De vez en cuando, detente

Y mira hacia atrás.

Respira hondo, unas cuantas veces. No te obligues: ocurrirá por sí mismo –como ocurre la magia, para siempre, desde que el mundo es mundo.

Mira hacia atrás, y recuerda:

Las palabras que has dicho,
Las que has escuchado,
Las que debiste haber dicho y debiste atender.

La gente que has conocido,
La que has amado,
La que te ha amado
–cuando la tierra era joven
y el rocío en una telaraña comprendía el universo.

Mira hacia atrás; respira; recuerda;
Y deja que el tiempo limpie tus heridas
Mientras mana, sin destino, puro, inquieto, inaprehensible.

De vez en cuando, detente

Y luego, echa a andar, otra vez.

Las Tres Leyes Inmutables de la Magia

El Maestro de Magia, Michael Ende

El que quiera practicar la Magia tiene que ser capaz de controlar toda su fuerza de desear y saber utilizarla. Pero para ello primero tiene que llegar a conocer sus verdaderos deseos y aprender a manejarlos.

En realidad, de lo que se trata en el fondo es de conocerlos de verdad, clara y sinceramente, y todo lo demás se dará por añadidura, como suele decirse. Lo que ocurre es que averiguar cuáles son nuestros auténticos deseos no es tan sencillo como parece… Y éstos sólo puede encontrarlos quien vive su propia historia.

La mayor parte de la gente cree que sabe lo que desea. Hay quien cree, por ejemplo, que le gustaría ser médico famoso, o catedrático, o ministro, y en cambio su verdadero deseo, que él mismo ni siquiera conoce, es ser simplemente un buen jardinero. Otro piensa que le gustaría ser rico, o poderoso, pero su verdadero deseo es ser payaso de circo…

Y ahora, os voy a enseñar las primeras y más importantes reglas de la Fuerza del Deseo.

1. Sólo puedes desear de verdad lo que crees posible.
2. Sólo puedes creer posible lo que pertenece a tu propia historia.
3. Sólo pertenece a tu propia historia lo que deseas de verdad.

Estas reglas tenéis que metéroslas bien en la cabeza y meditarlas. Y aunque es posible que ahora mismo no las entendáis del todo, poco a poco os irán resultando más claras.

Y con esto ha terminado la clase de hoy. Adiós y hasta mañana.

Michael Ende, La Escuela de Magia

Cambiar.

¿Cómo cambia la gente? ¿Cómo consigues cambiar?

No lo sé. Me encantaría saberlo -y sé que es imposible. Descubrirlo es una tarea infinita. Como en cualquier tarea verdadera, se te va la vida en ello.

Pero gracias a muchas personas, a las que quiero y que me quieren, he comenzado a entrever parte de la respuesta.
Y, como siempre ocurre, descubrí que ya la sabía. O, mejor dicho, la “sabía”.

Se necesita un fino y complejo equilibrio entre la certeza y la amenaza, la seguridad y la aventura. Debes tener, por un lado, suficiente tranquilidad para experimentar; y, por otro, suficiente dolor para decidirte a lanzar el experimento y arrostrar sus consecuencias.

No es nada fácil. Y allí es donde entran los demás; los célebres “otros significativos”.

No sólo te dan confianza, cariño, apoyo. Son tu compás, tu mapa, a menudo tu nave, invariablemente tu océano. Son quienes te enseñan, sin saberlo, siendo lo que son; quienes se sacrifican, sin pretenderlo, por ti.

Y sin motivos ulteriores. Lo hacen porque te quieren.

Te quieren. Y tú a ellos. Y nada más puedes decir.

Mejor así.

¿No es esto un milagro? ¿No te deja sin aliento?

A mí me ha ocurrido, ahora mismo.
Y nunca me he sentido mejor.

Siempre se está solo

Hace ya muchos años (mala cosa: en la Academia contemporánea toda idea tiene fecha de caducidad), Christopher Lasch escribió un volumen titulado The Culture of Narcissism. Lasch era un crítico de raíces humanistas y filiación incierta; a cada tanto dejaba entrever su gusto por el marxismo, la Escuela de Frankfurt, el psicoanálisis y la censura moral (que no moralista).

Reeditado a principios de los 90, The Culture of Narcissism incluía un postfacio, The Culture Of Narcissism Revisited, que es a mi juicio la parte más sustanciosa e interesante del texto. En él, Lasch se resiste a dejarse categorizar y a admitir con sus comentaristas que el narcisismo del que hablaba el original, aunque ciertamente predominante en la década de los 80, hizo mutis con la entrada de “la condición posmoderna”. No: nuestra cultura es, si cabe, más narcisista aún –más absorta y embebida en sí misma, más centrada que nunca en el cambio, el oropel y la moda, más corta de vista y autosuficiente.

Una de las consecuencias que Lasch atribuía a la desaparición del sentido histórico y de trascendencia a manos del monzón posmoderno es algo que se ha vuelto palpable y dolorosamente popular: la incapacidad de la gente de entablar vínculos sólidos, profundos y a largo plazo. Envueltos en la imperiosa necesidad de la adaptación y el cambio constantes, nos recluimos progresivamente en nuestras corazas, perfeccionamos nuestras defensas y nos esmeramos en hacer de los demás otros tantos peldaños que escalar o recursos que utilizar; cerramos las puertas y trabamos las ventanas, temiendo que lo que nos es más propio y valioso caiga en manos equivocadas -cualesquiera, salvo las nuestras.

Hoy en día, todo vínculo se siente como una prisión, una fuente de demandas y exigencias, una inmensa tijera dispuesta a cortarte las incipientes alas. La gente ya no teme que dejen de amarla; teme dejar de amar, perder el deseo abrumados por el tedio: “pero ¿qué pasará si dejo de quererlo?” No conciben otra respuesta que no sea romper con el otro; ni se les pasa por la mente la posibilidad de resistir, de esperar un poco, de ser pacientes. Ni se les ocurre que el placer, como toda emoción, es por definición tornadizo: a la primera dificultad se resignan y renuncian.

Concomitantemente, la realidad es invariablemente solitaria. El descubrimiento supremo del narcisista contemporáneo se hace eco del Sartre más radical: siempre se está solo. A veces de manera autosuficiente y omnipotente, otras dolorosa e incapacitante; pero siempre se está solo. Y las relaciones se viven casi enteramente como “soledades a dúo”: dos soledades que se encuentran y se consuelan mutua y momentáneamente.

Así, sin saberlo, asesinamos a la trascendencia y la arrojamos por la borda. Y encima lo celebramos: nos miramos al espejo y nos llamamos “posmodernos”, “intelectuales”, “realistas”, “pragmáticos”.

Yo no me lo creo; y dudo que otros lo hagan. Poca es la gente que, atrapada por la vorágine, no me ha resultado vacua, confusa, contrita –un náufrago que se aferra con frenesí a un trozo de madera, sin saber que con eso sólo acelera su caída en el remolino.

Sola

O será que a mí no me funciona. Pese a todas estas consignas, sigo tan triste, tan esperanzado, como siempre; sigo oyendo las mismas viejas canciones, leyendo los mismos, viejos libros, llorando ante atardeceres de más de mil años.

Porque, aunque así me lo parezca de vez en cuando, no estoy solo.

El precio del pecado

Una vez conocí a un niño cuyos familiares habían decidido volver loco.

Era un niño normal: bajito, silencioso, un poco flacucho -pero indiscutiblemente normal.

Mas sus familiares estaban convencidos de que era tonto. “Es por su padre, ¿sabe?” -decían; “está un poco tocado” -y se señalaban la cabeza con el índice.

El niño no dormía solo. No podía -o no se lo permitían. Ni tampoco comer, ir al baño, asearse, vestirse. Ni hablar. Tenía 9 o 10 años -y no hablaba. “Es que no puede, ¿sabe?” -decían; y él me miraba inexpresivamente.

Era un niño normal; pero sus familiares -su madre, que odiaba a su padre; sus tías, que la odiaban a ella; su abuela, que los odiaba a todos- estaban convencidos de que era tonto.

Y, por desgracia, también él.

Se puede, de verdad, vivir

De un tiempo a esta parte me ha intrigado el enigma de la redención. ¿Cómo consigues librarte del pecado y la culpa y empezar una nueva vida? ¿Cómo trascender el dolor, la ambición, la estupidez, la terquedad, el menosprecio?

No lo sé. Tal vez –como sugiere el muy manoseado mito cristiano– se requiera de un sacrificio: de alguien que arrostre el sufrimiento contigo, alguien cuyo amor y comprensión te permitan mirarte bajo otra luz, alguien que te regale un simbólico perdón.

Porque en esto estriba la redención; y el enigma fundamental que el irredento debe resolver es:

“Realmente, ¿merezco obtener el perdón?”

Un enigma que ha sido estudiado a fondo en la literatura: las historias de San Pedro y San Pablo, o la de Tomás, el incrédulo; el padecimiento del protagonista de Melmoth, el Errabundo, el de Raskólnikov en Crimen y Castigo y de Dimmesdale en La letra escarlata; el perdón del “antiguo marinero” de Coleridge; el sino de Jen Yu en esta indiscutible obra maestra.

Como tantas otras veces, la pregunta, así planteada, es engañosa –puesto que se engulle a sí misma. No puedes merecer la gracia, o alcanzarla por tu propio esfuerzo: es un don, gratuito y milagroso.

Kristy McNichol

Siempre me ha gustado Kristy McNichol. Probablemente hoy en día nadie sepa quién es; hizo una serie de películas curiosas y un poco cursis encarnando a la adolescente desgarbada, saltarina y sensible que efectivamente era.
Una de ellas (Only when I Laugh) fue escrita por Neil Simon, un escritor de comedias exitoso pero tenido por “superficial”; y coprotagonizada por su esposa Marsha Mason.

Sólo cuando me río

Mason hace de una actriz famosa y alcohólica que acaba de salir de una cura de desintoxicación y a quien le toca, por primera vez, convivir con su terriblemente madura hija adolescente, McNichol. Mason fracasa miserablemente: pierde su trabajo, se pelea con sus amigos, vuelve a beber y se hunde todavía más que antes. McNichol se esfuerza con denuedo en ayudarla -lo cual hace que su madre se sienta cada vez peor: “soy yo quien debería cuidar de ti, y no al revés” -le espeta.

Al final, Mason ha demolido todas las esperanzas de su hija; esta se marcha para vivir de nuevo con su padre, no sin antes darle un beso de despedida -que Mason acepta con incomodidad. Acto seguido, en pleno clímax, suelta una pregunta retórica:

“Me sigue queriendo. Por muchas barbaridades que haga, esa chica me sigue queriendo. ¿Por qué?”

“Porque eres especial” -replica su mejor amigo, lanzando una perorata más o menos meliflua.

¡Preciosa respuesta! Lástima que sea falsa. Pues la más plausible es:

Porque sí.

Porque ha decidido quererte; ha encontrado en ti algo de sí misma, algo que adora y atesora y de lo que no puede prescindir. Su amor es independiente de ti –y en extremo dependiente de ella; no puedes conseguirlo, hagas lo que hagas –aunque sí podrías asfixiarlo. Te quiere, sin más; te quiere, inexplicable, insoslayablemente. Te quiere.

¡Es imposible vivir con esta respuesta!

He aquí tu respuesta

O quizá sea la única respuesta con la que se puede de verdad vivir.