vivo, puede abdicar de su vida. Eso va en contra de su naturaleza.

La muerte y el astrólogo, de Holbein

Así, la filosofía nos prepara para la muerte -pero nos impide pensar en ella.

¡Pero esto no tiene sentido!

O tal vez sí…

Tal vez, sin que Sócrates ni Spinoza lo sospecharan, estaban sosteniendo una y la misma cosa.

Amar y saber -y ser nuevo

Gotas de Vida, de Nicholas Roerich

En el terreno del afecto, el amor requiere una confianza unilateral, un entregarse al otro, un darse sin más. Esto no significa que no se busque recompensa alguna; por el contrario, la entrega reclama una entrega paralela, una suerte de reciprocidad –aunque sea imaginaria o simbólica; como lo fue la reciprocidad que recibieron Cristo, Sócrates y Ofelia por sus sacrificios y sus inmolaciones. Y no se trata de una reciprocidad estricta, de un quid pro quo mercantilista y vulgar. No: se trata de una anagnórisis, de un cambio completo de perspectiva; de un dejar de ser alguien para ser otra persona, a la vez el mismo; de abandonar la vieja piel para presentarse al mundo sin ella, desnudo, inerme, íntegro.

En el terreno del conocimiento, conocer requiere una confianza unilateral, un entregarse a una convicción, un prescindir de la duda, sin más. No es una confianza ingenua; en el caso ideal, el conocimiento clama por un objeto consistente, por una serie de eventos que lo validen o invaliden; clama, de cualquier modo, por una respuesta pertinente. (Igual que el amor: “odio quiero más que indiferencia”…) La pregunta requiere una respuesta; y toda acción genera una reacción opuesta y de igual empuje.

Así, tanto conocer como amar son parte de un mismo proceso, que podemos llamar, a falta de mejor término, “vivir”; comparten una misma estructura; requieren de un mismo sacrificio; arrojan un mismo placer; obligan a un mismo compromiso.

No han de ser unificados: están unidos, son indisolubles –sólo hace falta reconocer tal unión.

Y reconocer es nacer de nuevo.

Krishna, de Nicholas Roerich

In the quiet silent seconds I turned off the light switch
And I came down to meet you in the half light the moon left
While a cluster of night jars sang some songs out of tune
A mantle of bright light shone down from a room

Come down in time I still hear her say
So clear in my ear like it was today
Come down in time was the message she gave
Come down in time and I’ll meet you half way

Well I don’t know if I should have heard her as yet
But a true love like hers is a hard love to get
And I’ve walked most all the way and I ain’t heard her call
And I’m getting to thinking if she’s coming at all

Come down in time I still hear her say
So clear in my ear like it was today
Come down in time was the message she gave
Come down in time and I’ll meet you half way

There are women and women and some hold you tight
While some leave you counting the stars in the night…

Elton John, Come Down in Time

¿Y qué?

Decía Whitehead (en Aventuras de las Ideas, creo) que la única pregunta realmente filosófica es la que inquiere por la Importancia; y la mejor forma de plantearla es también la más sencilla:
“¿Y qué?”

(No, no era en Aventuras de las Ideas… era en Modos de Pensamiento… Acaba de venir a mí…)

Decía Nietzsche que la historia es circular y se cierra sobre sí misma; que estamos condenados –y a la vez premiados– al eterno retorno. Todo, sin excepción, ocurre no una sino innumerables ocasiones.

(Lo dijo muchas veces, en varias partes, de diversas maneras; notablemente, en el Zaratustra. También él tendía a repetirse…).

Si así fuera, algún día, en un instante infinitamente distante de éste, tendría

Otro minuto contigo.
 

Pero habría de esperar años, siglos, milenios, evos; eternidades de silencio y nada, polvo y niebla. Habría de morir mil muertes, nacer mil partos; entrar y salir sin descanso del escenario del cosmos; transar un segundo de amor por una perpetuidad de soledad y vacío.

Y conmigo, el universo entero, las diez mil cosas, rebobinándose tumultuosas y vehementes, volviéndose sobre sí mismas como un guante por regalarme un minuto de gracia.

 

 Ah… Y, ¿qué?

Que

Habría valido la pena.

La vida, en quince líneas

Imagina que entras en un salón. Has llegado con retraso; otros, los que te han precedido, llevan ya un buen rato inmersos en una discusión agitada y fascinante -demasiado como para interrumpirla y resumírtela.
Más aún: la discusión ya había empezado mucho antes de que cualquiera de ellos llegase, conque ninguno es capaz de retroceder al inicio y relatarla paso por paso.

Te sientas y escuchas durante un rato, hasta que crees haber captado la médula del argumento; entonces, te pones en pie, te entrometes, dices algo. Alguien responde; tú replicas; otro sale en tu defensa; otro más se alinea en tu contra, para deleite o vergüenza de tu oponente (y en función de la habilidad de tu inesperado aliado).

Pero la discusión es interminable, infinita, eterna. Se hace tarde; has de marchar. Y te marchas.

Y la discusión prosigue, con la misma intensidad y vigor.

He dado con esto en un viejo libro de Kenneth Burke que hace siglos que nadie abría. Lo he traducido lo mejor que he podido; pero el original es mucho más poderoso, insinuante, dulce, asombroso.

La vida, en un solo párrafo.

Tétrico, tierno y triste

Había una vez dos psicólogos inmensamente eruditos, respetados, influyentes y activos, a los que les atraían las cosas extrañas.

William James

Uno era William James, hermano del genial Henry James y autor del más importante manual de psicología en la historia de la disciplina.

James, cuya vida fue ajetreada y compleja, incursionó valientemente en terrenos desgraciadamente olvidados o maltratados; entre otras cosas, la influencia de las drogas psicoactivas en el pensamiento, el significado y morfología de la experiencia religiosa y los fenómenos paranormales. Hoy se le recuerda ante todo por su versión del pragmatismo, por la idea del torrente de consciencia y por su visión individualista de la religión.

F. W. H. Myers

El otro era Frederick W. H. Myers, presidente y cofundador de la Society for Psychical Research, la primera organización dedicada exclusivamente al estudio de los fenómenos paranormales. (De paso, fue Myers quien introdujo a Freud a los lectores de habla inglesa. No sé si agradecérselo o reprochárselo…)

Pero volviendo al tema, la época de James y Myers presenció una súbita y fabulosa explosión de fenómenos paranormales -categoría que, entonces, incluía cosas como la hipnosis, el sonambulismo, el espiritismo, la “doble personalidad” y la levitación -todo lo que no encajase en el positivismo decimonónico. Katie Fox se comunicaba con los espíritus, que le respondían mediante chasquidos (provenientes, en realidad, de las articulaciones de sus rodillas). Daniel Douglas Home salía de casa por una ventana y volvía a entrar por la otra -¡sin tocar el suelo!

En fin: un poco como ahora, sin ovnis, new age, “regresión” ni “aromaterapia”.

Pues bien: como no podía ser de otro modo, Myers y James se hicieron buenos amigos. Y, movidos por sus comunes intereses macabros, firmaron un pacto ominoso e impresionante para probar irrevocablemente la supervivencia del alma después de la muerte.

El relato se encuentra en la autobiografía de un perfecto desconocido, el doctor Axel Munthe. Y es a la vez tétrico, tierno y triste.

tétrico, tierno, triste

Juzgad mi sorpresa cuando en el paciente [Myers] reconocí a un hombre al que había amado y admirado durante años, como todos los que lo conocieron… Su respiración era superficial y muy dificultosa, su cara estaba cianótica y agotada, sólo sus maravillosos ojos se veían igual que siempre. Me ofreció su mano y dijo que se alegraba de que por fin hubiera ido, que había anhelado mi retorno. Me recordó nuestro último encuentro en Londres, donde cené con él en la Sociedad para Investigaciones Psíquicas; había pasado la noche entera despierto hablando sobre la muerte y lo que habría después… Nosotros, los médicos, nada podíamos hacer, salvo ayudarle para que no sufriera demasiado.

Mientras hablábamos, el profesor William James, famoso filósofo y uno de sus mejores amigos, entró en la habitación… y me habló del solemne pacto que había hecho con su amigo, según el cual el que muriera primero debía enviar un mensaje al otro mientras pasaba hacia lo desconocido, ya que ambos creían en la posibilidad de semejante comunicación. Estaba tan agobiado por el pesar que no pudo entrar en la habitación; se dejó caer en una silla junto a la puerta abierta, con el cuaderno sobre las rodillas y el lápiz en la mano, preparado para apuntar el mensaje con su proverbial exactitud metodológica.

Por la tarde se presentó la respiración Cheyne-Stokes, esa desgarradora señal de una muerte inminente. El moribundo quiso hablar conmigo. Su mirada era serena y apacible.

– Sé que voy a morir -dijo-. Sé que usted va a ayudarme. ¿Será hoy o mañana?
– Hoy.
– Me alegro, estoy preparado. No tengo nada que temer. Por fin lo sabré. Dígale a William James, dígale…

Su pecho jadeante permaneció inmóvil en un terrible minuto de suspensión de la vida.

– ¿Me oye? -pregunté inclinándome sobre el moribundo-. ¿Está sufriendo?
– No, estoy muy cansado y feliz -murmuró.

Esas fueron sus últimas palabras.

Cuando salí William James seguía sentado, recostado en la silla, cubriéndose la cara con las manos y el cuaderno aún abierto apoyado en las rodillas.

La página seguía en blanco

El enigma del mal

Baphomet
Todo filósofo, todo teólogo, todo ser humano afronta, por fuerza y tarde o temprano, uno de los problemas más intrigantes, complejos y urgentes de la historia: el enigma del mal.

El problema, en sí, es muy simple, casi infantil: ¿por qué existe el mal? ¿Cuál es la razón del sufrimiento, la injusticia, el pecado, la muerte?

Y, en el fondo, las respuestas son igual de simples e infantiles:

1. En realidad, no existe: el mal es una ilusión. La respuesta relativista. También podría ser la respuesta gnóstica -suponiendo, como muchos gnósticos, que lo que creemos “real” es una ilusión forjada por un dios menor, el Demiurgo (o, en términos contemporáneos, la Matrix).

2. En realidad, existe, pero no es tan grave como parece. Aquí caben varias divisiones:
-Existe, pero forma parte del Plan Divino, de tal modo que “no es tan malo”.
-Existe, pero no como fuerza positiva, sino meramente como “ausencia de bien”. La respuesta tomista.
-Existe, pero “por nuestro propio bien”: la respuesta ascética. En definitiva, una forma más evolucionada de la anterior.
-Existe, pero Ad majorem Dei gloriam: la respuesta autoritaria.
-Existe, pero perderá la batalla final: la respuesta futurista-utópica (cristiana, sin duda, pero también marxista).

3. En realidad, existe; y es tan grave como parece. Pero así es como debe ser: la respuesta taoísta (si alguien se atreve a interpretar a los taoístas…) El Mal y el Bien, en eterno equilibrio. Lo que nos lleva a

4. Existe; es grave; y no es así como debe ser -no hay ningún Equilibrio que preservar. Pero todo da lo mismo, nada importa. Porque nada existe, en realidad, con independencia de nada más. La respuesta del budismo primitivo (y tal vez del hinduismo).

Ninguna es demasiado satisfactoria; ninguna es concluyente ni irrebatible. La enredadera de la razón roba la savia del tronco de la fe.

Pero son respuestas valientes, a su manera; respuestas a las que apelamos cuando la tormenta arrecia.

Respuestas que hablan de lo que somos, en lo más profundo, desnudos de máscaras y torpes atavíos; cuando salimos al viento, indefensos como niños.